UCA

Acto de apertura del 1º Congreso de Doctrina Social de la Iglesia

Rosario, 07 de mayo de 2011

Espiritualidad para luchar con esperanza

Queridos amigos, esto no es una conferencia. Sólo me pidieron unas breves palabras de esperanza.

Porque tenemos un tesoro de doctrina social, pero también está la vida, a veces áspera, de todos los días. Por algo el Santo Padre, entre sus dos encíclicas sobre la caridad, nos regaló una sobre la esperanza.

Ustedes saben por experiencia que a veces una tarea apostólica, un compromiso social, no brinda las satisfacciones afectivas que la persona desearía, los frutos, son más reducidos de lo que uno esperaba, parece tan difícil cambiar algo, o todo es demasiado lento…

Pero también puede pasar que el corazón se cansa de luchar porque en realidad se estaba buscando a sí mismo, más que servir, y a veces se cansa de desgastarse en internas, en envidias, en tironeos, en debilidades comunitarias...

Entonces, es posible que comience a apoderarse de la persona un nuevo veneno que destruye el entusiasmo. No es desesperación, porque la persona no baja los brazos, sigue haciendo algo, pero ya no tiene garra, no tiene todas las ganas, no tiene pasión, y empieza a dedicarle poco tiempo. Eso se llama escepticismo. No es el cansancio feliz y sereno de quien se ha entregado por amor, sino un cansancio interior marcado por el desaliento.

Así sin darse cuenta el mal nos seduce y gana la batalla, la indiferencia gana la batalla, la comodidad gana la batalla, y el Evangelio, que es lo más hermoso que tiene este mundo, queda sepultado debajo de muchas excusas.

Pero no tiene por qué ser así, y yo les voy a dar algunas razones:

1. Lo primero es acordarse de las primeras comunidades cristianas, tal como aparecen en el Nuevo Testamento. Allí vemos a los cristianos cargados de alegría, de coraje en el anuncio, y capaces de una gran resistencia activa. Y todo brotaba del encuentro comunitario con el Señor vivo, resucitado.

Algunos enseguida presentarán una excusa: “bueno, pero el mundo de hoy es muy difícil”. Vayan a contarle eso a los primeros cristianos. Las circunstancias del Impero romano de aquella época no eran humanamente favorables al anuncio del Evangelio, ni a la lucha por la justicia, ni a la defensa de la dignidad humana. Y existía también el atractivo de un estilo de vida poco compatible con el camino cristiano.

Porque en realidad cada época presenta sus dificultades, y sería simplista decir que unas son más duras y exigentes; simplemente son diferentes. Por una sencilla razón: siempre está la debilidad humana, la búsqueda enfermiza de sí mismo, el egoísmo cómodo. Eso está siempre presente, con un ropaje o con otro, porque eso viene del límite humano que simplemente se va poniendo distintos ropajes.

Recorran la historia: Pregúntenle a San Pablo, después pregúntenle a San Bernardo, después a San Francisco de Asís, después a Santo Tomás Moro, a San Ignacio de Loyola, a Carlos de Foucauld, y sigan. ¿Qué nos dirían ellos?

Entonces convenzámonos: si en tantas circunstancias adversas fue posible un compromiso enamorado, valiente y gozoso, también hoy podemos vivirlo. Pero hay que aceptar vivirlo, hay que atreverse a ese vértigo y a ese desafío que nos saca de la normalidad.

Nos hace falta convencernos de que los complejos, son tontos, y en el fondo una tentación de las fuerzas del mal. Te hacen creer que lo que el mundo ofrece tiene más poder y más belleza que el Evangelio.

2. En segundo lugar, yo les diría que para mantener la garra y el compromiso hay algo esencial: es identificarse con la propia misión mirarse a sí mismo como transformado por esa misión, reconocerme a mí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí es donde aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma.

Pero cuando uno separa la tarea por una parte, y la propia identidad y privacidad por otra, termina siempre debilitando el fervor y el entusiasmo en la actividad. Por eso es necesario alimentar esta convicción: “Estoy en esta tierra para cumplir una misión, mi vida en esta tierra no se entiende sin esa misión que Dios me confía”.

3. Además nosotros tenemos en nuestra fe unas convicciones preciosas que no nos dejan bajar los brazos: En primer lugar hay que recordar que el mundo ha sido creado por un Dios bueno, y que es en sí mismo bueno. No todo está podrido, nunca. Esa bondad básica no ha sido completamente destruida por el pecado. Y el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Siempre en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible y terminal.

Por eso, cuando advertimos que en el mundo todavía hay algo de verdad, cuando vemos que alguien dice la verdad aunque eso le perjudique, eso nos da esperanza, eso nos libera del escepticismo: algo todavía puede cambiar.

Lo mismo sucede cuando vemos que todavía es posible la generosidad, el servicio desinteresado, cuando nos encontramos con un testimonio de fidelidad a pesar de todo, cuando advertimos que todavía alguien es capaz de renunciar a algo por el bien de otro, y sobre todo, cuando vemos que todavía hoy existen personas capaces de dar la vida por una convicción, y que aún existen mártires que dan la sangre por Jesucristo y su Evangelio.

4. Pero les pido que recordemos que la esperanza se deposita de una manera especial en Jesús resucitado. La fe no es sólo creer en Él, sino también creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que Jesús resucitado conduce la historia, que es capaz de intervenir, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad. Es creer en la presencia de Jesús que marcha victorioso en la historia “en unión con los suyos, los llamados y elegidos y fieles” (Ap 17, 14), y que “seguirá venciendo” (Ap 6, 2).

Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose misteriosamente, está creciendo aquí y allá, de diversas maneras. Como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol (Mt 13, 31-32). Como el puñado de levadura, que fermenta una gran masa (Mt 13, 33). Y crece en medio de la cizaña (Mt 13, 24-30), también mientras dormimos, también cuando no lo advertimos (Mc 4, 26-29). Por eso siempre puede sorprendernos gratamente, cuando menos lo esperamos. Ahí está viniendo, luchando por florecer de nuevo.

La resurrección de Cristo puede provocar por todas partes brotes de ese mundo nuevo. Aunque se los corte, esos brotes vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano.

Por eso vale la pena empeñarse, para que, de una manera misteriosa, seamos parte de ese nuevo brote de vida para el mundo, y no nos quedemos al margen de la marcha de la esperanza activa.

5. Pero como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior de la fe. Es la certeza de que Dios puede actuar misteriosamente en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos. De ahí que Pablo se gloriara en sus debilidades (2 Co 12, 10) donde se manifiesta perfectamente la fuerza de la gracia (2 Co 12, 9). Porque “llevamos este tesoro en recipientes de barro, para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros” (2 Co 4, 7). Pablo acepta con agrado las tribulaciones, las persecuciones, los fracasos (2 Co 4, 8-9; 12, 10), para que a través de ello se manifieste la vida en sus discípulos (2 Co 4, 11-12) y renunciando a gloriarse en cosas visibles (2 Co 4, 18).

Esto es lo que se llama “sentido de misterio”, y es posiblemente el remedio más eficaz contra el escepticismo, sobre todo cuando los fracasos y desilusiones amenazan con hacernos bajar los brazos.

El “sentido de misterio” es saber con certeza que, quien se ofrece a sí mismo a Dios por amor (Rm 12, 1), y de ese modo se entrega a la misión que Dios le confía, seguramente será fecundo más allá de lo que vean los ojos, será un sarmiento con abundantes frutos (Jn 15, 5), su vida y su actividad no serán estériles.

Jesús decía: “La gloria de mi Padre está en que ustedes den fruto abundante” (Jn 15, 8). Por lo tanto, cuando deseamos ser fecundos estamos respondiendo a su amorosa voluntad. Pero esos frutos se producen de manera misteriosa, esa fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Por eso, el evangelizador puede entregarse intensamente a la misión con la seguridad de que su vida será fecunda, pero sin pretender saber cómo, ni dónde ni cuándo. Dios utilizará también sus aparentes fracasos para realizar misteriosamente alguna obra de su gracia en alguna parte.

Lo que yo sé en la fe, es que mi entrega, unido a Jesús, va a dar fruto. Y a veces es como cuando se produce una pequeña grieta en un dique inmenso. Tarde o temprano va a caer, aunque yo no lo vea. Pero yo fui parte, fui fecundo sin llegar a verlo. Hay que aprender a trabajar a mediano plazo o a largo plazo.
Pero estén seguros: no se pierde ninguno de tus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de tus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso.

Todo eso queda dando vueltas por el mundo como una fuerza de vida que va dando frutos. Así como, al producir ondas en el mar con el movimiento de nuestras manos, ese movimiento se va propagando por todo el océano, de la misma manera, ninguna obra hecha por amor y con amor dejará de producir algo nuevo. Entonces nunca te canses de ser bueno.

En todo caso, aprendé a dejarse amar por Dios también en el aparente fracaso, en los escasos resultados visibles, en las ingratitudes sufridas. Aprendé poco a poco a dejarte estar en la ternura de los brazos del Padre cuando parece que todo está oscuro, aprendé a dejarte tocar por la gracia permitiéndole a Dios mismo que te consuele, y seguí adelante. Invocá cada día al Espíritu Santo para que te fortalezca interiormente, y sabé que tu esfuerzo vale la pena, aunque no lo veas.

6. Por último, les recuerdo que nuestra esperanza es activa y creativa. Necesita canales para la fuerza transformadora de Jesús resucitado, y allí entra nuestra creatividad, nuestra viveza, nuestras búsquedas constantes.

Pero además hay que recordar una cosa: para resolver mis cuestiones personales e íntimas, el Espíritu Santo quiere tener mi cooperación personal, pero para resolver los problemas comunitarios y sociales necesita una cooperación comunitaria, necesita que aunemos esfuerzos, que luchemos juntos, que construyamos redes sociales, que hagamos puentes. Para resolver los problemas sociales no bastan individuos santos y entregados. Hacen falta redes comunitarias. Jesús intentó convencernos de muchas maneras y con muchas palabras.

Por eso, que estemos juntos estos días para reflexionar y buscar caminos juntos, ya es una expresión de esperanza y es un canto de esperanza cristiana. Que Jesús los bendiga mucho.

Pbro. Víctor Manuel Fernández
Pontificia Universidad Católica Argentina