UCA

Pontificia Universidad Católica Argentina

Instituto para el Matrimonio y la Familia

Artículos del Dr. Tomás Melendo Granados

El fundamento de toda acción educativa
A modo de introducción: Mi diálogo imaginario con el autor del artículo.
Por Marta Ro-mán

Marta Román — Tomás, si mis hijos leen esto van a decir que te rayas. Da igual el título del artículo que te lea o de la conferencia que te escuche o de lo que sea. ¡Siempre acabas en lo mismo!, en el amor.
Tomás Melendo — Es verdad, y no es que acabe, es que también empiezo. Lo reconozco, me rayo, como dicen tus hijos y los míos. ¿Qué puedo hacer?
M.R. — Pues no sé, ¿darle un aire más… psicológico?, ¿más de… experto educador a padre desesperado?
T. M. — ¡¡Agg!! Prefiero rayarme.
M.R. — Es que uno lee y se hace preguntas.
T. M. — Pues eso está bien.
M.R. — ¡Pero es que los padres desesperados buscamos respuestas!
T. M. — Ya, por eso escribo tantos artículos sobre educación, persona, sexualidad, familia, trabajo, en fin, sobre amor… ya sabes.
M.R. — ¿?
T. M. — Quiero decir, que después de darle vueltas 40 años no encuentro respuestas en ninguna otra parte. ¿Qué quieres que haga?
M.R. — Entonces ¿hay respuestas?
T. M. — A puñados, pero todas en el amor.
M.R. — Oye Tomás, te voy a contar una curiosidad: ¿sabes cómo se dice en italiano querer a alguien? Voler bene. He visto que en tu artículo has tenido que añadir el “bien” al querer porque en español da lo mismo querer una coca-cola que querer a tu hijo. En Italia, si un chico le dice a su chica que la quiere lo hace así: “Ti voglio bene”. ¿A que suena muy bien?
T. M. — Genial. Me encanta que me lo hayas contado. Me has dado una idea…
M.R. — Sabía que te gustaría. Por cierto, a mí me ha encantado el artículo.
1. Planteamiento
Padre y madre son, por naturaleza, los primeros e irrenunciables educadores de sus hijos. Sin embargo, en los momentos actuales, a veces da la impresión de que pretenden ignorarlo. No solo solicitan ayuda, sino que piden, con más o menos conciencia y claridad, ser sustituidos en esa tarea indelegable.
1.1. La dificultad de educar
Esta especie de resistencia resulta más que comprensible. Y es que la misión paterno-materna de educar no es nada fácil y tal vez menos todavía en los tiempos presentes.
En cualquier caso, está llena de contrastes, en apariencia inconciliables. Por ejemplo, a lo largo de toda su existencia, los padres:
a) Han de acoger a cada hijo —único e irrepetible— tal como es, aun cuando en oca-siones no responda a sus expectativas. Los hijos no son “propiedad” de quienes los han engen-drado, que no pueden disponer de ellos a su antojo: su verdad más radical no es ser hijos nuestros, sino hijos de Dios, con toda la grandeza, autonomía y libertad que eso les confiere.
b) Han de respetar la libertad de los chicos y, más todavía, fomentarla y hacerla crecer, pero a la vez guiarles y corregirles.
c) Han de saber comprender, pero también exigir, sin ceder inoportunamente ante lo que redunde en mal de sus hijos, por más que estos insistan.
d) Han de ayudarles en sus tareas, pero sin sustituirlos ni evitarles el esfuerzo formati-vo y la satisfacción y el incremento de la autoestima que el realizarlas lleva consigo: por eso, lo que un hijo puede razonablemente hacer por sí mismo, nunca debería ser hecho por sus pa-dres o por otras personas.
1.2. Necesidad de aprender a ser padres
En consecuencia, los padres han de aprender por sí mismos a serlo y desde muy pron-to.
En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alto riesgo: no ocurre así ni en la albañilería, la mecánica, las artes gráficas o el diseño; tampoco en medicina, en la arquitectura, en la inge-niería, en el derecho, en la carrera militar, la política, la administración o en el seno de una empresa…
¿Por qué en el “oficio de padres” debería ser de otra forma? ¿Tal vez porque su responsabi-lidad es menor que la de quienes trabajan en una profesión “convencional”?
Da la impresión de que no. Al contrario, como vengo repitiendo desde hace años, tras las huellas de Juan Pablo II, “según es la familia, tal es la sociedad, porque así es el hombre”, la persona humana: el futuro de la civilización se juega en el seno de cada hogar, incluso de cada matrimonio.
¿Acaso, entonces, porque se trata más de un arte que de una ciencia?
Aunque se pudiera estar de acuerdo en este punto, en ningún arte bastan la inspiración y la intuición. Es menester también instruirse, formarse, ejercitarse, como confirman justamente los artistas que dan la impresión de trabajar sin apenas esfuerzo. Cuanto más “natural” parece la obra maestra, más trabajo ha llevado consigo: un empeño, la mayor parte de las veces pre-vio, sedimentado a modo de habilidades.
1.3. No “recetas”, pero sí “principios”
Por otro lado, aprender el “oficio” de padre y educador no consiste en proveerse de un conjunto de recetas o soluciones ya dadas e inmediatamente aplicables a los problemas que van surgiendo. Ni tampoco de un racimo de téc¬nicas infalibles.
