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Sobre las cenizas de los difuntos

Buenos Aires, 27 de noviembre de 2016

A diferencia de las costumbres judías e islámicas, que no la admiten, la Iglesia Católica permite a sus fieles la cremación de los cadáveres. Ahora, frente a consultas llegadas desde diferentes lugares, la Congregación para la Doctrina de la Fe sencillamente ha recordado y explicado las normas ya vigentes. No hay nada nuevo. Esto ocurrió porque la práctica de la cremación se ha vuelto muy frecuente y llega a ser objeto de acciones extravagantes. Pero no creo que el Papa haya esperado que esto tuviera tanta difusión, tratándose sólo de orientaciones generales para el discernimiento prudencial de los obispos. Para el público no habituado al lenguaje eclesiástico, estos textos son difíciles de entender, y siempre se los interpreta como más restrictivos de lo que son en realidad.

Por ejemplo, aunque el texto pide evitar la dispersión de las cenizas, no afirma que se le negarán las exequias a todo el que decida hacerlo, salvo que lo haga "por razones contrarias a la fe cristiana". Pero esto es obvio. En ese caso, en realidad se evitan las exequias por respeto al difunto, que no tiene convicciones cristianas.

Lo que la Iglesia quiere destacar es que los restos mortales no son cualquier cosa, son algo más que arena. No son desperdicios, no son algo insignificante. Son restos de ese cuerpo que no fue una prisión del alma, sino su modo de expresarse, con el cual luchó, amó y sufrió. Esos restos no son la persona, pero de algún modo conservan una historia que nos involucra. Por eso se prefiere mantener hacia ellos un respeto que nos ayuda a mantener lazos de afecto. Yo mismo, años atrás, había pedido a mi familia que un día arrojaran mis cenizas al arroyo de nuestro pueblito de Córdoba. Pero después pensé en mucha gente que me quiere, y para no complicarles la vida prefiero dejar de lado ese deseo de modo que puedan visitarme y rezar por mí en un cementerio.

Tampoco hay una prohibición absoluta de conservar las cenizas en el hogar, porque podría haber circunstancias serias que lo justifiquen. El texto dice exactamente que las cenizas del difunto deben mantenerse en un lugar sagrado “por regla general. Así queda claro que se tienen en cuenta situaciones especiales.

Siempre la Iglesia intenta favorecer que sus fieles hagan un duelo adecuado, que puede abortarse con la dispersión de las cenizas. Quienes hemos acompañado a personas que perdieron a un ser querido, sabemos que el duelo necesita tiempo. Al comienzo se va a cada rato a la tumba, luego menos, y cuando el duelo está cerrado las visitas son poco frecuentes. La cremación puede complicar este proceso. No somos sólo espíritu, y los procesos humanos necesitan algo más que la imaginación: requieren a veces caminar, visitar, tocar. Si, además, está pendiente un perdón o una reconciliación, la cremación puede ser un recurso fácil para evitarlo, y de ese modo no se termina de sanar la historia vivida. Pensemos también que hay otras personas involucradas: puede suceder que la esposa decida cremar a su marido, y que la madre de él sufra mucho por esa decisión, que enmaraña todavía más su propio duelo. Otras veces ese duelo se prolonga excesivamente y de modo artificial, y esto puede ocurrir cuando se conservan las cenizas en el propio hogar.

Es verdad que puede haber otras situaciones, excepcionales, y por eso el texto usa la expresión “por regla general”. La experiencia pastoral muestra que a veces las situaciones concretas nos rompen todos los esquemas.

Mons. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina
 

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Columna publicada en Diario Perfil, 30/10/16.