UCA

Homilía en la Misa de Cenizas

Buenos Aires, 13 de Febrero de 2013

“Vuelvan”

“Vuelvan a mí”. Es la invitación que aparece en la hermosa lectura del profeta Joel. La reacción de clamar “perdona a tu pueblo” es una consecuencia natural de esa vuelta a Dios, porque uno alcanza a ver todo lo que en la propia vida debilitó esa inclinación profunda.

La renuncia del Papa

En este comienzo de la Cuaresma Dios le está diciendo a cada uno de nosotros: “¡Volvé a mí! Más allá de todos tus cansancios, desilusiones y oscuridades. ¡Volvé a mí!”. Es un llamado que cada uno de ustedes escuchará a su manera en esta Cuaresma.

Este año ese llamado resuena en el contexto de una noticia que nos conmovió: la renuncia del Papa. Benedicto XVI entiende que la prioridad es responder adecuadamente a las exigencias que plantea el mundo actual, que la misión de la Iglesia es más que su persona, y renuncia al poder. Así se muestra como una persona capaz de morir al propio yo con sus intereses, del mismo modo que renunciaba a su imagen cuando defendía convicciones que hoy la mayoría de las personas no comparten, y se dejaba crucificar por la opinión pública. Posiblemente el paso del tiempo mostrará que en esas mismas cuestiones por las que hoy se lo cuestiona duramente, muchos nos hemos movido con una irresponsable y superficial ligereza.

Nadie puede decirle a todo el mundo que ya no tiene fuerzas para ocupar un cargo, si no está penetrado por una profunda humildad. Ese gesto, que sin duda engrandece a Benedicto XVI, es un testimonio inmenso para nuestra sociedad. Lo es también para los miembros de la Iglesia, que no siempre navegamos adecuadamente en el mundo del poder.

Pero esta noticia sorprendente no debería distraernos del principal cometido de este tiempo: la conversión personal. De hecho, el mejor aporte que podemos hacer en este momento a la Iglesia es convertirnos. Siempre que hubo alguna primavera en la Iglesia, hubo también muchas conversiones. Ninguno de nosotros podrá incidir en las votaciones de los Cardenales, pero de una manera espiritual e invisible podrá tener una real incidencia si acepta un camino de conversión en esta Cuaresma.

“¡Vuelvan a mí!”. Estos días estuve releyendo textos de grandes autores espirituales, como hago siempre cuando llega la Cuaresma. Así me reencontré con el “Tratado del Amor de Dios”, de San Francisco de Sales. donde él insiste en una distinción que nos ayuda a entender el sentido de esta “vuelta”.

Destaca que “el fin del amor no es otro que la unión” (1). Por eso, el amor es más que una complacencia en otra persona. La complacencia es simplemente gustar de alguien, admirar su belleza, sentirse atraído: “La complacencia es el primer sacudimiento o emoción que el bien produce en la voluntad” (2). Cuando uno se siente atraído por Dios se complace en su existencia, como diciendo: “¡Qué bueno que Dios exista!”. Contempla complacido una imagen de Jesús y leyendo el Evangelio se siente admirado. Pero esta complacencia no es el amor. Es sólo un comienzo. Amor es más que eso. Uno cree que ama cuando está complacido, pero mientras tanto su vida sigue concentrada en ídolos que son los que más mueven el corazón.

Es importante darse cuenta de esto, porque muchas personas que se sienten creyentes y espirituales, en realidad nunca pasan de esta mediocre “complacencia”.

El amor es un movimiento, una inclinación y una búsqueda hacia el amado: “El movimiento tiende a la unión, y finalmente, la voluntad inclinada y movida a la unión, busca todos los medios necesarios para conseguirla” (3). Entonces, “la complacencia no es más que el principio del amor, y el movimiento o deslizamiento del corazón que de ella se sigue es el verdadero y esencial amor … El movimiento e inclinación por el cual la voluntad se acerca y aproxima a la cosa amada es el verdadero y propio amor”. (4)

Esto tiene consecuencias muy prácticas y existenciales. Porque vivir en la presencia de Dios es amarlo, no simplemente sentirse complacido por él en medio de las cosas que uno hace. Cuando uno ama a Dios, vivir en su presencia es estar siempre inclinado, movido hacia él buscando la unión plena en medio de todo lo que uno hace. Eso sí va provocando un constante crecimiento espiritual, porque Dios se va dejando alcanzar por nuestro amor y la unión se va profundizando.

El impulso del Amor infinito

En esta enseñanza, el maestro espiritual que era San Francisco de Sales coincide con el gran sabio que era Santo Tomás de Aquino. Tomás nos lleva a las profundidades y nos muestra por qué el amor es así. Porque es una participación del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es amor, y nuestro amor es como una copia, un reflejo, una prolongación humana de ese infinito dinamismo de amor. Porque el Espíritu Santo es “Dios que está presente en la voluntad como lo amado en el amante, y como inclinando hacia el amado” (5). El Espíritu Santo es esa inclinación amorosa que hay entre el Padre y el Hijo y los une como Personas. El amor que vivimos nosotros se asemeja, porque “es cierta unión afectiva entre el amante y el amado, en cuanto el amante se mueve hacia el amado considerándolo como uno consigo (6). Vemos entonces que esta “inclinación hacia el amado” es una característica del Espíritu Santo y también de nuestro amor. Por eso en el Nuevo Testamento el Espíritu Santo aparece como un viento que moviliza.

Acabemos entonces con la mediocridad de los que se sienten religiosos y espirituales simplemente porque les complace que Dios exista, porque les complace determinada doctrina y sobreviven en esa calma mediocridad. El amor es movimiento, inclinación, impulso, dinamismo, una búsqueda ardiente y constante de más y más de Dios como ser personal, más y más de su amor, más y más unión con él.

Vino añejo

Cuando este ir a Dios es constante y se sostiene en el tiempo, va produciendo como un vino añejado. En un Poema del Cántico Espiritual San Juan de la Cruz dice que cuando Dios nos transforma, nos vamos convirtiendo en un vino añejo, corpulento, sabroso. Es un amor “ya cocido y asentado en el alma” (7). Este regalo de Dios “no pasa tan rápido como la centella porque es más asentado …. Y sin hacer nada de su parte, siente que se va embriagando suavemente su espíritu e inflamando de ese divino vino”. (8)

Es una experiencia menos llamativa pero más duradera y profunda que viven los que ya han hecho un camino de entrega, renuncias y crecimiento: “La diferencia que hay entre el vino añejo y el vino nuevo es la que hay entre los viejos y nuevos amadores” (9), o entre los que prueban la solidez de la vida espiritual y los niños débiles que viven pidiendo leche.

No se puede vivir sólo de toques, estímulos, experiencias estimulantes. Hace falta también el vino adobado, esa experiencia de Dios que ya no parece tan gozosa, o que no se siente tan novedosa y llamativa, pero que ha dejado huella en el alma. Esa reposada que persiste a pesar de todo y en contra de todo, con un fuerte deseo de entregarse por el Amado, de responderle mejor, de darse más, de confiar más, de servir más.

Hay personas que sienten que tienen una buena vida espiritual solamente cuando perciben esos variados “toques de centella”. No valoran la obra que Dios hace silenciosa y lentamente en el corazón, con el paso de los meses y de los años, en medio de los cansancios, las renuncias y la aridez. Pero el vino adobado no vale menos que esos “toques” divinos. Al contrario, vale más. La persistencia de nuestra entrega a Dios en medio de la oscuridad y la rutina es ese vino adobado, añejado, madurado por el tiempo por la obra secreta del Espíritu Santo. La entrega fiel y sin descanso está acompañada por esa experiencia del amor de Dios que parece más suave, menos intensa, menos notable, pero que en realidad tiene un valor altísimo porque brota del amor de Dios más arraigado y penetrado por el paso del tiempo en lo profundo de la persona, que entró en otro nivel del ser, donde ya no cuenta tanto lo que uno siente sino el sentido de lo que vive y hace.

Juntos

Pero hay que recordar siempre que esta vuelta a Dios es siempre comunitaria. Por eso venimos juntos a compartir este momento de purificación. En el camino de nuestra transformación es indispensable la convivencia con los demás.

Aunque a veces no lo podamos entender, los demás no son competidores, enemigos de los cuales hay que defenderse, malvados de los cuales hay que desconfiar. Sabemos bien que los demás tampoco están cerca de nosotros para que nos dediquemos a descubrir y comentar sus defectos, o para que reaccionemos mal cada vez que nos molestan. ¿Cuál es el sentido de su presencia en nuestras vidas, cuando esa cercanía se vuelve molesta? ¿Cuál es la razón por la cual necesitamos a los demás para poder crecer en la vida espiritual?

Dice San Juan de la Cruz que estás entre ellos “para que te labren y ejerciten” (10) . Eres como la tierra que necesita ser labrada por el campesino para que produzca frutos. Y todos los que están cerca de ti son esos labradores que necesitas para llegar a ser lo que tienes que ser. Por eso conviene que pienses “que todos son oficiales que están allí para ejercitarte, porque de verdad lo son. Unos te van a labrar con la palabra, otros con las obras, otros con los pensamientos que tienen contra ti”. Gracias a esas palabras o actitudes de los demás que nos hieren, podemos ejercitarnos en la humildad, la paciencia, la libertad interior, la paz que va más allá de todo lo exterior.

La clave para dejar que nos “labren” y nos “ejerciten” está en aceptar que ellos tienen esa función en nuestras vida, que no están a nuestro lado para acariciar nuestro ego, para estar pendientes de nosotros, para darnos todo lo que necesitamos. Están en nuestro camino para estimularnos a madurar y a crecer. Esa es la verdad que hay que aceptar. Lo que enseña San Juan de la Cruz es, en definitiva, un modo de mirar a los demás. Yo debo elegir entre mirarlos como enemigos peligrosos, malvados crueles, competidores despiadados, o bien mirarlos como labradores de mi vida, médicos, pedagogos que Dios ha puesto providencialmente en el camino de mi desarrollo espiritual. Esta es una invitación a dar un paso muy importante en nuestras relaciones humanas. Es como hacer un “click” que produce un cambio determinante, una transformación inmensa. Así, cuando por la mañana me encuentro con una persona que no me agrada, ya no me pregunto: “¿qué tontería me dirá, que cosas desagradables me hará?”. Me pregunto otra cosa: “qué me querrá enseñar hoy el Señor a través de esta persona? ¿Qué podrá labrar y ejercitar Dios en mí a través de esta persona?”

Gocémonos Amado

Este camino comunitario, a pesar de su aspereza, termina produciendo más gozo. El Cántico Espiritual culmina en una serie de estrofas que invitan al gozo:

“Gocémonos Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura,
al monte o al collado,
donde mana agua pura.
Entremos más adentro en la espesura” (11)

Es curioso lo que sucede cuando uno llega a esta preciosa canción. Al leerla, uno imagina que hablará del gozo íntimo que se produce en la unión secretísima con Dios que se vive en el recogimiento y el silencio. La sorpresa es que, cuando explica esta invitación al gozo de la hermosura, vemos que es un llamado a encontrarnos con el mundo desde una mirada transfigurada. Así queda definitivamente claro que los místicos no invitan a escaparse del mundo, al aislamiento cómodo, a una soledad gustosa y egoísta. Mientras más se crece en la unión con Dios más se vive el gozo del amor activo y el mundo no es un obstáculo sino un lugar lleno de luces nuevas. No hay separación ni oposición entre lo interno y lo externo, entre la intimidad y el servicio, entre el conocimiento de Dios y el conocimiento de las cosas del mundo, entre la soledad y el encuentro con los demás.

Por eso, cuando explica qué significa esto de “gocémonos Amado”, dice que es la dulzura del amor “que redunda en el ejercicio de amar efectiva y actualmente, tanto interiormente, con actos de afecto de la voluntad, como exteriormente, haciendo obras al servicio del Amado”. Porque el verdadero amor “quiere siempre andar saboreando sus gozos y dulzuras, que son el ejercicio de amar interior y exteriormente” (12). No saborea tanto las sensaciones de amor, sino los actos de amor.

Por eso, quiero terminar con un párrafo de Santa Teresa de Ávila. Allí muestra que las experiencias de unión con Dios y de descanso interior, cuando son verdaderas, nunca debilitan el impulso de servir, trabajar y entregarse en las cosas exteriores. Al contrario, la vida que Dios derrama en la intimidad por sí sola tiende a producir más obras externas de amor:

“Siempre hemos visto que los que más cercanos anduvieron a Cristo nuestro Señor fueron los de mayores trabajos … ¿Cómo piensa que pudiera sufrir San Pablo tan grandísimos trabajos? Por él podemos ver qué efectos hacen la verdadera contemplación, cuando es de nuestro Señor y no imaginación o engaño. ¿Acaso se escondió San pablo para gozar de aquellos regalos y no entender de otra cosa? No. Ya ven, que no tuvo día de descanso … Para esto es la oración, hijas mías, de esto sirve este matrimonio espiritual: para que nazcan siempre obras de amor … Ya les he dicho que el sosiego que tienen estas almas en lo interior, no es para tenerlo en lo exterior. ¿Para qué piensan que son aquellas inspiraciones? … ¿Es para que se echen a dormir? ¡No, no, no!”. (13)

Descansar en Dios no es como el descanso de las vacaciones, que a veces produce adicción y tristeza. Es un reposo que nos da más vida. Entremos en este camino de conversión activa que nos hará mucho bien, y al mismo tiempo será nuestro aporte en esta nueva etapa de la Iglesia que se abre con la renuncia de Benedicto XVI.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina

(1) San Francisco de Sales, TAD I, 9.
(2) TAD I, 7.
(3) Ibid.
(4) Ibid.
(5) S. Tomás de Aquino, CG IV, 19.
(6) S. Tomás de Aquino, ST II-II, 27, 2.
(7) San Juan de la Cruz, CE 25, 7.
(8) CE 25, 8.
(9) CE 25, 9.
(10) Cautelas, Contra sí mismo, 15.
(11) CE 36.
(12) CE 36, 4.
(13) S. Teresa de Ávila, Moradas VII, cap 4, 5.6.10.