Tales recetas y tales técnicas no existen.
Hay, por el contrario, principios o fundamentos de la educación, que iluminan las distintas situaciones: los padres deben conocerlos muy a fondo, hasta hacerlos pensamiento de su pen-samiento y vida de su vida, para con ellos, y casi sin necesidad de deliberaciones, encarar la práctica diaria.
Y tampoco se trata de una tarea sencilla.
Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofreceré dos o tres de los principales criterios y sugerencias sobre “el arte de las artes”, como ha sido llamada la educación. O, me-jor, como se verá de inmediato, intentaré señalar el fundamento último de toda acción educa-tiva.
2. En la confluencia de tres amores
Planteando el asunto del modo más hondo y radical posible, las claves de la educación y de todas las tareas que lleva consigo se encierran en un solo término —amar— y en los dos corolarios que de ahí se siguen:
a) El primero, la necesidad constante de aprender a amar, sin dar nunca por supuesto que uno ya sabe hacerlo, en contra de lo que a menudo nos ocurre. Vale la pena reflexionar sobre lo que pretendía sugerir Benavente al afirmar, sin excepciones, que «el amor tiene que ir a la escuela».
b) Además, conviene fomentar el convencimiento de que no se aprende a amar y a educar como por arte de magia, sino haciendo cuanto esté en las propias manos para querer cada vez mejor. Aprender a amar es “la gran asignatura de la vida”, aquello para lo que hemos venido a este mundo; por eso sostenía San Juan de la Cruz que al atardecer de nuestra exis-tencia se nos examinaría del amor… y de ninguna otra cosa.
Veamos cómo se concreta lo que acabo de sugerir.
3. Amor a los hijos
3.1. Amor auténtico y real
Lo primero que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos.
Según escribe un autor francés, la educación requiere, además de «un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor». Con otras palabras, es preciso dominar algunos principios pedagógicos y obrar con sensatez, pero sin suponer que baste apli-car una bonita teoría para lograr seguros resultados. Todo ello sería insuficiente sin el elemen-to indispensable de un amor auténtico y cabal.
¿Por qué? Por muchísimos motivos, la mayoría de ellos conocidos por intuición.
a) El primero, tan obvio que a menudo ni lo advertimos, es que si no amamos a nues-tros hijos, ni siquiera les haremos caso… excepto cuando “nos” creen problemas.
b) Además, porque “cada niño —justo por su condición de persona— es una realidad absolutamente irrepetible”, distinta de todas los demás. No se trata de un caso entre otros muchos. De ahí que ningún manual sea capaz de explicar y resolver ese presunto “caso” con-creto: hay que aprender a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las cir-cunstancias en que se encuentren los hijos.
c) Por consiguiente, cada uno debe ser tratado del modo que les corresponde, no to-dos por igual, como a veces pretendemos, incluso convencidos de que eso es lo correcto: ya advertía Aristóteles que tratar de igual modo a los desiguales resulta tan injusto —y tan poco eficaz— como tratar desigualmente a los iguales.
d) Pero para tratar a cada hijo como merece y necesita es indispensable conocerlo bien; y solo el amor permite conocer a cada uno de ellos tal como es hoy y ahora —y como está llamado a ser en el futuro— y actuar en función de ese conocimiento. Aun concediendo la parte de verdad que encierra el dicho de que “el amor es ciego”, resulta mucho más profundo y real sostener que es agudo y perspicaz, clarividente; y que, tratándose de personas, solo un amor auténtico nos capacita para conocerlas con hondura, adentrarnos hasta lo más hondo de su ser… y obrar en consecuencia.
e) Por otro lado, especialmente hoy, habría que distinguir entre el auténtico amor, que busca el bien real del amado, que efectivamente lo ayuda a mejorar, y sus múltiples sucedá-neos: el amor propio más o menos disfrazado de compasión o de ternura, la pasión, el capricho, la sensiblería, etc. Sobre este punto me detendré en otro artículo.
3.2. Amor clarividente
El verdadero amor nunca es ciego, sino todo lo contrario: sagaz y penetrante.
De hecho, será ese amor el que enseñe a los padres:
a) A descubrir las cualidades que deben potenciar en sus hijos, en lugar de fijarse e in-sistir monótona y exclusivamente en la corrección de sus defectos. Se trata de una cuestión clave a la que dedicaré más adelante todo un escrito.
b) A advertir el momento más adecuado para “estar” y para “desaparecer”, para hablar y para callar; cuestión que adquiere especial relevancia en la adolescencia… “pensada por Dios principalmente para los padres”, como suelo explicar y también veremos más despa-cio en un nuevo trabajo.
c) A encontrar el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas, sin someterlos a un interrogatorio, y el de respetar su necesidad de estar a solas.
d) A distinguir las ocasiones en que conviene “soltar un poco de cuerda” y “no darse por enterados”, frente a aquellas otras en las que procede intervenir con decisión e incluso con resuelta viveza y una pizca de agresividad fingida…
Y, según apuntaba, en todo este difícil arte los padres resultan irreemplazables; hay ayudas más o menos eficaces, pero lo definitivo son siempre ellos, en plural: el padre y la madre.
Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo. Una dependiente inteligente les explicó: “lo siento, pero no vendemos padres”.
4. Amor mutuo
La primera cosa que el hijo necesita para ser educado es que sus padres se quieran en-tre sí.
