UCA

Centenario de la Facultad de Teología

Buenos Aires, 1 de septiembre de 2015

Nuestra Facultad de 100 años

Creo que todos nos sentimos honrados de poder participar de este acontecimiento. Los 100 años de la Facultad de Teología nos permiten recoger y relanzar una historia de pensamiento y de vida eclesial.

En este marco, quisiera destacar que en 1960, con el decreto Catholici Populi Argentinae de la Santa Sede, por el que se constituyó la Pontificia Universidad Católica Argentina, la preexistente Facultad de Teología fue integrada en la UCA nombrándosela como la primera de sus facultades, aunque sólo varios años después se la integró “pleno iure”. Nuestro carácter de Universidad “pontificia” supone y exige una Facultad de Teología que pueda asegurar una rica integración del saber en el conjunto de la comunidad universitaria.

Pero quisiera referirme brevemente a algunas características concretas de “esta” Facultad de Teología, que me acogió como parte de su Claustro, me ayudó a madurar como teólogo, y luego, por votación de mis colegas, me permitió participar como Vicedecano y como Decano. Desde esa experiencia, resalto lo siguiente:

Aproximadamente el 70% de los profesores son doctores, y se trata de una proporción que la destaca por sobre todo el resto de la Universidad. Posee una actividad gratuita de investigación comunitaria. La Facultad tiene varios seminarios permanentes e interdisciplinarios con reuniones periódicas, que se constituyen como grupos de investigación. Son una cantera comunitaria de pensamiento y de publicaciones. Además corresponde destacar que el Doctorado de la Facultad fue reacreditado en 2007 por la Comisión Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria (CONEAU), categorizado en el nivel “A” por su excelencia académica. No podemos dejar de mencionar su Biblioteca, que posee más de 70.000 volúmenes de teología, filosofía e historia, con muchas fuentes, y un Fondo histórico con obras de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Por otra parte, es una “casa y escuela de comunión” (NMI 43), una comunidad eclesial. Aquí se tejen serenamente vínculos fraternos entre vocaciones, carismas, comunidades, congregaciones, diócesis, gente de varias provincias y de distintos países. Esto produce una valiosa experiencia formativa que incide en el estudio de la teología y la enriquece.

Pero lo que más me interesa destacar es que nuestra Facultad es depositaria y custodio de una tradición teológica que se ha ido tejiendo con diversos aportes a lo largo de su historia. Posee algunas características que la distinguen, y que han terminado enriqueciendo al Magisterio universal a través del Papa Francisco: una teología que por una parte es fiel, sólida, enraizada en el tomismo, pero al mismo tiempo abierta, atenta a las Sagradas Escrituras, amablemente situada en el cauce del Concilio e íntimamente permeada por la actividad pastoral de la Iglesia; en diálogo con el mundo, con las angustias y esperanzas del Pueblo de Dios, con la cultura, y con la experiencia espiritual.

Dentro de esta línea distintiva, hay como una raíz que unifica distintas corrientes de pensamiento: se trata de una especial valoración de la fides qua, o del credere in Deum, la fe como inclinación o tendencia, más que como contenido explícito. Esta valoración se da en quienes han prestado atención a la cultura popular, como Tello, Gera y sus varios discípulos, incluyendo aquí también al Departamento de Historia. Igualmente se da este primado en quienes han dialogado más con la cultura académica o artística, como Briancesco, o el actual decano, o también desde el ecumenismo o la estética, procurando percibir modos de actuar del dinamismo de la fe en contextos no explícitamente cristianos.

Esta gran línea está claramente presente en el Magisterio actual. En Evangelii Gaudium encontramos las dos manifestaciones complementarias que acabo de mencionar. Basta leer breves párrafos. Uno sobre la cultura popular, cuando dice que la piedad popular “no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental, y en el acto de fe se acentúa más el credere in Deum que el credere Deum” (124). Y dos párrafos con respecto a la cultura académica, literaria o artística: Cuando expresa que “los creyentes nos sentimos cerca también de quienes, no reconociéndose parte de alguna tradición religiosa, buscan sinceramente la verdad, la bondad y la belleza” (257). Y cuando habla de la presencia de Dios en los diversos ámbitos urbanos, presencia que “no debe ser fabricada sino descubierta, develada. Dios no se oculta a aquellos que lo buscan con un corazón sincero, aunque lo hagan a tientas” (71).

Tanto Tello como Briancesco podrían coincidir en el texto que recuerda que “la Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29). La Iglesia debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas” (22). Y también en el párrafo que dice que el anuncio del Evangelio se hace “no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable” (14). Todo esto ha tenido en nuestra Facultad un espacio de larga maduración.

Finalmente, sería el momento de nombrar a muchas personas que han hecho la entrega de sus vidas a nuestra Facultad: empleados, docentes, directivos. No es posible hacerlo aquí, pero este Centenario es la ocasión para rezar por todos ellos. ¿Cómo no mencionar a algunos que ya no están y a algunos viejos que persisten, cuya marca todavía se siente? Gera, Tello, Giaquinta, Ferrara, Briancesco, Rivas, por recordar sólo algunos grandes que pude conocer, tan distintos entre sí pero a la vez tan parecidos por algunas características que quiero destacar:

Admiro la disponibilidad de ellos que durante mucho tiempo trabajaron con un salario ínfimo, con una llamativa humildad, un poco solos y a veces abandonados, con una generosa capacidad para hacerse a un lado y dejar lugar a otros, y muchas veces envueltos en un silencioso olvido, cuando no injustamente criticados. Valga este recuerdo sólo como ejemplo significativo, intentando recoger a través de ellos a tantos que han sido instrumentos de Dios para construir la hermosa historia de nuestra Facultad de Teología.

Mons. Dr. Víctor Manuel Fernández
Arzobispo Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina