Borges, evocar los sueños

28.06.06 al 30.07.06

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Borges

Borges, evocar los sueños

… Seré todos o nadie. Seré el otro

que sin saberlo soy, el que ha mirado

ese otro sueño, mi vigilia. La juzga,

resignado y sonriente. (El Sueño).

Borges emerge claramente como el autor del siglo XX más emblemáticamente representativo – y acaso el único – de los valores estéticos aun esenciales para la supervivencia de la literatura canónica universal. Ocupa este lugar no solo con respecto a las letras hispanoamericanas sino a toda la literatura occidental y quizás, incluso, a la literatura mundial, señalaba en 1996 el prestigioso crítico norteamericano Harold Bloom.

El Pabellón de las Bellas Artes le rinde tributo y conmemora el XX aniversario de su fallecimiento con una muestra que evoca diferentes aspectos de los sueños que tanto le inquietaban.

Cuando los relojes de la media noche prodiguen

un tiempo generoso,

iré más lejos que los bogavantes de Ulises

a la región del sueño, inaccesible

a la memoria humana. … (El Sueño)

La interpretación de las obras exhibidas debe encontrarse tanto en el espíritu que emana del conjunto como, respetando la esencia borgeana, en el recóndito sentido que cada artista le dio a la dimensión poética y filosófica de su quehacer literario, o a “ese sueño presuroso” como llama en un poema a su vida.

Alicia Jurado manifiesta en la biografía a él dedicada que el único arte que conmueve a Borges es el arte mas abstracto, la literatura. En las artes plásticas se interesa por algún detalle insignificante que nadie ha observado y que en él determina si la pintura ha de gustarle o no. Una característica que también lo guía en sus preferencias literarias y hace de él un crítico tan original, tan interesante y tan intensamente arbitrario.

Retratar a Borges despertó siempre un excepcional interés en maestros de la pintura y en grandes creadores del arte fotográfico, algunos de cuyos trabajos se exhiben en esta ocasión y que intentan acercarnos a su talentosa personalidad.

Mi agradecimiento al importante apoyo de coleccionistas y artistas, a la Facultad de Filosofía y Letras y la Biblioteca Central de la UCA, y al sostenido trabajo de nuestro equipo de producción que nos permite recordar al “mas argentino de los escritores argentinos” en palabras de Horacio Salas, “que también inventó una forma de mirar en hondura a esta Argentina que nos devela y nos angustia”.

Lic. Cecilia Cavanagh
Curadora
Directora del Pabellón de las Bellas Artes

Jorge Luis Borges

De Borges cabe decir, al conmemorar estos veinte años de su desaparición, lo que él escribió de Sarmiento, figura venerada que le devolvía acaso, desde ese arduo siglo diecinueve en cuyas entrañas hundía nuestro autor sus propias raíces vitales y culturales, una imagen espejada (y por ello a la vez idéntica e inversa) de sus mismas perplejidades identitarias de intelectual autodidacta y sonoro hombre público, de azorado cosmopolita y argentino fatal:

No lo abruman el mármol y la gloria.

Nuestra asidua retórica no lima

su áspera realidad. Las aclamadas

fechas de centenarios y de fastos

no hacen que este hombre solitario sea

menos que un hombre. No es un eco antiguo [...].

Es él. Es el testigo de la patria,

el que ve nuestra infamia y nuestra gloria [...].

Quizá no resulte del todo improcedente abordar la obra del poeta a partir de este parcial paralelismo entre quienes son sin duda, cada uno en su siglo, los dos más grandes escritores que ha dado la Argentina, porque al demarcar así los terrenos de sus logros y calibrar en relación con ellos el alcance de sus respectivos legados, la exacta valoración de Borges se impone con precisión incontestable. A su modo, Sarmiento y Borges fueron ambos soñadores de mundos; el primero soñó una Argentina histórica posible, y la materia ejemplar de su sueño fue el mundo exterior real que se ofrecía a sus ojos como espectáculo concreto y a la vez idealizado; el segundo soñó un entero universo ficcional imposible, y su materia prima fue el mundo real e ideal que le mostraban, más que sus experiencias, sus lecturas, siendo que aquéllas, escasas y modestas, no iban casi nunca más allá de éstas (en reiteradas ocasiones manifestó que le parecía no haber salido nunca de la biblioteca de su padre, y que el mundo mismo, y aun el dudado Paraíso, tenían para él la forma de una biblioteca). Para Sarmiento la literatura fue un medio, un canal utilitario para la proclamación y la ejecución preliminar de sus vastos planes de acción política; para Borges la literatura fue el único fin de su vida, el sedentario y deslumbrante sucedáneo de una acción imposible. Ambos se propusieron renovar, revolucionar incluso, en sus respectivos campos vocacionales; si el primero fracasó (todo éxito parcial o efímero es al cabo un fracaso) en su tarea de renovación política y cultural de la Argentina histórica, ello se debió a que su modelo ejemplar fue una idealización acrítica del mundo real exterior, una operatoria voluntarista que adrede desconoció o subestimó el peso fatal de los sustratos tradicionales internos, indóciles finalmente a la adopción inadaptada de un modelo que se pretendió aplicable no mediante ponderada integración sino por simple y brutal sustitución; si el segundo triunfó en cambio en su tarea de renovación de las letras nacionales y por feliz añadidura universales, ello ocurrió porque le fue dado hallar la fórmula que Sarmiento no alcanzó a definir, una fórmula de sabia y sosegada argentinización de la tradición cultural de Occidente y del mundo todo, una clave para dar forma inequívocamente argentina a las preocupaciones metafísicas y existenciales más raigales del hombre, que permitió al maestro corporizar ya en un cuchillero de Palermo, ya en un peón de estancia, ya en un modesto bibliotecario de la calle Córdoba, paradojas intelectuales y conflictos morales que asimilan y enriquecen doctrinas ilustres como el nominalismo medieval, el idealismo empirista de un Berkeley o el pesimismo voluntarista de un Schopenhahuer. Si el temple argentino irrumpe a cada paso en Sarmiento muy a su pesar y como feroz desmentida de su afán de urgido europeísmo, viniendo a sellar así, proféticamente, el fracaso ulterior de su proyecto, el temple argentino fluye en Borges a favor mismo de la corriente de su pensamiento universal, no oponiéndosele sino constituyéndola y enriqueciéndola desde dentro, y coloreando sus aguas con una tinta específica e inconfundible que convierte al mundo literario en un mundo más complejo y más rico, no sólo porque la literatura argentina ha encontrado desde entonces un modo sereno y templado de ser universal a fuer de argentina, sino porque la literatura universal misma incluye desde entonces, por primera vez en semejante dimensión, una voz argentina como pieza fundamental e inexcusable del engranaje de las letras del mundo. Y no quiere decir esto que en Borges no hayan irrumpido, con dramatismo incluso, las dialécticas que desgarraron a Sarmiento y al país todo desde sus orígenes; ahí están textos claves como el “Poema conjetural” o “El sur” para atestiguar que también nuestro poeta sintió gravitar sobre sí la recurrente amenaza de una escisión entre lo nacional y lo universal, lo primario de la tierra y lo elaborado de la civilización como fuerzas inconciliables; pero su genio consistió en convertir esa triste dialéctica tan a menudo paralizante de nuestro desarrollo cultural como nación en un símbolo de más profundas y radicales escisiones ontológicas que definen lo propio del ser humano de todo tiempo, lugar y condición, de modo tal que el laberinto, el espejo y el doble, clásicos mitemas borgeanos, son a la vez, y de nuevo sin violencia o contradicción, imágenes tanto de las dicotomías e incertidumbres del azaroso devenir histórico argentino cuanto de la ardua y vacilante forma que suelen asumir esos dos niveles del cosmos llamados mundo y hombre.

El fracaso de Sarmiento y el triunfo de Borges están diciendo, probablemente, que los argentinos somos más diestros en la construcción de ficciones que en la construcción de realidades, que el territorio de nuestras hazañas es más el del discurso que el de la historia. A tal punto es esto así que lo único que en estos nuestros tristes tiempos permanece en pie, inalterado y magnífico, de la utopía sarmientina, es el cautivante edificio verbal con que la definió y publicitó su autor. Pero sería ésta una manera amarga y fatalista de entender la lección. Existe acaso otra lectura, más fecunda, de esta experiencia doble y paralela: la que nos dice que el fracaso histórico de Sarmiento y quienes lo siguieron no instaura tanto una parálisis cuanto un estímulo, la que nos dice que el triunfo discursivo de un Borges no representa tanto un consuelo o una melancólica compensación por tanta acumulada frustración colectiva cuanto un nuevo y superior modelo de inteligencia y creatividad para poner al servicio de una factible, indispensable puesta en sintonía de la Argentina con el mundo. Tal vez la mejor forma de homenajear a Jorge Luis Borges en este aniversario sea convertir el formidable orden integrador de su discurso literario en un condigno orden histórico para nuestra patria, proeza no fácil pero tampoco imposible, si es cierto que, tal como sostenía y mostraba el maestro, las palabras no son sólo palabras.

Dr. Javier Roberto González
Director del Departamento de Letras
Facultad de Filosofía y Letras