4.1. Condición indispensable
“Hacemos que no le falte de nada, estamos pendientes hasta de sus menores capri-chos, y sin embargo…”.
Expresiones como ésta se encuentran a menudo en boca de tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos —alimentos sanos, reconstituyentes y vitaminas, juegos más y más sofisticados, vestidos y demás prendas de marca, vacaciones junto al mar o en la nieve, diversiones sin tasa ni de tiempo ni de precio…—, pero se olvidan de la cosa más importante que precisan los críos: que los propios padres se amen y estén bien unidos.
El cariño mutuo de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese mismo amor —el de los padres entre sí— debe completar la tarea comenzada, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado.
El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movido por las mismas causas —el amor de los padres— que engendraron al hijo.
Hace ya bastantes siglos que se dijo que, al salir del útero materno, donde el líquido amnió-tico lo protegía y alimentaba, el niño reclama imperiosamente otro “útero” y otro “líquido”, sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre al que-rerse de veras.

2.2.2. Condición suficiente
Queda claro que el amor mutuo es condición indispensable en toda labor de educa-ción. Pero, si se toman los términos en serio —auténtico amor de los padres entre sí— podría decirse que es también “condición suficiente”.
Por eso, cada uno de los esposos debe, antes que nada, cultivar el amor hacia el otro cón-yuge: no me cansaré de repetir que esta es la clave de las claves de toda la vida familiar.
Después, como fruto natural de su amor recíproco, los cónyuges deberán:
a) engrandecer la imagen del otro ante los hijos, enseñándoles a quererlo y respetarlo;
b) y evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia su cónyuge.
Con palabras más concretas, desde que los críos son muy pequeños, además de manifestar prudente pero claramente —con gestos y pa¬labras— el afecto que los une, los padres han de prestar atención:
a) a no hacerse reproches mutuos ni comentarios irónicos delante de los hijos;
b) a no permitir uno lo que el otro prohíbe… aunque luego deban hablar a solas para ponerse de acuerdo;
c) a evitar de plano ciertas recomendaciones, que llevarían al niño o a la niña a descon-fiar del otro cónyuge: “esto no se lo digas a papá o a mamá”, etc.
Todo lo anterior podría resumirse en un solo principio, que merece un artículo aparte.
Los hijos, todos y cada uno, gozan de un solo derecho. De un derecho único, pero tan fun-damental que a nadie le está permitido atentar contra él.
Se trata del derecho a la persona de sus padres: a su intimidad, a su tiempo, a su autoridad, a su comprensión, a su delicadeza… Lo estudiaré, como acabo de sugerir, en otro documento.
5. Enseñar a querer
5.1. Principio y fin
Como acabamos de ver:
a) El principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y, como consecuencia de ese amor, que quieran de veras y eficazmente a sus hijos.
b) El fin o la meta de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar: pues esa es la única actividad que perfecciona al ser humano en cuanto perso-na y, como consecuencia, la única capaz de hacerlo feliz.
Según explica Caldera, «la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su mi-sión o cometido, es el amor. Todo lo otro —capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual— tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido»… e incluso, si no se encamina al amor, pudiera resultar perjudicial.
Por consiguiente, aunque suene paradójico, si educar es amar, amar es a su vez enseñar a amar, pues no es otro el destino del ser humano ni la clave de su perfección y de su dicha.
En resumen, educar equivale a promover la capacidad de amar de aquellos a quienes pre-tendemos formar.
5.2. Pendientes de los otros
Concreto lo visto hasta ahora en una sola frase: el entero quehacer educativo de los padres ha de dirigirse, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y —sería la otra cara de la misma moneda— a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de descubrir, querer, perseguir y realizar el bien de los otros.
Se educa a los hijos cuando se les impulsa y enseña —con los hechos, mejor que con la pa-labra— a estar más pendientes de los demás que de sí mismos.
Y esto, no solo con vistas al futuro, como cuando se les incita a estudiar o formarse para “llegar a ser hombres de provecho”. Sino ya en el presente.
a) Enseñándoles, por ejemplo, a aprovechar el tiempo disponible para ya ahora ayudar a sus amigos con más dificultades en el estudio o necesitados de cualquier otro apoyo.
b) Preguntándoles más y antes “cómo se encuentran sus amigos” que si ellos, nuestros hijos, lo pasaron bien o mal en aquella actividad recreativa.
c) Cuando, con los hechos, con las preguntas con que los recibimos al volver de la es-cuela, concedemos más relevancia a lo que realmente hacen por los demás que a sus propias calificaciones.
c) O cuando, a la hora de elegir carrera o profesión, se les anima a tener en cuenta no sólo ni principalmente las “salidas” profesionales —que en el fondo equivalen a las “entradas” económicas—, sino en qué trabajo pueden ser más útiles a quienes los rodean, hacer más feli-ces a los demás.
5.3. Para que sean felices
Y todo lo anterior, por un motivo muy claro: porque sólo si enseñamos a nuestros hijos a amar bien contribuiremos eficazmente a hacerlos felices y, como consecuencia, dichosos.
Pues, según muestran desde los mejores filósofos clásicos hasta los más certeros psiquia-tras contemporáneos, la felicidad y la dicha no es sino el efecto no buscado de engrandecer la propia persona, de mejorarla progresivamente: y esto solo se consigue amando más y mejor, dilatando las fronteras del propio corazón y acrisolando nuestros amores.
Con otras palabras: quien pretenda educar debe tener claro que la felicidad es directa y ex-clusivamente proporcional a la capacidad de amar de cada persona, expresada en obras:
a) quien ama mucho, es muy feliz;
b) quien tiene un amor mediocre, nunca alcanzará una dicha completa;
c) y quien no sabe o no puede o no quiere amar, por más que triunfe en los restantes aspectos de la existencia humana, será un auténtico desgraciado, aunque a veces pretenda encubrirlo o desconocerlo o incluso aunque esté convencido de lo contrario.
De ahí que San Juan de la Cruz pudiera sostener la conocida frase, ya antes mencionada: «en el atardecer de nuestra existencia se nos examinará del amor»… ¡y de nada más!, repito con plena conciencia.
6. Resumen
Cualquier acción educativa tendrá validez en la medida en que el motor de lo que se aconseja poner por obra o evitar, de lo que uno hace u omite, sea un amor auténtico hacia la persona que se pretende formar o, con otras palabras, el bien real de esa persona, que siem-pre habrá de prevalecer sobre el bien propio, y que no es otro que el desarrollo y la perfección de su propia capacidad de amar.
El amor es, pues, la clave —el principio, medio y fin— de todo quehacer educativo.
Se educa desde el amor, por medio del amor y para enseñar a amar.

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
tmelendo@uma.es

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Padres Ejemplares

(La primera condición para educar correctamente)
A modo de introducción: Cavilaciones de una madre “de andar por casa” sobre los “pa-dres ejemplares” (Por Marta Román)
Vaya título: “Padres ejemplares”.
Anda que no habré escuchado veces… Que si Fray Ejemplo… Que si los críos se enteran de todo…
¡Qué más quisiera yo que ser una madre ejemplar!
A mí ser madre me ha convertido en madre, pero de ahí a que me haya convertido en “ejemplar”, va un abismo. Soy más bien, “madre de andar por casa”.
Pero vamos, que no soy la única. Miro a los matrimonios amigos y son buena gente, pe-ro de eso a “padres ejemplares”… Son más bien, “padres de andar por casa”.
Claro, que Tomás Melendo no da ningún “ejemplo de padres ejemplares”. ¿Será que no los hay? Sólo se refiere al ejemplo de cada uno para con sus hijos. A lo mejor es que ser pa-dres ejemplares no es ser “padres técnicamente perfectos”. A lo mejor es algo al alcance de cualquier padre de andar por casa. Conociendo a Tomás, no me extrañaría.
Voy a seguir leyendo… muy buenas las citas. Me ha gustado eso de que la justicia sin mi-sericordia se convierte en crueldad o también que lo que forma el carácter de un niño o una niña es lo que aprendieron a amar y admirar de pequeños. Me da qué pensar.
… Voy por la mitad y aún no sé cómo convertirme en madre ejemplar. Ahora encuentro unas ideas que los padres de andar por casa aplicamos sin saber que nos están convirtiendo en “ejemplares”. O sea, que no es tan difícil.
El punto 4 se titula así: “Para ser padres ejemplares”. Y en efecto, ¡aquí lo dice! No es nada grandilocuente ni aparatoso. Parece hasta fácil y, en mi caso concreto, voy a dar más de una alegría. ¡Genial!
Padres ejemplares… por amor
Vimos en el artículo precedente que el amor es la base de toda educación. Pre¬tendo consi-derar a partir de ahora algunos de los principios que concretan y aterrizan ese fundamento. El primero de ellos: el poder del ejemplo.
1. «Primum vivere…»: más enseña la vida que cualquier teoría
Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. En concreto, jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan incluso cuando están o parecen estar super-ocupados jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.
Por todo lo anterior, escribe Javier Salinas que educar no consiste en acumular conocimien-tos, sino más bien en ayudar a desarrollar armónicamente las dimensiones que cualifican a la persona. Y esto supone sobre todo la presencia eficaz de auténticos educadores: de alguien a quien imitar, con quien confrontarse, y que, por su manera de vivir, ofrezca estímulos para alcanzar la meta de la educación, que es el ejercicio de la libertad y la voluntad de comprome-terse con aquello que es bueno, noble y justo.
A lo que añade de inmediato: «Por otra parte, no hay que olvidar que la educación es fun-damentalmente imitación, conocimiento de valores y repetición de aquellas formas de com-portamiento que hacen excelente a la persona».
Afirmación que se acerca bastante a lo que aseguraba John Stuart Mill: «Lo que forma el ca-rácter no es lo que un niño o una niña pueden repetir de memoria, sino lo que ellos aprendie-ron a amar y admirar».
Por eso los padres educan o deseducan, ante todo, con su ejemplo y, muy particu-larmente, con la orientación que impriman al conjunto de su existencia; en última instancia,
a) o el amor propio
b) o el amor a Dios y, en Dios y por Dios, a todos los demás
2. Coherencia eficaz…
Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de incitación, de confirma-ción y de ánimo:
a) No hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o an-tes que él.
b) E igualmente a comer de todo, a poner y quitar la mesa, el lavavajillas, a ordenar su cuarto para que los demás estén más cómodos, a ir al supermercado…
c) A mantener en el hogar un tono de corrección, en el vestir y en el hablar, pongo por caso, también para hacer más agradable la vida a los demás, que disfrutan con nuestro buen aspecto.
d) A controlar los enfados y las rabietas, a no volcar su mal humor sobre el primero que encuentre en su camino, a estar más pendiente de sus hermanos que de sí mismo, etc.
Todo esto lo aprenden los chicos, desde muy pronto, observando la manera cómo los pa-dres se tratan entre sí y, derivadamente, el modo cómo tratan a los demás, incluidos ellos mismos (los hijos). Y según lo que vean, adoptarán un tenor de vida u otro: no sólo ni princi-palmente con sus padres, sino con todos aquellos con quienes se relacionen y, muy en particu-lar, con sus hermanos más próximos.
Por eso, el test definitivo de la marcha de un hogar no es lo que un hijo esté dispuesto a hacer por sus padres —normalmente, si la familia funciona, mucho o todo o casi todo—, sino lo que cada hermano es capaz de ha¬cer por los restantes, especialmente cuando la tarea en cuestión le tocaría a otro de sus hermanos.
Las palabras vuelan, pero el ejemplo permanece, ilumina las conductas, despierta… y arrastra
3. O ineficacia, e incluso daño
En el extremo opuesto, junto con la falta de amor recíproco —esposo-esposa—, la incon-gruencia entre lo que se aconseja y lo que se vive es el mayor mal que un padre o una madre pueden infligir a sus hijos.
Cosa que ocurre, sobre todo, a determinadas edades —la adolescencia, sin duda, pero también algunos años antes—, cuando el sentido de la “justicia” se encuentra en los chicos rígidamente asentado, sobre-desarrollado… y dispuesto a enjuiciar con excesiva dureza a los demás.
¡Produce pasmo ver hasta qué extremos puede ser feroz y despiadado el juicio de un crío o una cría! Y, no obstante, no debería asombrarnos. Como decía Tomás de Aquino, cuando falta la misericordia, la justicia se convierte en crueldad.
Si falta la misericordia, la justicia se convierte en crueldad
4. Para ser padres ejemplares
Para evitar que esto pudiera suceder, o, dicho en positivo, si queremos ser unos padres ejemplares, que enseñen y arrastren, existe un precepto cuya importancia resulta imposible exagerar y al que, por eso, acudiré más de una vez.
El mejor modo de mantener y fomentar la armonía de un hogar y el crecimiento de los hijos consiste en:
a) Reducir cuanto se pueda el número de normas por las que se rige su conducta: «tan-tas como sea necesario y tan pocas como sea posible», sugiere Murphy-Witt.
b) Hacer que esos criterios fundamentales respondan a la verdad y la bondad objeti-vas, a lo que en sí mismo es bueno o malo, y no a preferencias o caprichos de los cónyuges. Por consiguiente, esos preceptos han de cumplirlos tanto los padres como los hijos: también, para no andarme por las ramas, el empleo de la tele, del ordenador, los móviles y aparatos simila-res; la visión de determinados programas, el-uso-y-no-abuso de bebidas alcohólicas o de capri-chos culinarios; o, con los matices imprescindibles, la hora de volver a casa y de acostarse.
c) Lograr que en todo lo demás se respete exquisitamente la libertad y la iniciativa de los chicos —igual que, antes, las del cónyuge—, aunque el modo como actúen, siempre que sea éticamente lícito, choque frontalmente con las preferencias del padre o de la madre, que, como vengo repitiendo, no deberían contar para nada.
Lo que importa es el bien del hijo, no mis caprichos ni mis satisfacciones de padre o de madre
En resumen: unos cuantos criterios claros —muy pocos, objetivos e inamovibles— y un ex-quisito respeto al modo de ser de cada cual.
5. Estabilidad
Insisto ahora en que, a pesar de lo que a veces pensemos y de lo que imponen ciertas modas ya un tanto desfasadas, los niños y adolescentes —más todavía que los adultos— nece-sitan de forma imperiosa unos puntos de referencia estables y sólidos. De lo contrario, se tor-nan inseguros, vacilantes e indecisos, además de sufrir inútilmente.
Establecer esos hitos es tarea de los padres, que siempre deben determinarlos en función de la realidad: del bien y de la verdad objetivos, de lo que redunda en real beneficio de todos, porque les enseña a amar mejor, estando más atentos al bien de los demás que al propio.
De lo contrario, según recuerda Murphy-Witt, las presuntas normas fluirán continuamente, al vaivén del humor y de la mejor o peor forma en que se encuentren los padres. Y los niños nunca sabrán a qué atenerse: en lugar de contar con criterios objetivos de conducta, se verán sometidos al antojo de los adultos.
«Al fin y al cabo —advierten, aun sin pensarlo explícitamente—, son mamá y papá los que deciden».
Y lo harán incluso de forma autoritaria, cuando no tengan tiempo o ganas para enzarzarse en discusiones interminables. Entonces, el que se declaraba amigo y compañero —haciendo concesiones imprudentes y desmesuradas—, se transforma de repente en dictador, lo cual es muy difícil de entender para los niños. ¿A quién puede extrañar que se rebelen y que no respe-ten lo que se ha establecido sin tenerlos realmente en cuenta y sin tener tampoco en cuenta el bien y la verdad?
Como puede advertirse, también ahora el peligro deriva de estar más pendientes de noso-tros mismos que de nuestros hijos y de lo que efectivamente los ayuda a ser mejores.
El resultado es una fluctuación continua entre la imposición de normas rígidas y arbitrarias, cuando nos sentimos con fuerzas y ganas de ayudarlos… y el abandono más absoluto, cuando nos puede el cansancio, el desánimo o la comodidad.
Así pues —agrega Murphy-Witt—, ¡se acabó la alternancia entre la concesión de una su-puesta libertad progresista y el no inmiscuirse por comodidad!
Y concluye: «Los niños quieren que los eduquen. Para ello es necesario también que aprendan a tomar sus propias decisiones, pero en función de su edad y paso a paso, bajo la dirección paterna. Quien conduzca a su hijo cuidadosamente hacia este objetivo, podrá acabar dejando en sus manos, con plena y segura confianza, toda la libertad de decisión respecto a sus propios intereses».
Las pautas que se establezcan en un hogar deben responder a la verdad y el bien ob-jetivos, reales, no a nuestros estados de humor, preferencias, ilusiones, desganas o cansancios, etc.


Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
tmelendo@uma.es
 

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Vale la pena casarse… ¿o va a ser que no?

A modo de introducción: «Niño, ¿qué es para ti enamorarse?» Por Marta Román
¿Que si vale la pena casarse? Si te casas para amar y vivir enamorado, por supuesto. ¿Cómo no va a valer la pena triunfar en la vida? Pero si te casas para otra cosa o por otra razón, pues no.
Tomás Melendo es partidario del amor. Y en su artículo se permite el lujo de desgranar deliciosamente su argumentario de pensador y de hombre vivido sobre la estrecha relación entre enamorarse y casarse.
Pero el caso es que de amor y de enamorarse todo el mundo sabe. Así que he hecho una prueba muy curiosa: les he preguntado a mis hijos, como quién no quiere la cosa, a cada uno por separado ¿qué es para ti “enamorarse”? A uno mientras estaba en Facebook, al otro mientras se ponía el pijama, a la otra mientras se iba a hablar por teléfono a escondidas, al otro llamándole como para pedirle algo y soltándole la preguntita a bocajarro… Así, sin mucha reflexión y a sabiendas de que, hasta donde yo llego, no han leído ningún tratado sobre el amor ni nada semejante.
Y ¡oh sorpresa! Sus respuestas parecen las conclusiones del artículo de Tomás Melendo:
Mi hija de 16 años: — Enamorarse es querer a una persona con la que te sientes bien, sabes que está siempre ahí, te gusta y ves un futuro con ella.
Mi hijo de 15: — Entregar la vida a la persona que quieres.
Mi hijo de 13: — Es cuando te rallas la cabeza con alguien.
Mi hijo de 10: —Es sentir algo por alguien.
— ¿Algo bueno o malo?— le pregunto.
— ¿Qué va a ser?, ¡pues bueno!
Mi hijo de 6: — Enamorarse es casarse.
Y mi conclusión: que enamorarse es una cuestión que se tiene muy clara antes de que la tele, la calle o la mala vida la enturbien miserablemente. Por eso, desde el principio de los tiempos, las personas hemos buscado casarnos con alguien por quien valga la pena vivir.
¿Vale la pena casarse?
¿Para qué?
Bastantes jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos. Estimo que están equivocados, pero los comprendo perfectamente.
Y es que las leyes y los usos sociales han arrebatado al matrimonio todo su sentido:
a) por una parte, la admisión del divorcio elimina la confianza de que se luchará por mantener el vínculo;
b) por otra, la aceptación social de “devaneos” extramatrimoniales, considerados casi como una “necesidad“, por no decir un “derecho“… o un “deber”, suprime la exigencia de fidelidad;
c) y, finalmente, la difusión masiva e indiscriminada de contraceptivos, unida a la afirmación de su total inocuidad —espiritual, psíquica y física—, desprovee de relevancia y valor a los hijos.
¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal?, ¿qué de la arriesgada aventura que siempre ha sido?, ¿con qué objeto “pasar por la iglesia o por el juzgado“?
Vistas así las cosas, a quienes sostienen la absoluta primacía del amor habría que comenzar por darles la razón, para después hacerles ver algo de capital importancia, que otras veces ya he apuntado: es imposible quererse bien, en serio, sin estar casados.
Hacerse capaz de amar
Aunque pueda suscitar cierto estupor, lo que acabo de sostener es bastante cierto. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante, decisiva y difícil de nuestras actividades? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es verdad. Para poder querer de veras hay que ejercitarse, igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.
Pues bien, la boda capacita para amar de una manera real y efectiva.
Nuestra cultura no acaba de entender el matrimonio: lo contempla como una simple ceremonia (mejor cuanto más lujosa o extravagante), un contrato rescindible, un compromiso…
Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre.
En su esencia más íntima, la boda constituye una expresión exquisita de libertad y amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, por el que dos personas se entregan plenamente y deciden amarse de por vida. Es amor de amores: amor sublime que, en primer término, “redime” mi pasado; y, además y sobre todo, me permite “amar bien“, como decían nuestros clásicos: fortalece mi voluntad y la habilita para querer a otro nivel; sitúa el amor recíproco en una atmósfera más alta.
Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibilitado para querer de veras a mi cónyuge: como quien no se entrena o no aprende un idioma resulta incapaz de hablarlo.
A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?»
Estas palabras encierran una intuición profunda: el “para amarte” no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible; equivale, en fin de cuentas, a “para poderte amar” con un querer auténtico, supremo, definitivo… imposible sin el mutuo entregarse del matrimonio, sin casarse.
Casarse o “convivir“
No se trata de teorías. Cuanto acabo de exponer tiene claras manifestaciones en el ámbito psíquico.
El ser humano solo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer en la tierra es aprender a amar.
Vale la pena dedicar toda la vida a amar cada vez mejor y más intensamente, porque solo para eso hemos venido a este mundo.
De ahí que, en realidad, sea lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan solo un medio para conseguirlo. «Al atardecer de nuestra existencia —repetía san Juan de la Cruz— se nos examinará del amor».
¡Y de nada más!, añado yo: todo lo que, en mi vida, no transforme en amor, resulta inútil, vano o incluso perjudicial.
Pues bien, cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a “defender las posiciones” alcanzadas, a que no se me vaya “el ganado (¡sin segundas!)… o la ganada (¡sin terceras!)”.
Todo, entonces, se torna inseguro: la relación puede romperse en cualquier momento. No tengo certeza de que el otro va a esforzarse seriamente en quererme, en acopiar las alegrías y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿por qué habría de hacerlo yo? No puedo bajar la guardia, relajarme, mostrarme de verdad como soy, no sea que mi pareja advierta defectos “insufribles” y decida que “hasta aquí llegaron las aguas”. Ante las dificultades que por fuerza han de surgir, la tentación de abandonar la empresa se presenta muy cercana, puesto que nada impide esa deserción.
La simple convivencia crea un clima psíquico que hace peligrar el objetivo fundamental y entusiasmante del matrimonio: aumentar, intensificar y mejorar el amor y, con él, la felicidad.
¿Amor o “papeles”?
Todo lo cual parece avalar la afirmación de que “lo importante” es quererse. ¡Y es que es verdad!
El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin donación mutua y exclusiva, sin casarse.
Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante; pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.
¿Por qué?
Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras, que aumentan todavía más con la llegada de los hijos: la familia compone —o debería componer— la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud de una sociedad; es indispensable, por tanto, que quede constancia de que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y crear una nueva familia.
Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio, la ceremonia religiosa y civil, la fiesta con familiares y amigos, las participaciones del acontecimiento, anuncios en los medios —¡superguay, si puede ser en la tele!—… todo deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges. Si eso va a cambiar radicalmente mi vida, a hacerla mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y maravillosa aventura, me gustará que todos o, al menos, los auténticos amigos lo sepan: igual que pregono con bombo y platillo las restantes buenas noticias.
Igual, no.
Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inigualable para crecer interiormente, para ser mejor persona y tremendamente feliz (el que no se lo crea… que haga la prueba en serio).
¿Cómo no difundir, entonces, mi alegría?
¿Anticipar el futuro?
Es verdad que, a la vista de lo expuesto, bastantes se preguntan: ¿cómo puedo yo comprometerme a algo para toda la vida, si no sé lo que ésta me deparará?, ¿cómo puedo tener certeza de que elijo bien a mi pareja?
Se trata de una pregunta típica de los dos últimos siglos, en los que el afán de seguridad se ha desbordado más allá de lo propiamente humano —a veces con repercusiones psíquicas, incluso graves— y, a pesar de las proclamas en contra, de manera inversa al aprecio real por la libertad, que siempre lleva consigo algo de riesgo.
Y la única respuesta posible, la que doy siempre que me hacen públicamente esta pregunta es: “de ningún modo”, “no hay ninguna manera de saberlo”, “el futuro es… el futuro”: indefinible por naturaleza, con el permiso de los “adivinadores de turno”, aunque son ya tantos que lo del turno es más bien utópico: se nos cuelan por todos lados y a todas horas.
A lo que suelo añadir, antes de que desaparezca el auditorio, que para eso está el noviazgo: un período muy aprovechable, que ofrece la oportunidad de conocerse mutuamente y empezar a entrever cómo se desarrollará la vida en común.
Después, si soy como debo, ya sé bastante de lo que pasará cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para querer a la otra persona y procurar que sea muy feliz. Y si se trata de un propósito serio, y si hemos sido prudentes y nos conocemos lo bastante, será compartido por el futuro cónyuge: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces es muy difícil, casi imposible, que el matrimonio fracase.
Observar y reflexionar
Ciertamente, esa decisión radical de entrega no basta para dar un paso de tanta trascendencia. Hay que considerar también algunos rasgos del futuro cónyuge.
¿Cuáles?
En primer término, por pura honradez, he de advertir que la viabilidad de un matrimonio nunca puede conocerse teniendo relaciones íntimas antes o en vez de la boda: como enseguida veremos, por más que choque contra la costumbre y las pretensiones generales, la situación que así se crea es tan artificial, tan abismalmente distinta de lo que sostendrá un matrimonio, que no existe modo peor de calibrar si debo o no casarme con aquella persona.
