UCA

Acto de juramento

Buenos Aires, 20 de mayo de 2011

Queridos amigos, hace más de un año y medio que asumí a cargo del Rectorado de esta Universidad, y ahora, confiando en el discernimiento de la Iglesia, acepté completar un período de cinco años como Rector.

Agradezco la confianza y el acompañamiento cercano del Gran Canciller y de los demás Obispos que me alentaron en este camino.

Esta es una ocasión propicia para compartir con la comunidad universitaria las perspectivas que se abren a nuestra Universidad. Porque no tomo este acto como un asunto personal sino como un hito más en nuestra marcha institucional.

Ante la cambiante situación del mundo y de nuestra sociedad, y teniendo en cuenta la creciente competitividad que afecta a las Universidades, estamos en un momento de suma importancia para que la UCA explicite su identidad y lo que quiere ser en este contexto.

Ya llevamos más de dos años de autoevaluación institucional. Recogí los resultados de los sondeos y consultas realizados hasta diciembre de 2009, y luego quise completar la autoevaluación de dos maneras: Por una parte a través de diversos talleres que permitieron recibir muchas opiniones acerca de varios temas que estaban presentes en el anterior proyecto. Por otra parte, proponiendo en el Consejo Superior y desde él, un debate acerca de tres preguntas que presentó el IPIS: qué significa ser Universidad, qué clase de Universidad somos, y qué significa ser una Universidad “católica”.

También dialogamos acerca del tipo de presencia pública que debe procurar nuestra Universidad y sobre la Universidad como ámbito de diálogo con la cultura.

Si bien somos fieles a lo que el Magisterio de la Iglesia nos ha enseñado acerca de estas cuestiones, entendemos que la rica y fecunda enseñanza de la Iglesia se concreta en cada Universidad Católica de diversas maneras, y nosotros estamos llamados a discernir cuál es la nuestra.

Así, ya avanzamos tanto en la profundización de cuestiones de fondo como en la discusión acerca de asuntos prácticos que no son menos importantes si se convierten en cauces de las convicciones más profundas.

Al mismo tiempo, un equipo de cuatro miembros del Consejo Superior se reunió para proponer reformas a nuestra política docente.

Completada la autoevaluación institucional, y recogiendo todos los avances de la gestión anterior, estamos elaborando un borrador de proyecto institucional para cuatro años, en el cual ya se vislumbran algunos grandes ejes de trabajo que les voy a enunciar brevemente:

1. Identidad y espíritu:

Se trata de definir quiénes somos y qué queremos ser en el contexto del mundo académico argentino. Lo que podemos anticipar es que estamos llamados a ser, sin lugar a dudas, un ámbito de pensamiento. Un lugar donde la gente tenga ganas de pensar, donde se experimente la íntima satisfacción de una sólida reflexión que llegue al corazón de la realidad.

Aun cuando ese pensar incluya los lenguajes y metodologías de las ciencias más empíricas y prácticas, nuestro espíritu es el de una contemplación activa, el de la experiencia sapiencial.

Cuando nuestros médicos enseñan e investigan en orden a curar a un enfermo, lo hacen con sólidas convicciones acerca del valor de la persona humana. Cuando nuestros comunicadores buscan modos más eficaces de llegar a la conciencia colectiva, lo hacen interpretando sapiencialmente cuál es el sentido más hondo de la comunicación humana.

Pero hay bastante más que decir acerca de nuestra identidad y del espíritu que nos moviliza, porque nuestra vida comunitaria está ineludiblemente marcada por el mensaje de Jesucristo.

Por eso me parece tan significativo que este acto sea presidido por el Evangelio.

Además, entendemos que detrás de cualquier mística movilizadora está el Espíritu de Dios, que vivifica, dinamiza, entusiasma, renueva, y entonces nuestra visión de la realidad debe ser también una profunda experiencia compartida.

2. Integración:

Este segundo eje explicita dos aspectos de la identidad que acabo de mencionar. Por una parte se trata de una integración del saber. Nosotros no admitimos una suma de saberes que simplemente coexisten pacíficamente y sobreviven uno al lado del otro. Aquí procuramos una visión integral de la persona humana, de la vida en sociedad, del mundo, que no se alcanza con una sola disciplina sino con todas ellas en constante diálogo.

En esta línea, creo que, atravesando la variedad de orientaciones doctrinales que hay en esta casa, compartimos un pensamiento humanista que nos une a todos, y que permite integrar nuestros variados intereses desde la fe. Es lo que Juan Pablo II llamaba “una especie de humanismo universal” que guía a la Universidad en la “búsqueda de todos los aspectos de la verdad” (ECE 4), para que cada persona humana en esta sociedad viva de acuerdo con su inmensa dignidad.

Pero la integración no es sólo integración de saberes o del saber, sino también e inseparablemente integración de personas, de ámbitos, de sectores, de grupos, de proyectos humanos. Creo firmemente que no es posible la integración del saber si no se afianza la comunión fraterna, si no se consolida la comunidad universitaria o la Universidad en cuanto comunidad.

Sin dudas, eso no significará nunca que un sector prevalezca sobre otros, que un interés domine sobre los demás, que un estilo o un tipo de lenguaje se vuelva hegemónico.

Traté de ser coherente con esta convicción, y por eso si ustedes miran todas las personas que he designado en estos diecisiete meses podrían ver que ninguna de ellas responde a mi propia línea de pensamiento o a mi círculo de amigos o de personas afines. Porque el ideal es lo que en lenguaje ecuménico se llama una “diversidad reconciliada”. Y para ello hace falta vivir el ideal evangélico del amor fraterno en contra de todo, hace falta cariño a toda prueba, hace falta paciencia entrañable, hace falta perdón y humilde renunciamiento, hace falta incluso un poquito de ternura.

Parece obvio, pero nunca hay que darlo por supuesto. Hay que aceptar el llamado de Dios a una conversión que cure todo deseo de eliminar al otro. Aquí tiene que renacer cada día el deseo de cuidar y de promover al otro como otro, sea un estudiante, un docente, un empleado o un directivo.

3. Enseñanza y formación:

El tercer eje de trabajo tiene que ver con la enseñanza y la formación, tanto de los alumnos como de los docentes.

Nuestra identidad y la riqueza interdisciplinaria de nuestro pensamiento están al servicio de la formación de personas. Por eso a la enseñanza y a la formación integral y profesional de nuestros alumnos se orienta la mayor parte de nuestros esfuerzos.

Eso nos exige, en las actuales circunstancias, una particular atención a las carreras y planes de estudios, a su calidad, pertinencia y actualización.

Pero esto mismo supone un mayor esfuerzo en la formación continua de nuestros profesores, para sostener su constante desarrollo, como especialistas en su disciplina, como sabios, y también como verdaderos comunicadores y docentes. Sólo así será posible esa fecunda experiencia que nace de la preciosa relación entre maestros y discípulos.

Al mismo tiempo, fieles a nuestra identidad y a nuestros ideales de integración del saber, necesitamos un mayor empeño en la formación humanista y cristiana, que debería ser capaz de iluminar a los alumnos tanto en su visión de la realidad, como en el futuro ejercicio de su profesión y en su existencia personal.

4. Investigación:

Nuestra identidad como lugar de pensamiento interdisciplinario a la luz de la fe no significa una obstinada repetición de contenidos. Necesitamos una constante búsqueda comunitaria que estimule el pensamiento en las diversas disciplinas. Por eso, inmediatamente después de la formación debe hacerse presente una pasión por la investigación.

Esto no excluye la investigación pura, que, sobre todo en algunas disciplinas se desarrolla más allá de las necesidades propias de la actualización docente, y que expresa una forma valiosa de amor por la verdad. Pero creemos que esta investigación, si verdaderamente aporta novedad, también termina enriqueciendo la totalidad de la vida universitaria, su cosmovisión y la calidad de la docencia. De hecho Juan Pablo II nos planteó la necesidad de que los esfuerzos de la investigación “influyan sobre toda la enseñanza” (ECE 20).

Por eso nos interesa especialmente que, en mayor o menor medida, todos los docentes investiguen, hasta el punto de llegar a expresar en publicaciones un aporte significativo. Porque nuestro ideal es el de contar con una comunidad de docentes que crezca constantemente en el conocimiento y que precisamente por eso pueda transmitir a sus alumnos la pasión por la verdad y el ansia de crecimiento en el saber.

Esto reclama ciertas reformas que nos debemos, pero también un mayor esfuerzo para buscar alianzas, recursos y fuentes alternativas de financiamiento. En esta Universidad todo lo que ingresa se invierte en educación, y el 80% de lo que ingresa se gasta en sueldos, con lo cual queda poco margen para proyectos ambiciosos de investigación. Se vuelve indispensable una tarea de búsqueda de recursos.

La investigación también es un lugar de integración del saber, de diálogo entre fe y razón y de profundización teológica. Pero así como dijimos que la integración del saber supone una integración entre personas, lo mismo vale para la investigación. Por eso sueño con proyectos comunitarios de investigación que produzcan resultados significativos como fruto de una escucha del otro y de una fecunda interrelación y enriquecimiento mutuo.

Es verdad que para alentar la formación de estos grupos también hacen falta recursos económicos. Pero quiero agradecer de corazón a los docentes que, con una honda y generosa vocación, son capaces de unirse a otros en diversos grupos de investigación, aunque eso no les signifique un mayor ingreso económico. Yo he palpado concretamente esa vocación en varios grupos de investigación de la Facultad de Teología. También he palpado esa gratuidad cuando era formador en un Seminario pobre del interior, y en una parroquia periférica donde fui párroco ocho años. ¡Cuánta, cuánta entrega gratuita!

5. Presencia pública y diálogo con la cultura:

Volviendo a nuestro proyecto, el último gran eje que se está perfilando es el diálogo de la Universidad con la cultura y su compromiso con la sociedad, su responsabilidad social.

Se trata de acrecentar nuestra presencia pública, pero de la manera que nos propuso tan insistentemente Juan Pablo II, es decir, bajo la forma de “diálogo con la cultura”.

Hay muchas maneras de hacerse presente en el ámbito público, y no hay que excluir ni siquiera el marketing, porque lo que uno tiene para dar debe ser presentado y ofrecido. Pero la forma más valiosa de presencia es el diálogo evangelizador.

Es verdad que el diálogo con la cultura se inicia en la misma Universidad. Cuando un docente de sesenta años dicta clases a un alumno de dieciocho, se produce allí un intenso y apasionado diálogo entre dos culturas. Además, en la misma Universidad ya se realiza un fecundo encuentro entre la fe y las diversas ciencias que trabajan con sus propios métodos. Es más, podemos decir que ese diálogo debe realizarse ante todo dentro de cada uno de nosotros, que frecuentemente estamos dispersos, disociados, separados en tantas dimensiones que no se relacionan entre sí.

Todo esto es verdad, pero el diálogo también debe sacarnos fuera de las paredes de la Universidad y de nuestros círculos a veces demasiado cerrados. Porque frecuentemente creemos que estamos pensando en diálogo, pero sólo se trata de un diálogo que realizamos alguna vez, en otras circunstancias, y seguimos repitiendo siempre lo mismo mientras la realidad subterránea y la sociedad con sus megatendencias están yendo constantemente hacia otra parte.

La relación que se establece entre la fe pensante y cada ámbito cultural, consiste en primer lugar en contemplar, escuchar, acoger. A partir de esta actitud receptiva se desarrollan otras actitudes más donativas, y también es animar, fomentar, promover, fortalecer. Pero al mismo tiempo brota el deseo de liberar, a la luz del Evangelio, de aquellos elementos condicionantes que puedan dañar o enfermar a las personas y a la sociedad. Entonces el encuentro con la cultura también es denunciar proféticamente, sanar, encauzar, iluminar, y en definitiva es completar, abrir, ampliar, dilatar, plenificar. Así Jesucristo, con toda su luz y su hermosura, podrá recoger y perfeccionar en sí todas las cosas.

Si no queremos hablar trasnochadamente al vacío, tenemos que reconocer que no basta decir verdades, sino también entrar en abierta conversación con todos, y en todo caso lograr expresar de tal modo nuestras propias verdades que puedan volverse muy significativas para el pueblo, para la sociedad concreta.

Por otra parte, si queremos ser una verdadera “Universitas”, nuestros interlocutores no pueden ser solamente los sectores ilustrados y acomodados de la sociedad. En ese caso, veríamos sólo una parte de la realidad. Porque los pobres, los sufrientes, los excluidos, desde esa experiencia peculiar del límite, ven cosas. Ellos desde su perspectiva perciben aspectos de la realidad que no se captan tan claramente desde las situaciones de comodidad y de seguridad.

Este es el sentido de mi preocupación por acrecentar el compromiso social de la UCA. He propuesto que nos hagamos más presentes, de diversas maneras, entre los pobres de la ciudad. Se trata de aunar esfuerzos para que nuestra ciencia produzca algún impacto visible de promoción social. Pero al mismo tiempo, creo sinceramente que un contacto más directo con los pobres nos permitirá crecer en la auténtica sabiduría, en una contemplación más plena de la realidad.

Pero en este camino del diálogo y la presencia, escucho frecuentemente una excusa que nos paraliza. Se dice que podríamos conformarnos y quedarnos tranquilos aquí, porque nuestro compromiso con la sociedad y con los pobres consiste simplemente en ser nosotros mismos. Por lo tanto, habría que dedicarse sólo a pensar y a investigar y dejar lo demás a los políticos, a los trabajadores sociales o a otros organismos de la Sociedad civil. Pero esa respuesta rápida estaría disolviendo completamente el principio de solidaridad, e implicaría un tremendo riesgo de endogamia, abulia y empobrecimiento.

La perspectiva del diálogo con la cultura, en sus diversas manifestaciones, hace a la identidad misma de una Universidad. Permite reconocer que la Universidad no es un grupo cerrado de pensadores que retroalimenta siempre lo mismo, sin incidencia en la sociedad, sin capacidad alguna para transformar las cosas a la luz de la verdad reflexionada.

Así estaríamos renunciando a nuestra misión de ser, en el corazón de la sociedad, una suerte de manantial de pensamiento vivo, de creatividad, de dinamismos sociales, de renovación y de utopía. No podemos dejar de ser un ámbito de académicos siempre expuestos a una sana confrontación –no importa de donde venga– que estimule el desarrollo del pensamiento con los pies en la tierra. Como ha dicho el Papa Benedicto, la Iglesia está “abierta a la verdad, de cualquier saber que provenga”, y “acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a menudo se encuentra, y se hace su portadora” (CV 9). La auténtica fe católica no contradice nada que sea valioso en este mundo, y acompaña cualquier inquietud por lo que sea justo, bello, digno o verdadero.

No hay que engañarse: no hay verdadera experiencia sapiencial en el miedo, la huida, la autopreservación, el encierro cómodo en el grupo de amigos que piensan igual. La experiencia sapiencial es abierta y en continua transformación.

***

Finalmente, quiero expresarles que creo en el Espíritu Santo, que es vida, potencia de amor en el mundo, fortaleza y empuje. Le pido que sople en este lugar para que se llene de su dinamismo divino. Bajo su aliento necesitamos acoger la renovación que reclamó la Conferencia de Aparecida: la propuesta de orientar todo como una misión para el bien de los demás.

En medio de este mundo que nos encierra en la búsqueda de comodidades e intereses mezquinos, que nos aísla y que nos asfixia también a los creyentes, atrevámonos a recuperar el sueño de la fraternidad abierta, del reconocimiento del otro, del servicio generoso y gratuito, de la salida de sí, de la misión esperanzada. Esa renovación debe llevar también a abandonar toda estructura que sea caduca, en cuanto ya no sea cauce de vida, de crecimiento, de fecundidad (cf. DA 365). No olvidemos que ya en Ex Corde Ecclesiae se sostenía que “las Universidades católicas están llamadas a una continua renovación” (ECE 7). Hagámoslo juntos bajo el impulso del Espíritu.

Gracias a todos por estar aquí. Pido sinceramente a Dios que les conceda lo que más necesiten, que los alivie en sus preocupaciones, que los ilumine y los proteja. Y que nuestra Madre del cielo nos acompañe a todos.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina