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Homilía sobre San Agustín

Buenos Aires, 28 de agosto de 2013


La lectura de la carta a los tesalonicenses nos habla de “la Palabra de Dios que actúa en ustedes los creyentes” (1 Tes 2, 13). La Palabra actúa en nosotros. Claro que hay que ser una tierra abierta, receptiva, dispuesta, que le permita a esa semilla de la Palabra que brote y crezca.

San Agustín, a quien hoy recordamos, nos muestra cómo es alguien que deja actuar a la Palabra. Cuando él no terminaba de decidirse por Cristo, lo que lo transformó fue la lectura fugaz de una frase de La Biblia: “Revístanse de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 13, 14). Allí tuvo una certeza interior: el asunto fundamental no es un puro esfuerzo de la voluntad o un empeño por cumplir normas. Es revestirse de Jesucristo y dejarlo obrar a él.

Hay que recordar que Agustín era un ser mundano, enamorado apasionadamente de esta tierra con todas las posibilidades que ella ofrece. No era precisamente alguien incapaz de gozar de la vida. En las Confesiones se presenta como un hombre sumergido en la vorágine de las pasiones y placeres terrenos.

Cuando Agustín estaba encaminado hacia la conversión, estas experiencias seguían mostrándole su atractivo y le sugerían que era imposible vivir sin ellas. No pensemos sólo en cuestiones sexuales, sino también en la apariencia social, la búsqueda de fama y reconocimiento, la obsesión por seguridades mundanas. Sin embargo, en Agustín triunfó la potencia del amor de Dios.

Podríamos pensar que, luego de su conversión, Agustín tuvo que sostener una permanente lucha para no recaer en los mismos vicios que tanto lo habían dominado. Sin embargo, su testimonio indica todo lo contrario. Miren cómo lo expresa él:
“¡Qué suave me pareció desde el primer momento carecer de las vanidades que tanto había temido perder! Y me llené de gozo por haberlas perdido. Porque tú, suavidad suprema y verdadera, las arrancabas de mí y en su lugar entrabas tú, que eres más dulce que todos los placeres” (Conf. 9, 1).

Es más, podemos oír a este hombre que lo probó todo, lamentándose por haber desgastado inútilmente su vida pasada en vanidades mundanas. Él podría haber dicho: “Menos mal que no me privé de nada, que hice de todo, y entonces ahora que soy más grande me entrego a Dios”. No. Lo escuchamos quejándose por no haberse entregado antes al amor de Dios, lamentándose por haber perdido el tiempo precioso de la juventud: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva! ¡Tarde te amé!” (10, 27).

No es cierto que la conversión de Agustín haya sido repentina o inesperada como la de San Pablo. Él hizo un largo proceso, y leyendo las Confesiones podemos reconocer en su vida una lenta pedagogía de la gracia. Pero lo llamativo en él es la facilidad que encontró luego de la conversión para permanecer libre de las esclavitudes que había abandonado.

Aquí hay un mensaje para todos nosotros: Un hombre que probó los placeres y vanidades del mundo hasta el fondo, pudo prescindir de ellos descubriendo su vacío y su mentira. Entonces, pensemos que es un verdadero engaño creer que las propuestas terrenas puedan brindarnos más plenitud que nuestro encuentro con Dios y su Evangelio. Pero sobre todo, su conversión nos manifiesta hasta qué punto la gracia puede llegar a triunfar por sobre la fragilidad humana. Es posible liberarse. Es posible crecer. Es posible ser más.

Esto es muy importante para cada uno de nosotros. Porque todos estamos llamados a un crecimiento, a una superación. Siendo obispo, me siento especialmente obligado a decirme a mí mismo y a recordarles a ustedes este llamado.

En esta Universidad insistimos mucho en el ser, remarcamos mucho una perspectiva humanista que da gran importancia al desarrollo de las virtudes. Pero la pregunta es ¿y por casa cómo andamos? Es decir, en esta casa ¿cada uno de nosotros está haciendo realmente un camino de maduración personal, de crecimiento en la santidad, de desarrollo en las virtudes?

Concretamente, ¿con el paso del tiempo, puedo decir que no me he estancado, que sigo creciendo en la generosidad, en la laboriosidad, en la humildad, en compasión?. El amor de Dios merece mi respuesta generosa, una vida más bella, una entrega más radical. Entonces ¿soy cada vez más bello por dentro y en mis actitudes y en mis acciones? Una tentación muy específica que tenemos los académicos es creer que porque sabemos algo y sabemos expresarlo, ya lo estamos viviendo coherentemente.

Tenemos una sensibilidad especial para indicar lo que los otros tienen que cambiar y somos expertos de café para encontrarle defectos hasta al Papa. Pero no siempre trabajamos con paciencia y constancia para cultivar nuestro propio cambio, nuestra propia maduración para ofrecerle siempre más a Dios como respuesta a su amor.

El crecimiento cristiano tiene siempre algo de parto, algo de dolor a veces lacerante, pero es una gestación de nueva vida. Si nos tomamos realmente en serio a nosotros mismos y a nuestra propia dignidad, aceptamos con humildad y paciencia ese parto. En el momento más duro de una renuncia habrá pensamientos dañinos que tratarán de convencernos de que será imposible vivir sin eso que nos obsesiona, o que la vida perderá intensidad, que se nos volverá triste e insoportable. Eso es lo que le decían a Agustín para que no se convirtiera: “¿Realmente nos vas a dejar? ¿podrás vivir sin nosotros?

Pero eso es mentira. Mejor hay que recordar que es verdad que todo pasa, todo se acaba, todo puede ser diferente, se puede vivir muy bien de otra manera. Y el tiempo ayudará a cerrar la herida mientras renacen nuevas esperanzas. Otras cosas pasaron, y las superé. Esto también pasará, y aprenderé a vivir de otra manera. Paciencia. Así lo expresaba San Agustín después de la muerte de un amigo tiernamente querido al cual había estado excesivamente apegado:
“El dolor oscureció mi corazón. Todo lo que veía tenía sabor a muerte… Por todas partes lo buscaban mis ojos pero ya no podía verlo. Todo me parecía odioso porque en nada estaba él… Mi única dulzura era llorar sin fin… Pero ahora Señor, todo pasó, y el tiempo cicatrizó mi herida”. (1)

Pero la enseñanza de San Agustín tiene otro eje, que supera todo lo que acabamos de decir. Él es el Doctor de la gracia, que nos enseñó a todos la primera verdad: el amor de Dios es anterior a todo eso, y supera todo esfuerzo y toda respuesta nuestra. Su inmenso amor es absolutamente gratuito. No se compra, no se paga, no se merece, sólo se recibe con gratitud y alegría. ¡Gracias a Dios que lo más bello no tiene que ser pagado! ¡Gracias a Dios que no tenemos que llevar ese enorme peso de tener que merecer un amor infinito.

Esta enseñanza en la que Agustín insistió Santo contra los pelagianos y los primeros semipelagianos, se convirtió en un dogma de fe. Es una convicción indiscutible que tenemos en común con todos los cristianos, también con los protestantes: la amistad que Dios nos regala es absolutamente gratuita, él la regala porque sí, sin que haya algo previo que la conquiste. ¡Qué alivio! ¡Qué libertad! Hay que vivir esta feliz gratuidad como cualquier mandamiento, es tan dogma de fe como la divinidad de Jesucristo y estamos llamados a hacerlo carne, a convertirlo en experiencia.

¿Cambia algo esta verdad en tu vida? Claro que sí. Supone un estilo, una manera de enfrentar la vida. No te deja de llamar a una respuesta generosa, pero te libera del narcisismo vanidoso y egocéntrico. Relativizar el propio yo y los propios méritos no es dejar de ocuparse de las cosas sino darles su justo sentido. Es darlo todo sabiendo que yo no soy el centro, porque hay un amor infinitamente bello que me cautiva cada día. Miren con qué palabras hablaba Agustín de esta cautivación:

“¿Qué amo yo cuando te amo a ti?
No amo la hermosura corporal, ni las glorias de este mundo, ni la claridad de la luz, tan amiga de estos ojos míos; ni las dulces melodías de las canciones variadas;
ni el suave aroma de las flores o de los perfumes; ni el sabor del maná o de la miel;
ni los cuerpos humanos, tan agradables a los abrazos de la carne.
Nada de eso amo cuando amo a mi Dios.
Y sin embargo, amo una luz, una voz, un perfume, un alimento y un abrazo
cuando amo a mi Dios.
Luz, voz, perfume, deleite y contacto en mi ser interior;
allí donde brilla para mi alma una luz que ningún espacio contiene,
donde resuena una voz que el tiempo no arrebata,
donde se exhala un perfume que el tiempo no disipa…
Todo eso amo cuando amo a mi Dios”. (2) 

Comparando con lo que la unión con Dios nos puede dar, todos lo demás adquiere su justa dimensión:
“¿Qué es el universo entero o la inmensidad del mar, o el ejército de los ángeles? ¡Yo tengo sed del Creador, tengo hambre y sed de él!”. (3)
“¡Enamórate de Dios, arde por él! Anhela a aquel que supera todos los goces”.(4)

Los que somos un poco indiferentes, prestemos atención a este último y precioso texto:
“Los hijos de Dios se cobijan a la sombra de tus alas, se embriagan en la opulencia de tu casa, y tú calmas su sed en el torrente de tus delicias… Denme un corazón que ame y sentirá lo que digo. Denme un corazón que desee, un corazón hambriento, un corazón que se mire como exiliado en el desierto de esta vida, que tenga sed del cielo, que suspire por la fuente de la patria eterna; denme un corazón animado por esos sentimientos, y él comprenderá lo que digo”. (5)

Quiero decirles una cosa, una inquietud que se ha acentuado más todavía después de mi ordenación episcopal. A veces damos vueltas en torno a cosas que no son Dios: la doctrina social de la Iglesia, o la reflexión filosófica, o las internas de la Universidad. Pero ¿dónde está Dios aquí? ¿Dónde está el hambre y la sed de él?

Porque en el fondo el sentido último es sólo Dios, sólo Dios. Si aquí no palpita la búsqueda del sentido más hondo de la vida todo se nos cae, y nos desgastamos en lamentos, reclamos, vanidades insatisfechas, discusiones inútiles, bloqueos estériles. A veces hay que detenerse y preguntarse: ¿Para qué todo? ¿Para qué todo?

Por eso espero que podamos terminar la iglesia de la Universidad, para que allí haya un espacio permanente de oración, de meditación con la Palabra de Dios, de adoración constante.

Pidamos en este día a San Agustín, ese apasionado por Dios, que nos ayude para que podamos vivir en esta Universidad una experiencia de Dios que nos plenifique, nos saque de nosotros mismos, y nos capacite para entregarlo todo con alegría.

Mons. Dr. Víctor Manuel Fernández
Arzobispo Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina
 

(1) S. AGUSTÍN, Confesiones IV, 4-5.
(2) S. AGUSTÍN, Confesiones X, 6.
(3) S. AGUSTÍN, Sermón 68, 7.
(4) S. AGUSTÍN, Enarrationes in Ps., 85, 8
(5)  S. AGUSTÍN, In Evang. Ioan., 26, 4.