Los rasgos que debería tener en cuenta son siempre otros:
Por ejemplo, si “me veo“ viviendo durante el resto de mis días con aquella persona, incluso cuando esté sin arreglar, ronque o le crezcan los michelines; también, y antes, cómo actúa en su trabajo y con sus colegas, como trata a su familia, a sus amigos; si sabe controlar sus impulsos, incluidos los sexuales: porque, de lo contrario, nadie me asegura que será capaz de hacerlo cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra; si me gustaría que mis hijos se parecieran a ella o a él (¡qué horror!)… porque de hecho, lo quiera o no, se le van a parecer; si sabe estar más pendiente de mi bien (y de su bien real, por más que le cueste) que de sus simples y casi inacabables antojos…
En definitiva:
a) No hacer el menor caso a lo que promete.
b) Escuchar —con todo el romanticismo que desee, pero como quien oye llover— lo que me dice.
c) Prestar mucha atención a lo que parece que es.
d) Más todavía a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta.
e) Y conceder un peso absoluto a su manera de obrar… justo cuando no está conmigo, puesto que cuando nos vemos, los dos nos encontramos dispuestos naturalmente —sin la menor malicia— a agradar, ya que se trata del momento más esperado del día, en el que ambos podemos y queremos dar lo mejor de nosotros mismos.
Por el contrario; si en su casa, con sus amigos, con sus compañeros de trabajo… se porta como un o una egoísta o como un o una déspota, si no tiene en cuenta los deseos y el bien real de quienes lo rodean, ¿quién puede asegurarme de que no va a acabar así… también en la cama?
Relaciones anti-matrimoniales
Y aquí suele plantearse una de las cuestiones más decisivas y sobre las que impera mayor confusión. La necesidad de conocerse, de saber si uno y otra congenian, ¿no aconseja vivir juntos un tiempo, con todo lo que esto implica?
Se trata de un asunto muy estudiado y sobre el que cada vez se va arrojando una luz más clara.
Un buen resumen del status quaestionis sería el que sigue: está estadísticamente comprobado que la convivencia previa al matrimonio nunca produce efectos beneficiosos: ¡nunca!
Por ejemplo:
a) los divorcios son mucho más frecuentes —parece que el doble— entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio;
b) las actitudes de los jóvenes que empiezan a tener trato íntimo empeoran notablemente, y a ojos vista, desde ese mismo momento: se tornan más posesivos, más celosos y controladores, más desconfiados y gruñones… incluso más feos.
Pero, ¿por qué?
La causa, aunque profunda, no es difícil de intuir. El cuerpo humano es, en el sentido más hondo de la palabra, personal; y quizá muy especialmente sus dimensiones sexuales. En consecuencia, la sexualidad sabe hablar un único idioma: el de la entrega plena y definitiva.
Pero, en las circunstancias que estamos considerando, esa total disponibilidad resulta contradicha por el corazón y la cabeza, que, con mayor o menor conciencia, la rechazan, al evitar un compromiso de por vida.
Surge así una ruptura interior en cada uno de los novios, manifestada psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán de seguridad, cortejado de recelos, temores, rencores y suspicacias, que acaban por envenenar la vida en común.
Por otro lado, como consecuencia de lo anterior, uno y otra empiezan a sentirse mal… y buscan de nuevo “estar juntos” como medio para evitarlo; el malestar se calma momentáneamente, mientras duran las relaciones, para luego crecer con más fuerza, “estar otra vez más juntos“, aumentar la desazón persistente, en una especie de espiral fatídica que culmina casi siempre con la separación… ¡y peor si no es definitiva!
De ahí que, en contra del uso habitual, a este tipo de relaciones prefiera llamarlas “anti- o contra-matrimoniales“.
Para conocerse de veras
Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la “capacidad sexual“ de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos pocos minutos a la semana!
Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo cómo se comporta en su hogar, trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos… y con sus “enemigos“, pues en algún momento de nuestra vida matrimonial seremos considerados como tales, etc.
Pues si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en la vida cotidiana y en las relaciones íntimas.
Mientras que la “comprobación directa“, e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente “excepcional“ —el noviazgo un tanto “lanzado“—, no solo no proporciona datos fiables sobre su futuro, sino que en muchos casos más bien los enmascara.
Por eso, frente a una opinión muy difundida, cabría afirmar que “vivir (y acostarse) juntos” es la mejor manera de no saber en absoluto cómo va a actuar la otra persona durante el matrimonio.
Repito que no se trata de una mera ficción ni una suerte de “invento piadoso” para desaconsejar esa convivencia: como acabo de apuntar, resulta bastante fácil caer en la cuenta de que la situación que se crea en tales circunstancias es absolutamente artificial… y muy diversa de lo que será la vida en común, día a día —no solo “noche a noche”—, cuando ambos estén casados.
¿Probar a las personas?
Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado “probar” a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de ordenadores. Las personas son algo tan grandioso que, en su presencia, solo cabe la veneración y el amor; por ellas arriesga uno la vida, «se juega a cara o cruz—como decía Marañón—, el porvenir del propio corazón», la vida entera.
Además, la desconfianza que implica el ponerlas a prueba no solo genera un permanente estado de tensión, difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicional —incondicionado e incondicionable— que está en la base de cualquier buen matrimonio: y si no hay base o punto de apoyo, el matrimonio… se cae.
A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede realizar ese “experimento”, es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario: porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no solo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente, los transforma en esposos, les permite amar de veras: ¡antes no es posible ese amor!
Pero este es un tema de tanta trascendencia que prometo volver muy pronto sobre él.
Málaga, 15 de febrero de 2011

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
tmelendo@uma.es
 


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