UCA

Pontificia Universidad Católica Argentina

Pabellón de las Bellas Artes

Discursos y Publicaciones

INAUGURACIÓN DEL PABELLÓN DE LAS BELLAS ARTES - 23 DE ABRIL DE 2003

"Dios contempló todo lo que había creado y vio que era muy bueno..."

Estimados amigos de la UCA y amigos del arte,

Con estas palabras del Génesis se inicia la larga meditación sobre la belleza que con forma de carta Juan Pablo II dirigió a los artistas en la Pascua de 1999 como preparación al Jubileo de la Redención.

De este modo nuestro Papa -que en cuanto poeta, dramaturgo y actor también es artista- quiso resaltar la profunda vinculación que tiene la tarea del artista con aquel inicial acto creador de Dios. “Nadie mejor que ustedes, geniales constructores de belleza, puede intuir el pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos. Ustedes también han contemplado la obra de vuestra inspiración, descubriendo en ella la resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios ha querido asociarlos”.

Con estas palabras el Santo Padre pone en evidencia la raíz misma de la unión de la experiencia religiosa y de la creación artística. Una unión que no sólo es válida para los que han recibido “el destello divino” del don artístico sino también para todos aquellos que, como yo y muchos de los aquí presentes, no estamos llamados a crear o recrear, pero sí a contemplar la obra del Divino Artesano y las de todos aquellos que participan de su don creador, obras en las que descubrimos las huellas del Ser a través de la Belleza.

La Belleza entonces, y el arte que la manifiesta, no son un accesorio del cual podamos prescindir. Algunos podrían creer que en tiempos en los cuales las urgencias sociales son tan grandes y las necesidades tan profundas, la belleza represente un lujo y se pueda vivir sin ella. Pero esto es un error. Pues como dice con acierto Juan Pablo II: “La belleza es en cierto sentido la expresión visible del bien”. Nos damos cuenta que para que el bien sea difundido, comunicado y conocido, y esa es la misión de la Iglesia y de sus instituciones educativas, es necesario que el bien también sea visible. Así la ausencia de la belleza en nuestro tiempo podría ser interpretada como un testimonio de la crisis moral en la cual vivimos.

Esta necesidad de hacer presente el bien aparece tanto más vinculada a la experiencia religiosa en cuanto Dios mismo, para comunicarse al hombre, ha querido encarnarse y hacerse visible al hacerse él mismo hombre. Por eso a partir del cristianismo quedaron revolucionadas todas las categorías estéticas ya que el Dios absolutamente trascendente e irrepresentable de los antiguos eligió hacerse visible en la humanidad de Jesús,permitiendo al mismo tiempo el conocimiento y la representación de la divinidad a través de la intuición artística. En Cristo la naturaleza divina y la naturaleza humana han quedado unidas para siempre y ello también ha marcado profundamente la experiencia y la tarea del artista. Él, al adentrarse en el misterio del hombre, se asoma al umbral que sólo el Dios Encarnado puede revelarle y al sondear los misterios del Dios Encarnado también alcanza la cifra del misterio del hombre. Las obras maestras de arte religioso argentino que tenemos aquí son elocuente testimonio de esta afirmación.

Una de la exposiciones más vibrantes acerca de la mutua necesidad y vinculación del arte y la Iglesia la realizó Pablo VI en 1964 cuando invitó a los más grandes artistas del mundo a una Misa que celebró en la Capilla Sixtina, es decir en el templo que es la expresión más exquisita del arte y también de la asociación de la Iglesia con los artistas. Allí les dijo: “El ministerio de la Iglesia es predicar y hacer accesible y comprensible, incluso conmovedor, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, el mundo de Dios. Y en esta operación que convierte el mundo invisible en fórmulas accesibles e inteligibles, los artistas son maestros. Su tarea es ésta: extraer del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabra, de colores, de formas accesibles. Pero no con la accesibilidad del maestro de lógica ode matemática, sino con aquella propia del artista que al hacer comprensible el mundo del espíritu puede conservar al mismo tiempo su inefabilidad, su sentido de la trascendencia, su halo de misterio, su necesidad de ser alcanzado tanto con facilidad como con esfuerzo”.

Ven, amigos, cuáles son los profundos motivos por los cuales la Universidad Católica quiera y deba acercarse al arte. En esto no soy original. Desde su inicio la Iglesia y el arte celebraron una alianza providencial. Aún hoy, los artistas más alejados de la fe religiosa benefician de la profunda liberación estética y de las formas que significó la difusión del cristianismo en la cultura a través de la historia. Así también la Iglesia vio ensanchada su percepción del Dios-hombre y enriquecida la catequesis gracias al aporte de la creación artística a lo largo de la historia. Esto mismo intuyeron los fundadores de la UCA quienes incluso antes de su existencia se constituyeron en un círculo de artes y letras al cual llamaron “Convivio”, como testimonio de que allí donde hay belleza debe haber también comunicación y comunidad.

Dado el importante lugar que el arte ocupa en la vida social y cultural de la sociedad en general y de la comunidad cristiana en particular, me ha parecido oportuno abrir un espacio en el cual las bellas artes puedan exhibirse, difundirse y contemplarse. Este Pabellón deberá ser un foro abierto en el cual la presencia del bien se manifieste y se comuniquen los valores que la universidad promueve, no sólo para nuestros docentes y alumnos, sino para todos aquellos que de modo creciente circulan frente a nuestra institución como visitantes y turistas de Puerto Madero.

Espero entonces que siguiendo estas huellas y con esta promesa inicie sus actividades el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA que está destinado a ser un lugar de encuentro y diálogo de la Iglesia con el Arte y del Arte con la Iglesia. Finalmente, querría hacerles notar que la ubicación del Pabellón nos ofrece una sugestiva alegoría arquitectónica. No sé si han notado que este espacio se encuentra simétricamente dispuesto respecto de la biblioteca de la universidad. Si este edificio del rectorado representara a la universidad en su conjunto, aparecería a la vez sustentado en un pilar fundamental que es la biblioteca, signo de su patrimonio científico e intelectual, al cual ahora se agregaría un segundo pilar: este Pabellón, que no simboliza la razón sino más bien la intuición, que es tan necesaria como la primera para alcanzar el conocimiento. A ello podemos añadir que tanto la Verdad (la razón) como la Belleza (la intuición) son necesarias para recorrer el arduo y duro ascenso espiritual que nos lleva al Bien. Y para completar este “ícono” de la universidad, los invito a subir idealmente la monumental escalinata central del rectorado para encontrarse en el patio del primer piso con la gran Cruz suspendida en el cielo recordándonos que el Sacrificio Pascual nos proyecta al Amor infinito del Padre.

Así pues vemos que el Edificio Santa María de los Buenos Aires, en el cual nos encontramos ahora, representa a partir de hoy una interesante parábola de la vida universitaria que sobre la base de la investigación de la Verdad y su epifanía en la Belleza, nos hace ascender hasta el Bien natural y sobrenatural que es la felicidad del hombre.

Al declarar inaugurado el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA quiero agradecer muy especialmente a los miembros del Consejo de Honor que con su experiencia en el mundo de la cultura asegurarán la calidad de las exposiciones y actividades que, de ahora en más, se desarrollarán en este lugar.

También deseo señalar que el Pabellón de las Bellas Artes ha sido posible gracias a la asociación de la Universidad con un grupo de empresas que han prestado el indispensable apoyo financiero, a las cuales agradezco mucho su colaboración. Quiero destacarlo porque considero esta cooperación entre la universidad y el mundo empresario como un caso emblemático para toda la UCA. La experiencia del Pabellón prueba que, aún en medio de las dificultades actuales, el mecenazgo es posible para proyectos culturales de calidad y significación social. La alianza estratégica entre universidad y empresa ha sido uno de los puntos en los que he insistido en mi gestión como rector. Hace falta imaginación para alcanzar la excelencia en educación. Transitar caminos como éste nos permitirá ir superando los límites que la exclusiva dependencia de los aranceles le imponen al desarrollo de las universidades privadas argentinas.

Como conclusión expreso mi voluntad y mi deseo de que el Pabellón constituya un necesario complemento de la vida académica de nuestra institución y a la vez sea una puerta a través de la cual podamos transmitir mejor a toda la comunidad los seculares tesoros de sabiduría y civilización que la universidad ha heredado de sus mayores. Que así sea.


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