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Palabras del Rector en Encuentro en la UBA 'Laudato si´, en debate'

Buenos Aires, 16 de noviembre de 2015

El Rector remarcó que el Papa no pretendió definir cuestiones científicas debatidas: «la Iglesia no tiene por qué proponer una palabra definitiva y entiende que debe escuchar y promover el debate honesto entre los científicos » (61). Insiste: «Una vez más expreso que la Iglesia no pretende definir las cuestiones » (188). ¿Cómo no reconocer, por ejemplo, el realismo práctico de la siguiente afirmación?: «Mientras no haya un amplio desarrollo de energías renovables, que debería estar ya en marcha, es legítimo optar por la alternativa menos perjudicial o acudir a soluciones transitorias» (165). Francisco respeta la libertad académica de quienes investigan y opinan sobre temas controvertidos como los transgénicos, por ejemplo. Afirma que «es difícil emitir un juicio general» (133), que «los riesgos no siempre se atribuyen a la técnica misma sino a su aplicación inadecuada o excesiva» (133). Sin embargo, es sumamente exigente y crítico con respecto a las cuestiones sociales y humanas que están alrededor, porque afectan directamente la dignidad de la vida humana: la contaminación, los oligopolios, los monocultivos que arrasan con los ecosistemas, la falta de diversidad productiva y los problemas de los pequeños productores, los derechos de los pobladores locales, etc. (cf. 134-135). Además denuncia que en estos temas la parcialización de la información es constante: «A veces no se pone sobre la mesa la totalidad de la información, que se selecciona de acuerdo con los propios intereses, sean políticos, económicos o ideológicos» (135).

Lo más importante, para interpretar y aplicar la encíclica, es reconocer las grandes claves reflexivas que permiten una mirada de conjunto, y al mismo tiempo ayuden a reconocer una estructura de fondo. La misma encíclica invita a este tipo de lectura cuando explica que los grandes temas son retomados desde diferentes ópticas y así «son constantemente replanteados y enriquecidos» (16).

1) Una primera clave es el convencimiento de que cada ser de este universo tiene algún sentido, algún significado, alguna utilidad y algún mensaje que comunicarnos. La luz del Evangelio potencia esta convicción, como lo muestran estas palabras de Jesús que la encíclica nos recuerda: «¿No se venden cinco pajarillos por dos monedas? Pues bien, ninguno de ellos está olvidado ante Dios» (Lc 12,6). El Papa reconoce que a veces la centralidad otorgada al ser humano ha llevado a pensar que las demás creaturas son prescindibles. A su vez, «el antropocentrismo moderno, paradójicamente, ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad […] De ese modo, se debilita el valor que tiene el mundo en sí mismo» (115). No se trata sólo de procurar la preservación de especies con un fin utilitario, como meros recursos para el futuro, «olvidando que tienen un valor en sí mismas» (33), que «los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios» (69).

2) La segunda clave es una ampliación de la primera, como si abriéramos más el campo de visión. Las expresiones «todo está conectado» y «todo está relacionado» se repiten tanto que cualquiera advierte que estamos ante una de las claves de comprensión de toda la encíclica. Es un modo de invitar a una visión amplia de la realidad, a una ecología integral que incorpore de manera interdisciplinaria los múltiples aspectos de la problemática: «Dado que todo está íntimamente relacionado, y que los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial, propongo que nos detengamos ahora a pensar en los distintos aspectos de una ecología integral» (137). Esto se convierte en una invitación a mirarnos a nosotros mismos en íntima conexión con la naturaleza, ya que «siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal » (89). Entonces no podemos «entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados» (139).

3) La tercera clave es una invitación a revisar nuestro estilo de vida, que tiene mucho que ver con lo que le pasa al ambiente. Por eso, una parte ineludible de la solución tendrá que ver con desarrollar «una noción más amplia de lo que es la calidad de vida» (192). Cuando habla de la contaminación explica que «estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura» (22). Por eso presenta una apuesta educativa orientada a liberarnos de esa cultura superficial e irresponsable. En otra parte de la encíclica retoma la cuestión: «No podemos dejar de considerar los efectos de la degradación ambiental, del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas» (43). Subyace aquí la certeza de que la calidad de vida es mucho más que la propuesta de un consumismo voraz y superficial, por el cual «las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios. El consumismo obsesivo es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico» (203). Sin embargo, «siempre es posible volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia el otro. Sin ella no se reconoce a las demás criaturas en su propio valor, no interesa cuidar algo para los demás, no hay capacidad de ponerse límites para evitar el sufrimiento o el deterioro de lo que nos rodea» (208). En contra de la ansiedad consumista, se propone un espíritu contemplativo: «Estamos hablando de una actitud del corazón, que vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después, que se entrega a cada momento como don divino que debe ser plenamente vivido» (226).

4) En una conversación que tuve con el Papa cuando él comenzaba a pensar en los contenidos de la nueva encíclica, dijo que estaba analizando especialmente la cuestión del poder, y que para eso estaba releyendo a Romano Guardini. Él nos da explícitamente esta clave de lectura cuando dice que los avances tecnológicos «dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero» (104). Por eso formuló esta pregunta: «¿En manos de quiénes está y puede llegar a estar tanto poder? Es tremendamente riesgoso que resida en una pequeña parte de la humanidad» (104). Con un descarnado realismo, el Papa advierte que hoy el ser humano no está en las condiciones adecuadas para ejercer con abnegación, lucidez y honestidad un poder demasiado grande, y así «está desnudo y expuesto frente a su propio poder, que sigue creciendo, sin tener los elementos para controlarlo. Puede disponer de mecanismos superficiales, pero podemos sostener que le falta una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que realmente lo limiten y lo contengan en una lúcida abnegación» (105). La denuncia del Papa apunta contra cualquier forma de poder que se erija por encima de la realidad y pretenda construirla a su antojo y según sus necesidades. Por eso insiste en la necesidad de «tomar conciencia de que vivimos y actuamos a partir de una realidad que nos ha sido previamente regalada, que es anterior a nuestras capacidades y a nuestra existencia» (140).

5) Frente a los poderosos están los que no tienen poder, los descartables. En esta encíclica vuelven a tener un lugar privilegiado, porque los planteos sobre el ambiente están estrechamente conectados con las reivindicaciones sociales de los pobres y de los países menos desarrollados, de manera que la cuestión ambiental se sitúa en el marco del reconocimiento del otro. Interesan no sólo las relaciones con el ambiente, sino al mismo tiempo las relaciones entre nosotros. Por eso «un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (49). Si Dios creó el mundo para todos «todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados» (93).

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Una lectura atenta permite reconocer que estas cinco claves también están íntimamente conectadas entre sí, condicionándose mutuamente: el estilo de vida consumista y ansioso termina consintiendo la lógica de poder que promueve el consumo desenfrenado. Dentro de esa lógica no tiene importancia ni el valor propio de cada ser ni la relación que existe entre las creaturas, y los más frágiles son sutilmente relegados. Creo que esta estructura interna de la encíclica es su mejor aporte, más allá de las particulares cuestiones científicas que puedan ser objeto de discusión.

Mons. Dr. Víctor Manuel Fernández
Arzobispo Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina