Espacios Parasitados

73. José Martin Arangoa, Agustín Fernández, Juan Gugger, Guido Ignatti, Leila Tschopp
26.02.13 al 07.04.13

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Espacios Parasitados

Espacios Parasitados

El Pabellón de las Bellas Artes tiene el placer de presentar la muestra Espacios Parasitados, curada por Rodrigo Alonso, quien reúne a cinco artistas, cuyas obras intervienen, “se parasitan”, en diferentes sitios dentro de un Pabellón renovado, en el cumplimiento de sus diez años.

José Martin Arangoa sorprende al público mutando en collages, ventanas abiertas y miradas a través de sus rejas, con escrituras o grafismos en tinta, que nos introduce en un clima de abierta o cerrada elocuencia, y que se manifiesta a través de las configuraciones y presentaciones que realiza.

Agustín Fernández expone seleccionadas fotografías en blanco y negro, obras geométricas en perspectiva y dibujos arquitectónicos, sobre soportes reinventados de madera, que nos induce a observar e ingresar a la obra desde variados ángulos.
Juan Gugger imprime su lenguaje con la instalación de cajas de pizza, mediante una referencia simbólica; estas cajas remiten, en su acumulación, en una representación tanto intrínseca como es la belleza arquitectónica de la instalación; como extrínseca, en el reconocimiento popular de la caja de pizza.

Guido Ignatti alcanza una síntesis de la rutina diaria, su partida o llegada, a través del rollo de persiana exhibido entero, en el piso, la luz que penetra desde un soporte digital, como si fuera a través de una persiana, el empapelado de la pared, el espejo, y también el respaldo de sillón y la caja de embalaje.

Leila Tschopp envuelve al espectador con pinturas murales en el espacio del Pabellón. Las estructuras geométricas de su pintura abstracta, que trabaja con formas geométricas, colores con tonos sutilmente diferenciados y perspectiva, se proyectan desde las paredes y se acercan o se alejan en profundidad.

La selección de Alonso abarca variadas expresiones artísticas, elementos, técnicas y reflexiones emanadas del conjunto de instalaciones que remiten a una fecunda diversidad de creación. Los Espacios Parasitados interactúan y generan una propuesta de diálogo entre los artistas, el Pabellón y Puerto Madero; ilustran la interacción entre lo que se expone y como se expone, y demuestran como la colocación o la ubicación de la obra afecta la percepción y el significado de la misma. En ese contexto, la exhibición manifiesta un dialogo en común, con diferentes puntos de vista, que provoca atractivo en el espectador, invitando a la observación y a la meditación de lo planteado.

Quiero agradecer la curaduría de Rodrigo Alonso, quien se encuentra con próximos proyectos internacionales, en esta primera muestra 2013, en el Pabellón de las Bellas Artes.

Cecilia Cavanagh
Directora
Pabellón de las Bellas Artes

Espacios Parasit(u)ados

En los albores del siglo veinte, los espacios destinados a las exhibiciones artísticas sufren una transformación radical. Si antes poseían todas las características de un ámbito cotidiano, habitado y habitable, acogedor, en el que las obras convivían naturalmente con el mobiliario, los detalles arquitectónicos y las particularidades de la decoración, ahora pasan a ser entornos que se pretenden neutros, desprovistos de toda marca humana y de cualquier elemento que promueva la distracción o la lectura incorrecta de lo expuesto.

El así denominado cubo blanco se convierte en el paradigma de espacio expositivo tras su implementación en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Según Brian O’Doherty, inventor del término, su presencia hacia mediados del siglo es tan contundente que, en su opinión, “antes que la imagen de una obra en particular, la imagen arquetípica del arte del siglo XX es la de un espacio blanco e idealizado”. El típico cubo blanco es una sala ortogonal, de paredes blancas, sin zócalos, molduras y ningún tipo de ornamentación, con pisos de madera o de alfombra gris, en el que las obras se cuelgan a la altura de la vista, distanciadas unas de otras para individualizar su apreciación, y con una iluminación puntual que las destaca de su contexto. No hay en él ninguna referencia al mundo social, ni se permiten actividades que puedan causar molestias, como hablar en voz alta, beber o comer.

Para algunos autores, la influencia de este tipo de espacios llega a determinar la propia producción artística. Muchos aseguran que a él se debe el auge del arte abstracto, que sólo puede apreciarse correctamente sobre paredes blancas, e incluso, se dice que los artistas trabajan en estos años teniendo en su mente la imagen de los muros prístinos sobre los que instalarán sus obras una vez terminadas.

El arte contemporáneo rechaza de múltiples maneras la sobredeterminación de este supuesto ámbito neutral. En lugar de acomodarse a sus imposiciones, prefiere intervenir sobre él, relativizarlo, ponerlo en entredicho, parasitarlo. A la indefinición de sus propiedades y coordenadas, opone su presencia disruptiva, situada, que puede referir tanto a su arquitectura, como a su situación políticosocial, como a su contexto geográfico o histórico, sin renunciar a su investigación formal, su propuesta visual y sus aperturas poéticas.

Las obras reunidas en esta exposición articulan diferentes espacialidades y contextos. Cada una, a su manera, contamina el recinto con una plasticidad y unos conceptos que nos llevan a proyectarnos más allá de sus límites materiales. Otras arquitecturas, otros lugares, otros ámbitos sociales y culturales, se hacen presentes a través de ellas, para invitarnos a reflexionar sobre formas alternativas de ocupación y pensamiento espacial.

Los collages de la serie Arquitecturas ficticias (2008), de José Martín Arangoa, recurren a la fantasía y la imaginación para parasitar un conjunto de estructuras habitacionales. A la manera del arquitecto, el artista diseña espacios posibles que se yerguen con elegancia y autoridad. Sin embargo, ciertas referencias a las maquinarias y al universo del trabajo cortocircuitan el ascetismo proyectual incorporando referencias que remiten a esos procesos arduos, complejos, y a veces accidentados, que los edificios terminados invisibilizan. Por otra parte, las piezas de la serie han sido pensadas como integrantes de un libro de artista, en el que los diferentes collages se conectan a través de ventanas abiertas sobre las superficies de los papeles. De esta forma, se genera una nueva arquitectura, virtual, que se prolonga a lo largo de las páginas.

La obra de Agustín Fernández se ubica en la intersección entre arquitectura e historia, a través de referencias específicas a las construcciones sociales desarrolladas en la Argentina. Una de sus piezas puede verse como una suerte de cartel publicitario refinado de un Plan Quinquenal peronista, en el sistema estilístico de la propaganda soviética de principios del siglo veinte. Otra presenta un conjunto de imágenes que relatan diferentes momentos en la historia de la vivienda social nacional, dispuestas en un andamiaje que se proyecta desde la pared en forma orgánica y creciente. Ambas reflexionan, igualmente, sobre los modos de exhibición, operando un desplazamiento desde las imágenes hacia el display, es decir, hacia las estructuras de administración de la información, que pueden interpretarse indistintamente como archivo, demostración, propaganda, colección o dispositivo museal.

Guido Ignatti procede mediante el solapamiento de espacios, situaciones y motivos, decorativos y arquitectónicos. Sus obras se ajustan a los lugares asignados, pero sólo con el fin de producir un desajuste que se resuelve en diferentes modos de extrañamiento. Mediante el uso de materiales y técnicas que provienen tanto del universo formal del arte como de la construcción, genera piezas basadas en procedimientos como la parodia, el trompe-l’oeil y la simulación, que cuestionan la naturalidad de los objetos y sitios que ocupan. Así, un ambiente privado, íntimo, puede aparecer con la espectacularidad de lo escenográfico (Capturas en la rutina de alguien #1 y #2, 2011), o un elemento tosco y marginal –un embalaje aéreo– puede devenir elegante y estilizado (Caja ciega, 2010).

Por su parte, Leila Tschopp piensa el espacio desde las herramientas constructivas de la pintura. Jugando con las superficies, las líneas y las perspectivas, aliadas a un intenso tratamiento cromático, elabora telas e instalaciones que ponen en entredicho la homogeneidad espacial de los ámbitos en los que se ubican. Las amplias dimensiones de sus trabajos contribuyen a formular un diálogo con la arquitectura expositiva y a integrar al espectador, tanto a través de su presencia física como mediante los juegos ópticos que se desarrollan en su interior. En algunos casos, la superposición de diferentes planos pictóricos genera unos contrapuntos audaces, que exaltan la potencia del lenguaje plástico para producir efectos que se proyecten más allá de los límites que los bordes de las telas imponen.

Con un fuerte anclaje en la historia del arte, Juan Gugger recurre a estrategias conceptuales para la confección de sus trabajos. Muchos de ellos son citas a reconocidos artistas y movimientos de los años sesenta y setenta, otros son deudores de algunas ideas que éstos pusieron en circulación. En este sentido, muchas veces funcionan, al mismo tiempo, como intervenciones y señalamientos, como operaciones específicas y como referencias explícitas a los predecesores admirados. En su instalación Rotondus (2012), una columna de cajas de pizza coexiste con líneas de información escueta y autorreferencial, que parecieran reforzar la polémica afirmación de la autonomía artística. Sin embargo, el material elegido para su construcción incorpora unas notas de humor que cuestionan dicha autonomía con la sonoridad de la risa.

Rodrigo Alonso
Curador