Queridos amigos, queridas amigas de esta Sede de Paraná de la Pontificia Universidad Católica Argentina.
Estamos reunidos aquí para iniciar una nueva etapa, y lo hacemos invocando la bendición del Señor. Es una etapa que recoge toda la tarea, los esfuerzos y la entrega de los que tanto han trabajado hasta ahora, pero que desde ese punto de partida tan valioso pretende avanzar en un constante afianzamiento institucional. Eso implica que el nuevo edificio es un símbolo de algo más importante, que es nuestro deseo de que esta sede avance en el desarrollo de su identidad propia. De hecho, a partir de ahora ninguna carrera de esta Sede será una mera extensión de las unidades académicas de Buenos Aires, de manera que los verdaderos protagonistas de desarrollo que soñamos sean ustedes.
Ya he conversado con el nuevo Decano acerca de diversas inquietudes sobre la investigación, la formación de posgrado y otros diversos aspectos en los que podemos ir dando algunos pasos concretos. Llegado el momento, será el Decano quien acerque las propuestas y las comunique al Claustro.
El hecho de que a partir de ahora tengamos una única Facultad expresa también un propósito de avanzar en el diálogo entre las disciplinas, algo que en el pensamiento de la Iglesia Católica tiene una importancia fundamental y que llamamos “integración del saber”. Eso implica que la cosmovisión católica impregne todos los diversos saberes, los ilumine y los haga confluir en una visión más completa de la realidad que estudiamos.
Quiero detenerme brevemente en este asunto, que también deseo compartir con las autoridades civiles aquí presentes. La fe que anima a una Universidad Católica no atenta de ninguna manera contra los valores del humanismo, de las reivindicaciones sociales, del desarrollo de las personas y de los pueblos, de los derechos del hombre o de la convivencia humana. Todo lo contrario, la fe le da a todas esas preocupaciones de la Sociedad Civil los argumentos y las motivaciones más sólidas y más profundas que puedan sostenerlas.
De hecho la Palabra revelada por Dios enseña que a ada ser humano, a cada uno de ustedes Dios lo ama infinitamente. Recorramos rápidamente algunos párrafos de las Sagradas Escrituras dirigidos a cada uno de ustedes:
Eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo” (Is 43, 4).
“¿Acaso olvida una mujer su niño de pecho, sin enternecerse con el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Míralo, te llevo tatuado en la palma de mis manos” (Is 49, 15-16).
“Los montes se correrán y las colinas se moverán, pero mi amor no se apartará de tu lado, mi alianza de paz no vacilará” (Is 54, 10).
“Yo te amé con un amor eterno; por eso he guardado fidelidad para ti” (Jer 31, 3).
“Tu Dios está en medio de ti, un poderoso salvador. Él grita de alegría por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo” (Sof 3, 17).
“Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla” (Os 11, 4).
¡Cuánto vale un ser humano! Nadie puede decirlo con más argumentos que un creyente. Por eso, esta casa tiene que ser cada vez más en esta ciudad y en esta región un foco de humanismo y de desarrollo personal y social.
Han pasado ya muchos años desde que existe esta sede, y gracias a la tarea de las autoridades, docentes y empleados aquí ha ido desarrollándose una identidad y una riqueza queremos cuidar y desarrollar todavía más. Para que eso sea cada vez más visible, coincido con el nuevo Decano en la necesidad de afianzar los lazos de esta sede con otras universidades y con las demás instituciones de la Sociedad Civil.
Este es un centro de profunda reflexión, de estudio científico riguroso, también necesitado de la luz del Espíritu que se suplica en la oración. Pero al mismo tiempo tiene que ser, en el corazón de la sociedad, una suerte de manantial de pensamiento vivo, de creatividad, de dinamismos sociales, de renovación, de transformación del mundo.
Pero eso no se logra con algunos genios aislados. A eso lo vamos a lograr juntos, dialogando, debatiendo, alentándonos, investigando juntos y abiertos a las interpelaciones de la Sociedad.
Queridos amigos, yo vengo de la Provincia de Córdoba, y mi experiencia como hombre del interior me permite reconocer y valorar el amor de ustedes por su tierra entrerriana.
El amor de cada uno a su propio lugar es fidelidad a Dios, porque él nos regaló esta tierra y este pueblo como un don. Desde este lugar nos abrimos a los demás. No se es auténticamente universal sino desde el amor a la tierra, al lugar, a la gente y a la cultura donde uno está inserto. Porque no hay auténtico diálogo con los diferentes si uno no tiene una clara identidad personal, si no posee algo verdaderamente propio, si su conciencia es sólo un mezcla de ideas y experiencias que acoge indiscriminadamente. ¿Alguien sin identidad puede ofrecer a otro algo verdaderamente “personal”?
Lo mismo sucede cuando una persona no está arraigada en una cultura, en un lugar, cuando desconoce la misma tierra concreta que está pisando: ¿Desde dónde puede percibir los ricos matices de las variadas culturas, desde dónde puede acoger al diferente, desde donde puede pensar la diversidad?
Además, nada puede ofrecerle al país y al mundo alguien que no conoce ni valora a fondo el lugar que lo ha alimentado, alguien que no se dejó enriquecer por el espacio donde vivió la mayor parte de sus días.
La integración de los aportes de afuera debería hacerse siempre desde la riqueza de la propia identidad, evitando una mezcla superficial. Los valores de un pueblo nunca deben desarraigarse de la fértil tierra que les dio el ser. De lo contrario, se trataría de una falsa apertura a lo universal, provocada por la superficialidad de quien es incapaz de penetrar al fondo de su propia patria, o por un resentimiento no resuelto ante la cultura de su propio pueblo.
Podemos amar al país y al mundo entero, dialogar, compartir, aprender de los otros y aportar nuestra riqueza al planeta. Pero cada uno tiene que amar y cuidar ante todo su propia tierra y preocuparse por su propio lugar, porque los demás no lo harán por él: Así como cada uno tiene que amar y cuidar su propia casa para que no se venga abajo, porque no lo harán los vecinos. También el bien del país y del universo requiere que cada uno cuide, ame y desarrollo su propia tierra y le haga dar frutos de sabiduría, de maduración, de fecundidad.
Pero vale también lo contrario: nadie es sanamente local si no dejarse interpelar por lo que sucede en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas o sin solidarizarse con los dramas de otros. Nuestro amor a la propia tierra no es la pobreza de las mentalidades cerradas que se clausuran obsesiva, terca y fanáticamente en unas pocas ideas, costumbres y seguridades, incapaces de admiración frente a la belleza que ofrece el país entero. Así, la vida local deja de ser auténticamente receptiva, ya no se deja completar por el otro; por lo tanto, se limita en sus posibilidades de desarrollo, se vuelve estática y se enferma. Porque en realidad toda cultura sana es abierta y acogedora por naturaleza; incluye siempre valores de apertura. Mirándose a sí mismo con el punto de referencia del otro, de lo diverso, cada uno puede reconocer mejor las peculiaridades de su propia tierra y de su cultura: sus riquezas, sus posibilidades y sus límites.
En realidad, una sana apertura a los otros, que acoja los aportes externos, nunca atenta contra la propia identidad. ¿Por qué? Porque al enriquecerse con elementos provenientes de otros lugares, una cultura local no realiza una simple copia o una mera repetición, sino que integra las novedades “a su modo”. Esto provoca el nacimiento de una nueva síntesis que finalmente beneficia a todos.
Queridos amigos de Paraná, abiertos a los demás, ustedes irán construyendo a su modo el propio proyecto histórico. Ese será su mejor aporte al país, al mundo y a la Iglesia. Y ese es el sentido de las relaciones entre la Universidad Católica en su Sede central y esta Sede de Paraná.
Para ser fiel a lo que estoy diciendo, no quiero avanzar más en temas concretos, porque serán ustedes quienes elaboren, en diálogo, su propio proyecto. Que nuestra Madre del cielo los acompañe a todos.
