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Homilía del Miércoles de Cenizas

Buenos Aires, 22 de Febrero de 2012

Hoy se nos hace un llamado a la conversión como comunidad. Se nos invita a expresar juntos un gesto de conversión. Esto nos recuerda que no podemos entendernos ni salvarnos como individuos aislados. Estamos conectados, misteriosamente ligados, con una conexión tan real como el aire que respiramos, pero que no podemos reconocer cuando estamos encerrados en nuestros propios miedos.

Es lo que expresan los orientales cuando dicen que al arrancar una flor se estremecen las estrellas, o cuando recuerdan que mover el mar con la mano provoca ondas que llegan a la otra orilla del océano. Es lo que percibía San Francisco de Asís cuando hablaba de la fraternidad universal, y cuando se sentía íntimamente unido a cada ser humano que se encontraba en el camino. Es lo que en definitiva dice la Palabra de Dios, por ejemplo, cuando Jesús afirma que donde hay dos o tres unidos, él está allí, o cuando le pide al Padre que seamos uno para que el mundo crea. O cuando San Pablo nos invita a entendernos como un solo cuerpo donde nos necesitamos unos a otros.

Pero por eso mismo, cada uno está llamado a desarrollar a pleno lo que Dios sembró en su vida, porque si ese desarrollo se produce todo el universo se vuelve más bello, y si yo me malogro, todo el mundo queda lastimado.

En esa celebración comunitaria, Dios dirige a cada uno un llamado a la conversión, a la purificación, al crecimiento, a la maduración. Particularmente se nos invita a crecer en la dimensión más honda de la existencia, en el corazón de nuestra realidad, para penetrar en ese centro de amor que mueve al mundo.

Para ello, vale la pena volver a escuchar a los místicos. Yo lo hago cada vez que empieza una cuaresma. Porque los místicos tocaron el fondo de la realidad, el núcleo más íntimo de todo lo que existe, y por eso pudieron ver más. No importa tanto el sistema conceptual en el que procuraron volcar esa experiencia (las tres vías de crecimiento espiritual, por ejemplo) o sus intentos por explicar algunas vivencias espirituales con estructuras mentales siempre discutibles. Lo que interesa es descubrir detrás de todo las mayores intuiciones, eso que vieron sobre la vida humana cuando lograron salir de la superficie y del vacío.

Cuando uno toma el Cántico Espiritual, por ejemplo, uno se siente invitado a mirar más allá de los estados de ánimo más superficiales. Recojamos algo de esa riqueza:

1. ¿Adónde te escondiste amado?

Habla de esa ausencia de Dios que hace que todas las cosas nos dejen como gimiendo. Porque detrás de todas las cosas que vivimos hay un fondo permanente de insatisfacción. Los momentos de gran alegría duran tan poco, son tan fugaces. La mayor parte del tiempo tenemos la sensación interior de algo imperfecto, de algo incompleto. Pero esa es una herida que no se cura, hay que aceptarla como parte de la vida, como algo que simplemente está allí, y estará allí hasta la muerte.

En el fondo es una herida de amor. Surgiste en el seno de tu madre como brotando del amor de Dios. Por eso estás desde tu origen como herido por ese amor. En lo más profundo de tu ser está la certeza de esa fuente infinita de la vida y estás como gimiendo, clamando por arrojarte en ese abismo de amor, de luz, de vida, de ternura, de inmensa paz que te falta:

“El alma tiene dentro de sí este gemido en el corazón enamorado. Porque donde hiere el amor, allí está el gemido de la herida clamando siempre en el sentimiento de la ausencia”.(1)

Mientras tanto, todos intentamos calmar esa herida con distracciones, con cosas que ocupan nuestra mente y disimulan esa carencia. También tratamos de sobrevivir gracias a las preocupaciones y problemas de todos los días que nos ayudar a disimular lo que nos pasa. Por eso muchas veces damos a los problemas una importancia más grande de la que realmente tienen, porque eso nos sirve como excusa para no mirar nuestro tremendo deseo interior. Los problemas nos permiten vivir distraídos y acallar ese llamado interior que nos parece algo demasiado grande.

Pero ese gemido interior de todos los días ya es una experiencia mística. Cuando uno deja de gemir por Dios, empieza a pedirle a las cosas y a las personas que sacien todas sus necesidades.

Es muy sanador darte cuenta que esa angustia y esa insatisfacción no tienen que ver con las cosas que te pasan, con los problemas, con los fracasos, con lo que te hacen los demás, con las cosas que no hayas logrado. No viene del afecto que te niegan o del dolor de no ser tenido en cuenta. No, porque podrás resolver esas cosas y el gemido seguirá estando allí en lo profundo de tu garganta.

Cuando tienes un problema grande haces algo muy sutil y equivocado: relacionas ese problema con tu angustia profunda, crees que las dos cosas están unidas, y entonces le das a ese problema una profundidad que no tiene. Tu gemido viene de otro lugar. Viene de ese deseo de Dios que no se puede saciar todavía, viene de esa búsqueda interior que deberías realizar para sentir que realmente estás en el camino de la paz interior. Por eso, lo más sano que puedes hacer es reconocer que nada te librará de esa angustia de la insatisfacción. “Sólo Dios, sólo Dios. En tus atrios Señor quiero estar. Mi tesoro, mi porción, mi delicia…”

Entonces reconoce ese llamado interior en medio de cada problema o angustia que tengas, y gime: “¿A dónde te escondiste amado?”. Con ese gemido seguramente muchas cosas se irán sanando. En medio de una dificultad no gimas diciendo: “¡Pobre de mí, que problema terrible tengo que enfrentar!” No digas eso, porque ese problema sólo fue una excusa para dejar brotar esa angustia contenida que ya no podías retener en tu interior oscuro. En medio de cualquier dificultad tu gemido debe ser el verdadero: “¿Adónde te escondiste amado?”.

2. Y junto con ese gemido interior están los enojos. Porque vivimos enojados:

“Apaga mis enojos
Porque ninguno alcanza a deshacerlos”
(2)

Ese enojo permanente se expresa cuando nos perturba una injusticia, cuando nos altera una puerta que se golpea constantemente, cuando vemos una persona que no cumple con sus obligaciones. Sobre todo, nos enojamos cuando algo nos rompe los planes que tenemos, cuando algo no permite que realicemos lo que nos propusimos, cuando un imprevisto nos arruina la tranquilidad.

Pero en el fondo vivimos enojados, porque no estamos en la plenitud de Dios, y eso nos fastidia, los límites de este mundo nos cansan por dentro. Por eso todo lo que es imperfecto o limitado nos irrita, nos altera el ánimo.

Convéncete de esto: nadie podrá calmar ese enojo profundo que está detrás de todo. Acéptalo allí dentro, convive con ese enojo. No habrá psicólogo que lo cure, no habrá remedio que lo aplaque ni director espiritual que lo armonice.

Las cosas de este mundo no terminan de dar paz, no serenan. Eso no significa que no tengan alguna belleza. La tienen, pero están desbordadas por una luz que las supera. Es más, esa belleza de las personas y de las cosas nos hiere, porque simplemente es un reflejo de Dios que las creó y les dejó un pequeño rastro de su luz. Entonces, cuando gozamos de las cosas de este mundo, nos dejan de algún modo heridos, porque prometen algo que no pueden darnos:

“El alma está llagada de amor por ese rastro de la hermosura del Amado que encontró en las criaturas, con ansias de ver aquella invisible hermosura que esta hermosura visible le ha causado… Como las criaturas dieron al alma señas de su Amado, y le mostraron rastros de su hermosura y excelencia, el amor se le aumentó, y por consiguiente le creció el dolor de la ausencia”. (3)

Por eso las cosas del mundo sólo entretienen, distraen un poco durante un momento. Siempre les falta algo para ser perfectas, y eso enoja. Así lo explica San Juan de la Cruz: “Todo lo que no coincide con lo que la voluntad ama, la cansa, la fatiga, la enoja y la pone desabrida, porque no se cumple todo lo que ella quiere … A esos enojos nada alcanza para deshacerlos sino la posesión del Amado” (X, 5).

Por eso, lo único que te va a calmar interiormente es que te encuentres cada vez más con Dios, que lo gustes, que te abraces a él, que te unas cada vez más a él. Mientras tanto, el consuelo que tienes es aceptar que ese enojo estará siempre allí. No te castigues por estar enojado, no te enojes por el enojo. Acéptalo y convive con él, sin buscar culpables para justificarlo. Si la manzana que compraste no es tan sabrosa, no le eches la culpa a la manzana o al verdulero por ese enojo. En realidad la causa del enojo no es la manzana ni el verdulero, por más que los critiques, porque la causa es sencillamente tu permanente insatisfacción interior. Acepta que ese enojo simplemente es parte de tu vida en la tierra. Ese ya es un paso, ese es el comienzo de la sanación de tus enojos.

Posiblemente no eres un místico como Juan de la Cruz, pero Dios te regala experiencias místicas y puedes entender lo que te estoy diciendo. Lo importante es que descubras que Dios actúa permanentemente en ti, a través de todo, absolutamente todo lo que sientes y vives, aun a través de las cosas que te parezcan más tontas, ásperas y vacías.

A veces, en un momento de aburrimiento, te parece que tu vida está hueca. Otras veces, en un momento desagradable, te parece que estás pasando un momento vacío. Pero en realidad, pase lo que pase, no existe un momento vacío. Porque Jesús prometió estar siempre con nosotros, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20). Y él cumple su palabra. Jesús resucitado, lleno de vida, está verdaderamente presente, tratando de iluminar cada momento de tu existencia.

Entonces todo es mística. A veces puedes estar una hora escuchando a una persona que te aburre con sus lamentos, sus quejas o sus mentiras, y eso puede ser una valiosísima experiencia mística que Dios utiliza para hacer algo muy grande en tu interior. Para vos podía ser un tiempo perdido desagradablemente, pero resulta que fue una valiosa experiencia mística que te hizo mucho bien allá en lo profundo, sin que te dieras cuenta.

3. Para que todo lo que te pase sea mística, los grandes maestros espirituales siempre enseñaron dos actitudes básicas que nos ayudan a dejar de engañarnos a nosotros mismos: son la humildad y el amor. Son dos grandes actitudes presentes en todas las religiones.

Cuando hoy hablamos de humildad normalmente brota una resistencia interior, como si fuera una especie de indignidad de quien no sabe defender sus derechos. Por supuesto que hay que defender los propios derechos, pero que esto no se convierta en la obsesión permanente del que sólo piensa en sí mismo, que no se apodere del fondo del alma esta ansiedad por salvarse a sí mismo. Soy “humus” como decía San Francisco, soy polvo que pasa, y esa conciencia es fuente de alegría y de libertad.

Y junto con la humildad, el Amor, porque –lo dice tan claro la Biblia– el que no ama al ahermano está en tinieblas, no sabe a dónde va. Hoy es tan fuerte esta inclinación a pensar tanto en uno mismo, en las propias necesidades, en las propias obsesiones enfermizas. Por eso estamos tan lejos de la verdadera sabiduría, por más que reflexionemos, por más que dictemos cátedra, por más que opinemos de todo.

Nos acercamos a recibir en la frente las cenizas. En definitiva, se trata de una bendición para poder comenzar un camino de cambio y renovación, un camino místico en medio de cada día. Pero lo característico de esta bendición es que cada uno se acerca reconociendo que es “polvo”, humus, que necesita ser iluminado por la gloria de Dios.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina

(1) Cántico Espiritual I, 14.
(2) Cántico Espiritual X, 3.
(3) Cántico Espiritual VI, 1-2.