UCA

Homilía del Rector sobre el fruto del Espíritu Santo

Buenos Aires, 22 de septiembre de 2017

Día del Empleado 2017

No es por casualidad que trabajemos aquí. Por esos caminos misteriosos de Dios, este es el lugar donde Dios espera que pongamos al servicio nuestras capacidades, nuestra creatividad, nuestras fuerzas. Y eso, evidentemente, para construir.

Parece algo obvio, pero sin embargo a veces no sucede así. Hay personas que trabajan en un lugar, viven de ese lugar, sostienen a su familia con su trabajo en ese lugar, y sin embargo, no lo quieren. Es más, hay personas que llegan a odiar ese lugar y hasta sienten un morboso placer si algo le sale mal, si no le va bien. Eso se advierte en algunos comentarios: “Viste, viste”. Parece suicida, es como ensuciar el plato donde uno come.

Esto no ocurre necesariamente por maldad. A veces se explica por viejos resentimientos, por heridas que uno tiene por no haber sido querido o aceptado, por malas experiencias pasadas, por problemas de autoestima.

Otros, en cambio, pueden estar en desacuerdo con algunas cosas, pero opinan con respeto, ponen el hombro, construyen, dan lo mejor de sí, porque entienden que si a la institución le va bien, a todos nos va bien y vamos a tener menos problemas. Y los más creyentes dan lo mejor de sí porque lo viven como una ofrenda a Dios.

En este marco, es muy bueno prestarle atención a la lectura de la Biblia que escuchamos, que nos habla de las obras de la carne y el fruto del Espíritu (Gál 5, 19-23). Entre las obras de la carne están precisamente los odios, las discordias, los celos, las divisiones, todo eso que crea un ambiente difícil de respirar. En el fondo, se trata de la propuesta del Señor, ante la cual nos toca elegir: o elijo las obras de la carne, y me hago daño a mí mismo, y pierdo el sentido de mi trabajo, y destruyo. O elijo el fruto del Espíritu y construyo. De esa decisión profunda brotará un determinado estilo de vida.

Veamos cómo es el fruto del Espíritu. Dice la Biblia que es: “amor, alegría y paz; paciencia, amabilidad y benevolencia; fidelidad, mansedumbre y dominio propio” (Gál 5, 22). Desentrañemos estos nueve aspectos del “fruto” del Espíritu para discernir cómo está nuestra vida.

1) En primer lugar es amor. Es el primer mandamiento. Fíjense que san Pablo dice que es el “único” precepto (Gál 5, 14). También dice san Pablo que, “si entrego mi cuerpo a las llamas pero no tengo amor, de nada me sirve” (1 Cor 13, 3). Es el sentido profundo de todo: hacer las cosas por amor y con amor, y querer a los demás.

Eso no significa que no vea los defectos o los puntos débiles de los otros, sino que no los odie. Yo hasta puedo cuidarme de un compañero que es chismoso, pero lo puedo querer igual y alegrarme con sus alegrías, porque es mi hermano, porque es hijo de Dios y tiene una inmensa dignidad. No necesito ser ingenuo, lo importante es no llenar el corazón de rencor y dejar de tachar nombres de la lista de personas que quiero.

2) En segundo lugar está la alegría, alegría que es gratitud a Dios por las pequeñas cosas buenas de la vida, alegría que es también buen humor: “Aparta el mal humor de tu pecho” dice la Biblia. Y en otra parte san Pablo insiste: “Estén siempre alegres en el Señor. Lo repito, estén alegres” (Flp 4, 4). La tristeza y la negatividad no nos sirven para nada, hay que decirles que no, hay que expulsarlas constantemente y pedir al Espíritu Santo el regalo de la alegría.

3) En tercer lugar está la paz, que es paz con uno mismo y con los otros. Si algo anda mal, mejor que perder la paz es suplicar, dejar las cosas en las manos de Dios y seguir adelante.

Y si algo no me sale bien, volver a empezar y acordarme de que el único absoluto es Dios. En el fondo la paz viene de estar seguro, porque estoy apoyado en lo único sólido, mi roca, que es el amor que Dios me tiene.

4) Sigue la paciencia. La ira puede estar allí, en su interior, pero el paciente no se deja arrastrar por ella, no reacciona de acuerdo con esa ira, porque hay una mirada abierta, un espíritu superador, capaz de trascender ese hervidero interior. En los Proverbios, por ejemplo, se dice que “el que tarda en enojarse muestra gran inteligencia” (Pr 14, 29) y que “vale más que un héroe” (Pr 16, 32).

De todos modos, hay que recordar que tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente, o permitir que nos traten como objetos. Ahora bien, también existe el riesgo de irse al otro extremo y estar constantemente reclamando derechos, reaccionando con impaciencia, y exigiendo que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas.

“Sopórtense unos a otros por amor” (Ef 4, 2) dice san Pablo. Y en otra parte dice: “Si os indignáis no lleguéis a pecar. Que la puesta del sol no os sorprenda con ese enojo” (Ef 4, 26). La tentación de reaccionar mal y de vengarnos aparecerá en nuestro interior, pero la clave está en no dejarse vencer: “No te dejes vencer por el mal” (Rm 12, 21).

5) Sigue la amabilidad. Es la palabra griega “jrestotes”, que también se traduce como gentileza. En sus orígenes, la palabra significaba suavidad, y es lo contrario de la aspereza, y significa tratar de hacerles la vida llevadera a los demás.

Uno es gentil cuando trata a los demás con amable delicadeza, cuando agradece, pide perdón o pide permiso respetuosamente; y también es gentil cuando cede el asiento del autobús, cuando acerca a otro un vaso de agua, etc. Entonces no basta soportar, hay que tratar bien. Esto es fruto del Espíritu santo cuando lo dejamos actuar.

6) Sigue la benevolencia. No es la amabilidad, no es la gentileza, es otra cosa. ¿Qué es? Es buscar que los demás sean mejores.

Evidentemente, si un ser querido es alcohólico, trataré de que se libere. Cuando uno ama, puede comprender, tener paciencia, ser gentil, pero también desea que el otro crezca, madure, sea mejor persona. Es querer el bien para el otro en todo sentido, y también querer que sea santo.

7) Luego viene la fidelidad, que no es sólo la fidelidad al cónyuge, sino a todos. Significa que uno no abandona a los demás cuando las papas queman, que uno no rompe una relación porque el otro está mal, que no deja de estar cerca cuando ya no le conviene. Dios es fiel, y todos estamos llamados a ser fieles en el amor.

8) Sigue la mansedumbre. Otra vez, no la confundamos con la paciencia o la amabilidad, porque es algo más profundo. Manifiesta que alguien se ha liberado de ese orgullo que lo lleva a mirar a los demás desde arriba.

Hay en el manso una actitud flexible. No está tenso ni pendiente de los errores ajenos. ¿Por qué? En definitiva porque no se cree más que nadie y siente a los otros como parte de su vida, sangre de su sangre. Se trata de sentirlo propio al otro, aunque haya que cargar con su miseria. Así sus debilidades ya no me espantan ni me desalientan.

Miren lo que dice la Biblia: “Hijo mío, actúa con mansedumbre (praútes) en todo lo que hagas, y te querrán más que al hombre generoso” (Eclo 3, 17). Pero para que eso sea posible es indispensable desterrar todo espíritu de superioridad o de soberbia. Poco después san Pablo dice: “piensa que también tú puedes ser tentado” (Gál 6, 1).

9) Finalmente, el dominio propio, que no es sólo la pureza o la sobriedad, sino la fortaleza para tener bajo control todos los impulsos que llevamos dentro y que pueden hacer daño. Cada uno sabe cuáles son los impulsos que más pueden dominarlo: para alguno será la posesividad, para otro será la envidia o los celos.

Cada uno tiene su diablito que tiene que tener bajo control. Y a veces hay cosas que en sí mismas no son malas, pero cuando se convierten en una obsesión que desordena nuestra vida pueden ser muy dañinas. Este dominio propio se logra ejercitándose, pero también es un fruto del Espíritu Santo, y se lo podemos pedir cada día.

Ofrecemos esta Misa por todos nosotros, para que se derrame en nuestras vidas este fruto del Espíritu Santo. Y pidámoslo también para nuestros compañeros y seres queridos.

Mons. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina