UCA

Reflexión para la comunidad universitaria en la Octava de Pascua

Buenos Aires, 8 de abril de 2015

Esta semana contemplamos un sepulcro vacío y a Jesús feliz, desbordante, vestido de luz infinita, lleno de puro gozo. Me alegro con mi amigo y redentor, que ha triunfado. Entonces, el mal no tiene la última palabra. Si él vive eso es una garantía de que el bien puede hacerse camino, y de que nuestros cansancios sirvan para algo. Así podemos abandonar los lamentos y mirar para adelante.

Él es el eterno viviente y abrazados a él vivimos, atravesando todas las formas de muerte y de violencia que acechan en el camino. Cualquier otra solución es débil y pasajera. Sirve durante un tiempo y de nuevo nos encontramos vacíos. Con él resucitado, en cambio, el corazón está arraigado en una seguridad básica, que permanece más allá de todo.

Todos los años se vuelve a escuchar este anuncio como si fuera una novedad, como si nunca lo hubiéramos recibido. Lo que sucede es que una celebración no es sólo un recuerdo. Es una actualización, ya que eso que se celebra se hace misteriosamente presente, siempre nuevo. Y volvemos a escucharlo y a celebrarlo una vez más cada año, de manera que cada vez más nos convenzamos y el mensaje penetre en nuestras vidas hasta el fondo.

¿Qué lugar tiene la resurrección de Jesús en la fe? Durante muchos siglos se insistió tanto en la muerte de Jesús, que la cruz opacó la resurrección. Parecía que la resurrección no agregaba nada. En la doctrina cristiana estaba claro que Jesús murió por nuestros pecados. Por lo tanto, con su muerte ya estaba todo hecho. ¿Qué nos podía aportar la resurrección? Sin embargo, la Palabra de Dios dice algo completamente diferente. Si él vive es para que nosotros vivamos. Él es la vid que existe para que nosotros tengamos vida (Jn 15, 4-5) y él, en definitiva, vino para que nosotros tengamos vida (Jn 10, 10). Por eso mismo Jesús puede decir: “Separados de mí nada pueden hacer” (Jn 15, 5). Eso significa que no basta que Jesús haya muerto por nosotros. Lo necesitamos a él vivo para que el perdón y la gracia lleguen a nosotros. Todos los dones nos llegan por él, a través de su humanidad viva y gloriosa. Por eso, si él no resucitó, su muerte sería un hecho del pasado y no se podría producir ninguna liberación en nosotros. Es Cristo vivo el que nos hace llegar el perdón, el que nos libera, el que nos renueva. Por eso, San Pablo llega a decir que “si Cristo no resucitó vacía es nuestra predicación y vacía es la fe de ustedes” (1 Co 15, 14).

Jesús no dice sólo: “acuérdense de mis palabras”. Él dice en el Evangelio: “Yo estaré siempre con ustedes” (Mt 28, 20). No dice: “acuérdense del ejemplo que les di”. En el Evangelio él aparece diciendo: “Permanezcan unidos a mi como yo permanezco en ustedes” (Jn 15, 4). Su mensaje es inseparable de nuestra relación personal con su persona.

La resurrección de Jesús no fue un espectáculo, nadie lo vio. Únicamente las paredes del sepulcro fueron testigos de ese momento. No fue una explosión de luz y de colores. Fue un hecho inmenso, pero discreto, poco llamativo. Sólo hay un sepulcro vacío. Eso es un llamado a la fe. Nada me obliga a creer en la resurrección, pero yo sé que él vive, que está y que estará siempre. Estoy envuelto en su resurrección como me envuelven el aire y la luz. Al aire lo necesito para vivir, y aunque a veces me olvide que existe, está y vivo del aire que respiro. De la misma manera me sostiene Cristo resucitado, pase lo que pase.

Si enumeramos las definiciones dogmáticas de la Iglesia Católica, veremos que allí no aparece la resurrección de Jesús. No hay una definición dogmática que nos obligue a sostener que Jesús ha resucitado, que vive, aunque sí haya definiciones que nos obligan a reconocer que él es verdadero Dios, o que nació de una mujer virgen. Pero paradójicamente no se ha definido que él está vivo. Sin embargo, es lo que más necesitamos escuchar, hasta el punto que sin esa verdad “nuestra predicación es vacía” (1 Co 15, 14) y la fe “es inútil” (1 Co 15, 17). Está claro entonces que sería un riesgo que los cristianos de hoy busquemos ante todo convencer a los demás de una serie de dogmas pero no nos preocupe tanto que los demás se encuentren con su Señor vivo y se dejen salvar por él. Su resurrección es una verdad, pero ante todo una verdad que se vive e ilumina la propia vida.

Si creés en él y persistís en tu relación con él, podrás fallarle, caer, equivocarte, pero él va a triunfar en tu vida. Él hace una historia con tu vida y terminará su obra. Ya no habrá momentos vacíos, momentos abandonados, ya no hay posibilidad de que convierta en alguien olvidado y desechado. Tampoco habrá fracasos, porque don él de todo podemos sacar algo bueno, aprender y crecer.

Para los amigos del resucitado hay una relación constante con él que puede vivirse sin interrupción. Del mismo modo que uno puede realizar una tarea junto con otra persona sin conversar con ella ni mirarla, pero con la satisfacción de no estar solo, de compartir el esfuerzo con ella, lo mismo sucede en nuestra relación con Jesús. Yo nunca estoy solo cuando trabajo. Siempre estamos nosotros dos, juntos. Más allá de todo y en medio de todo, él estará conmigo. Estaremos juntos.

Hemos visto en el evangelio a los discípulos de Emaús: cansados, desalentados, escépticos. Cuánta ternura en Jesús, qué discreta y dulce luz de su presencia amiga. A ellos mismos les ardía el corazón en el camino aunque no terminaran de reconocerlo. Y también como ellos necesitamos decirle: “Quedate Señor”. Él hace ademán de seguir adelante. En otros relatos de la Biblia aparece esta misma imagen: parece que se va, pero no se va. Quiere que se lo digamos: “Quédate Señor”. Cuando aparece el cansancio, la soledad, aun la vejez. Nada tiene por qué ser enfrentado sin él, y con él todo es posible: “Quédate Señor”.

Así, con él, en cualquier lugar estoy a salvo. No hay algo que yo no pueda atravesar, porque él está conmigo. Y estará no porque yo sea perfecto o por las obras que yo haga. Estará simplemente porque me ama. Está en todas las discretas alegrías cotidianas, en cada pequeña cosa que nace o renace, en cada abrazo, en cada sentimiento bueno que brilla en medio del egoísmo, en cada mano tendida, cada vez que yo perdono. Descubrirlo en todo rostro humano, pero, paradójicamente, sobre todo en los feos, desagradables, heridos, despreciados.

Para vivir eso tengo que permitirle que haga conmigo lo que hizo con los discípulos de Emaús, cansados, desalentados, quejosos, abatidos, resignados. Hasta que se dejaron abrir los ojos y Jesús les devolvió toda la fuerza y la alegría. Tengo que pedírselo: “Abrime los ojos”. Tengo que aceptar ser resucitado cada día y en cada nueva etapa. No me sirve aferrarme a la muerte, a la negrura, al poder del mal que siempre acecha y seduce. Por más muerto que esté un corazón siempre puede ser resucitado. También el tuyo.

Este día de la Pascua puedo pedirle que derrame su vida en la mía, que me llene de la intensidad de la resurrección, que me libere de estar sobreviviendo, viviendo a medias, que me haga caminar por este mundo rebosante de vida. Porque nunca hay que declararse muerto. En todo caso hay que volver a abrirse para que él derrame vida nueva y resucite. Él se empeña en sacar vida de todas nuestras muertes, es el enamorado de la vida que está siempre atento para derramarla siempre de nuevo.

Mons. Dr. Víctor Manuel Fernández
Arzobispo Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina