UCA

Homilía del Rector en el acto del Día del Graduado

Buenos Aires, 5 de Noviembre de 2011

“Buenos días a todos ustedes.

Algunos están acá frecuentemente, otros hacía mucho ya que no venían a esta casa, que sigue siendo la casa de todos ustedes. Nosotros, cuando reflexionamos sobre la Universidad, pensamos particularmente en los que salen de aquí a cumplir una misión en el mundo. Porque la finalidad de cualquier institución dentro de la Iglesia es una finalidad evangelizadora, que no significa ir a predicar, sino fundamentalmente impregnar al mundo con la luz del Evangelio. Y eso sucede con el trabajo de todos los días, con las actitudes, con los criterios, con las opciones que uno va aplicando día tras día y por eso, entonces, ustedes que están en medio del mundo trabajando, son en definitiva lo que la Universidad sueña, busca y espera.

Se trata de aportar vida, aportar luz, aportar pensamiento en el mundo y en el corazón de la sociedad. Eso supone que cada uno de ustedes viva su trabajo como un verdadero llamado de Dios, que cada uno, aunque sea esporádicamente o aunque esté en el medio del fárrago de las tareas y obligaciones, en algún momento perciba la presencia de Dios en su vida y redescubra que Dios lo está llamando. Así, el mismo trabajo que hace todos los días puede ser vivido como una respuesta a un llamado personalísimo a transformar el mundo que se dirige a cada uno de ustedes con nombre y apellido: Enrique, Carlos, Gabriel, te llamo y te envío al corazón del mundo. Y cuando uno responde, ese trabajo que a veces es pesado, a veces duro, se vuelve respuesta a un llamado que tiene un valor infinito. Uno puede ir aprendiendo las maneras de vivir este trabajo de otra forma, con otras actitudes interiores, con otra garra, con otras ganas, con otro espíritu.

Cuando uno lee el Evangelio, y quien mira a Jesús se da cuenta, por ejemplo, de que Jesús en cualquier cosa que hacía se ponía entero, de cuerpo y alma, y seguramente así vivió también los treinta años como carpintero en Nazaret, poniendo en esa madera y en esa obra, el corazón, la mente, las ganas, toda la fuerza. A mí me llama la atención a veces leer que un hombre profundamente religioso como Gandhi indique que profundidad uno la puede tener cualquier tarea, aun una tarea de una oficina, porque él dice: también el que se detiene a escribir interminables cifras en una planilla todos lo días, aun ese puede vivirlo a fondo como si estuviera en un monasterio. A mí me resultaría más fácil entender esto si se refiere a una tarea reflexiva o incluso, una tarea con la tierra, pero me parece más difícil en una oficina vivir eso con una intensidad profundamente creyente. Sin embargo, muchos lo logran. Y viviendo de un modo distinto, y haciendo cualquier tarea, más allá de los aparentes resultados o éxitos de esta tarea, uno está metiendo en el corazón del mundo, vida, luz, fuerza, otra cosa diferente.

En este sentido, la pregunta que mucha gente se hace es: ¿qué puedo sacar yo de este trabajo, cuánta plata puedo juntar con este trabajo, qué seguridad puedo sacar yo de este trabajo? La pregunta se puede modificar respondiendo a la vocación, al llamado de Dios: ¿Qué puedo darle yo al mundo, a la vida, a Dios, a través de este trabajo; qué puedo aportar de nuevo, de luminoso, a través de este trabajo? Y seguro que algo vas a poder encontrar como respuesta.

En la primera lectura que escuchamos hoy, San Pablo habla de un misterio revelado que fue guardado en secreto desde toda la eternidad y ahora tiene el poder para afirmarnos a nosotros. Lo que me llama la atención es que este misterio guardado en secreto desde toda la eternidad, toma forma de nombres muy concretos porque en ese mismo texto Pablo saluda a Prisca y Aquila, sus colaboradores. Eran dos comerciantes romanos de origen judío que fabricaban carpas con unos hilos muy duros y andaban de un lugar para el otro vendiendo y comercializando esas carpas. Estos conocieron a Pablo, quien aprendió de ellos el oficio y también se dedicaba a tejer estas carpas y a venderlas. De manera que estos fueron los compañeros de trabajo manual que tuvo San Pablo. Esos tejedores de carpas son precisamente los depositarios de un misterio guardado en secreto desde toda la eternidad y que se ha manifestado y que nos fortalece. Después, menciona Pablo a Erastos, el Tesorero de la ciudad. Es el que administraba los dineros públicos. Este Erastos, el Tesorero, es el depositario de un misterio revelado que fue guardado en secreto durante toda la eternidad y que tiene el poder para afianzarlo.

Y así Pablo sigue mencionando, y menciona otros que fueron sus compañeras en la cárcel y que son apóstoles insignes. Uno cuando nombra a los apóstoles piensa que ersn sólo los doce apóstoles y, sin embargo, San Pablo menciona como apóstol a una mujer también, que fue compañera suya en la cárcel y que da testimonio en el mundo.

Este breve texto nos ayuda a poner nuestro trabajo en una dimensión eterna, celestial. Mi trabajo, por más sencillo que sea, puede ser este ámbito donde se revela el misterio que se guardó en secreto desde toda la eternidad. Y tu trabajo, entonces, puede tener una dimensión infinita.

Pero el Evangelio de hoy nos da otra pista y nos dice: ustedes que juntan dinero, háganse amigos con esta plata injusta. Estos amigos los van a recibir a ustedes en las moradas eternas. Dice “dinero injusto”. Ustedes podrán decir que el dinero que ganan no es injusto. Para los Padres de la Iglesia -San Juan Crisóstomo y tantos más- de algún modo todo dinero que se acumula es injusto mientras haya personas que no tienen lo mínimo para vivir, para desarrollarse, para crecer. Por lo cual, la Iglesia siempre enseñó lo que es legítimo es la “propiedad” privada, el poseer bienes para administrarlos y hacerlos crecer, porque cuando eso es privado uno lo cuida más. Pero lo que no es privado es el uso, que siempre debe ser compartido. Por eso, el Evangelio dice: “háganse amigos con el dinero injusto y esos amigos los van a recibir en las moradas eternas”. Ustedes que son graduados, yo les diría que una manera de realizar esta distribución de bienes o este “uso compartido” es, por ejemplo, colaborar con la beca de algún estudiante de la Universidad. Ustedes saben que hay colegios católicos en barrios pobres, donde salen alumnos con excelentes promedios pero que no pueden ir a la Universidad. Necesitan ayuda no sólo para la matrícula sino también para otros gastos elementales. Creo que un modo en el que un graduado puede realizar esta distribución que propone el Evangelio es darle una mano a ese muchacho que tiene muy buen nivel y ganas de crecer, para que pueda estudiar en nuestra Universidad. Es solamente una sugerencia.

Pero lo que más me interesa hoy, es que hagamos un instante de silencio para pedirle al Señor que derrame esta luz y este misterio guardado durante toda la eternidad en la tarea nuestra de todos los días. Para que dejemos de escapar del trabajo, dejemos de sufrirlo y podamos encontrarle este otro sentido que lo hace fuente de sabiduría, de maduración y de felicidad.”

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina