UCA

Homilía de la Misa de celebración de la Pascua

Buenos Aires, 17 de Abril de 2012

 Hoy nos reunimos como comunidad universitaria que no quiere dejar de celebrar la Pascua también aquí, para que Jesús resucitado transforme con su vida este lugar, nuestro trabajo, nuestras relaciones.

Hoy el Evangelio propone a cada uno de nosotros, una invitación a renacer de lo alto, que es renacer del Espíritu. La expresión que usa Jesús se puede traducir igualmente como “nacer de nuevo” o como “nacer de lo alto”.

Nicodemo entendía que se trataba de romper esquemas, de liberarse de muchas esclavitudes. Se trataba de un cambio profundo de actitud ante las cosas, de asumir otro estilo diferente de vida. Pero él tenía suficiente dinero, cierto poder, un lugar en la sociedad, y no tenía ganas de modificar su forma concreta de vida. Todo ese paquete para él estaba bien. Por lo tanto, podía aceptar un maquillaje, pero no nacer de nuevo.

Esto, por supuesto, vale para cada uno de nosotros. Permanentemente el Espíritu quiere provocar un renacimiento que siempre termina provocando una transformación en nuestro estilo de vida: ¿quién de nosotros a veces no siente el llamado a ser más humilde, más desprendido, más pobre, más libre, más paciente, más confiado y sereno, más hermano? Pero tomarse en serio estas cosas implica siempre renacer, aceptar un cambio de vida que rompe los esquemas.

La escapatoria de Nicodemo fue reducir todo al absurdo. Es decir, convertir la propuesta en algo tonto, infantil, fuera de lugar: “¿acaso tengo que meterme de nuevo en el vientre de mi madre y volver a salir?” Es en realidad una reacción frecuente cuando se nos llama a un crecimiento espiritual. La otra reacción, más honesta, fue la del joven rico, que simplemente se fue triste y con la cabeza baja. Pero Nicodemo optó por la burla irónica.

Lo mismo hacemos todos frecuentemente. Si a través de una homilía, de un escrito o de una experiencia, el Espíritu nos llama a una humildad más honda, la reacción interior puede ser ridiculizar la humildad, como si fuera algo del pasado, sin vigencia, como si se tratara de una propuesta deshumanizante de quienes quieren humillar a las personas. Si la invitación nos orienta hacia una vida más pobre o más desprendida, la reacción interna es sentir que eso no es realista, o que es para las monjas de la madre Teresa, etc.

Por eso a veces, a nosotros, nos cabría la misma respuesta que dio Jesús a Nicodemo: “Tú eres un maestro y no sabes estas cosas”.

Aquí estamos en un lugar de maestros, pero sin duda todos tenemos que romper nuestros esquemas defensivos y dejar que el Espíritu nos cambie la vida y nos regale un poco de la humildad y la pobreza de San Francisco, un poco de la alegría de Santo Tomás Moro, un poco de la generosidad de la Madre Teresa, un poco de la confianza amante de Santa Teresita, un poco de la entrega valiente y sacrificada de San Francisco Javier.

Todo eso es en definitiva un poco más de Jesús en nuestras vidas. En la vida de los santos, uno puede ver gráficamente de qué modo Jesús resucitado puede transformar nuestras existencias.

Les doy algunos ejemplos de esos testimonios que a mí me movilizan y me estimulan.

Me moviliza por ejemplo, recordar a Carlos de Foucauld, un militar prestigioso de Francia, con mucho futuro por delante, pero que terminó viviendo en África, entre los más pobres y olvidados, optando por acompañar a Jesús en su vida oculta. Después, a alguien que le preguntó qué le pasó, él le respondió: “Cuando realmente descubrí que Dios existía, me di cuenta que no podía vivir más que para él”. ¿Por qué entonces yo no puedo vivir más para él, por qué no podés vos? No te irás al África, pero en medio de esta ciudad podés llevar una vida más liberada, más pobre, más verdaderamente dependiente de su amor, lo único necesario.
Otro ejemplo. Cuando pienso en mis debilidades, mis egoísmos, mis ñañas, mis lamentos, mi miedo al dolor, me acuerdo de un cura argentino que estuvo preso junto con varias personas más que él no conocía, y cada tanto llegaba un carcelero con una cadena a darles un buen castigo. Este cura, que era más grandote, se ligaba los peores cadenazos, porque se ponía adelante y a los otros más chiquitos les decía: “ustedes pónganse detrás mío, que yo aguanto”. ¿No podremos nosotros dejarnos transformar y aguantar un poco más por los otros?

También me movilizan los sobrevivientes del holocausto nazi, cuando cuentan que en medio de los peores horrores no dejaban de lavarse, de peinarse y trataban de no arrastrar los pies ni de caminar con la cabeza gacha, porque no querían perder la dignidad de los hijos de Dios, y así sobrevivieron. ¿No me enseña eso a reconocer la dignidad que me da Jesús resucitado, que camina conmigo y me levanta la cabeza en medio de cualquier humillación, cualquier desafío, cualquier tormenta?

Me acuerdo además de los monjes trapenses de Argelia, que con la fe y la oración vencieron el miedo y se quedaron allí a morir, fieles a su encarnación en ese lugar de la tierra.

Me acuerdo también de Santa Teresita, que no soportaba ni oír respirar a una de las monjas de su convento, mientras todas las demás monjas creían, por el modo como la trataba, que esa era su mejor amiga.

Y tengo presentes a cientos de personas que han logrado ser más en las mismas condiciones en que otros han optado por ser menos: un joven sobresaliente que podía tener mucho éxito en Buenos Aires y se pasó la vida curando a indígenas del monte chaqueño; una mujer muy pobre, madre de un discapacitado que después de superar el momento más duro cuando se enteró qué niño iba a dar a luz, lo trató toda la vida con más cariño que al resto de sus hijos porque veía en él a Jesús pobre que le decía: “lo que hiciste a mis hermanos más pequeños me lo hiciste a mi”. Y tantos, tantos otros brotes de luz que están aquí, en medio de nuestro mundo oscuro.

Pero al mismo tiempo no puedo evitar acordarme de una agente de turismo de buena posición, que me decía que era una injusticia molestar tanto a la gente en contra del aborto, porque ella, por ejemplo, no podía desaprovechar las oportunidades que se le presentaban de conocer hombres en sus viajes. Por lo tanto, si quedaba embarazada no estaba dispuesta de ninguna manera a renunciar a esas posibilidades que le daba la vida. O a esa otra madre que un día me insistía en lo injusta que era la vida. Cuando le pedí que me precisara con un ejemplo de qué estaba hablando, me dijo que su marido le había regalado ya dos viajes a Europa a su hija mayor , mientras los más chicos sólo habían ido al Caribe.

No quiero juzgar a estas dos personas, pero el contraste me obliga a preguntarme cuáles hoy son mis mayores preocupaciones, cuáles son mis opciones que me movilizan, cuál es realmente el estilo de vida que quiero llevar. Porque, aunque con la mente yo pueda tener todo claro, mi modo concreto de vivir quizás refleje otra realidad.

Sin embargo, en este tiempo de Pascua no se trata de echarse tierra encima, sino simplemente de ponerse frente a Jesús vivo y de exponerse a la fuerza transformadora de su Pascua. Pascua es liberación y es transformación.

Pero ya no es el camino austero de la cuaresma sino un feliz, sereno y confiado dejarse penetrar por la luz del Resucitado en medio de las alegrías, los pequeños sueños y la sencillez de cada día.

Digámosle al menos que sí, que queremos nacer de nuevo, que estamos dispuestos a permitirle que haga su obra cómo él quiera, que nos gustaría renacer del Espíritu que brota de su corazón resucitado.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina