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Apertura de la Misa en acción de gracias por la beatificación de Juan Pablo II

Buenos Aires, 4 de mayo de 2011

“Muchas gracias por acercarse a participar de esta celebración. En esta ocasión, nos reunimos en torno a la figura de Juan Pablo II. Pero más allá de la inmensa riqueza de su doctrina, en este caso queremos detenernos ante su vida. Evidentemente, la doctrina de todos los Papas tiene importancia para cualquier católico, para su reflexión y para el desarrollo del pensamiento, pero cuando este Papa es beatificado lo que nos detenemos a contemplar es su vida, su experiencia de fe, su testimonio del Evangelio. Y eso es entonces lo que nos reúne: no sólo la luz del pensamiento sino el fuego de su experiencia vital.

Pero en el caso de Juan Pablo II, es difícil separar la vida del pensamiento, porque en él vida y pensamiento están íntimamente compenetrados. Para poner un ejemplo, recordemos esa convicción tan sólida que tuvo siempre Juan Pablo II sobre la infinita dignidad de cada individuo, la inmensa y sagrada dignidad de cada persona. Es una convicción entrañable que se manifestó coherentemente en todos los temas que ha tratado. Se manifestaba en cada uno de los temas sociales, cuando él hablaba de los pobres, de los enfermos, de los débiles. Se manifestaba también cuando él se lamentaba profundamente de los atropellos sufridos por los judíos. Se manifestaba en el rechazo rotundo de la guerra y en una relativización de la tradicional doctrina de la guerra justa. Se manifiesta en un rechazo de la pena de muerte y de la tortura. Se manifestaba en la defensa de la vida desde el momento de la concepción. Y se manifestó cuando él, en un pequeño encuentro con un grupito de personas con profundas discapacidades, dijo con voz fuerte: “cada individuo tiene una dignidad infinita”.

Pero, como decíamos, lo que estamos celebrando en este caso es la vida, más que la doctrina. Por eso admiramos que esta convicción tan honda de Juan Pablo II se translucía en cada gesto, en cada viaje donde por un lado se perdía en la multitud pero por el otro le prestaba una inmensa atención a cada persona que veía. Lo percibía cualquiera que fuera a Roma y pudiera darle la mano. Lo hemos percibido todos de una manera o de otra. Esta convicción de la dignidad infinita de cada ser humano se transparentaba en gestos constantes y cotidianos, le brotaba por los poros.

De algún modo, esto es contracultural. Se trata de un Papa que habló mucho sobre el diálogo con la cultura y ejercitó ese diálogo constante con culturas variadas, en situaciones diversas y de muchas maneras. Pero que también nos ofreció actitudes proféticas, contraculturales, ante aquellas tendencias de la modernidad y de la posmodernidad que degradan la vida y la convivencia humana.

En esta misma línea, diría que hay otra cosa en el estilo de vida de Juan Pablo II que es contracultural, y es su profundo rechazo al individualismo cómodo que tiende a generarse en todos nosotros, de una manera o de otra; individualismo cómodo que nos lleva a defender obsesivamente la vida privada, las comodidades personales, los espacios reservados. Juan Pablo II, podemos decir que no tenía absolutamente nada de ese individualismo cómodo posmoderno, porque aun en su Misa de las seis de la mañana donde él podía prepararse para una jornada agotadora, recibía gente y después se tomaba el trabajo de saludar a uno por uno, preguntándole cosas personales. No había un espacio en su vida que se reservara para su propia comodidad y privacidad. Y cuando nosotros admiramos su espíritu de oración, admiramos que él pudiera vivirlo en medio de una multitud y de la actividad. Esta unificación de la vida también lo vuelve hoy para todos nosotros un signo profético contracultural. Entendió que la vida en la tierra es don de sí, pero sobre todo lo vivió así.

En esta misma línea va también lo que podemos llamar su persistencia, este don de sí, aun en el máximo de los límites, como lo hemos visto en sus últimos días. Su figura de hombre anciano presidiendo la Iglesia muestra también la grandeza del ser humano también en la vejez, aún cuando humanamente parece no poder ya más nada. Cuando hoy se rinde culto al cuerpo joven y a la productividad del joven, a Juan Pablo II se lo veía como un viejo al que podíamos creer vencido, decrépito, pero que seguía manifestando la figura y la dignidad humana allí donde todos, más bien, miran con desprecio o indiferencia.

Finalmente, muchas veces se habla del espíritu contemplativo del Papa, pero yo recuerdo un montón de situaciones donde él manifestaba esta capacidad de mirar más allá y mirar más hondo, no sólo cuándo contemplaba a Dios, sino también cuando contemplaba los hechos de la historia, las cosas que pasaban, cuando contemplaba a las multitudes en África o Asia, o cuando salía al balcón -y nadie lo veía- para mirar a la gente que pasaba y rezar por cada uno de esos peregrinos. Este espíritu contemplativo que no deja nada fuera de esta mirada profunda, creo que también lo vuelve para nosotros un signo profético.

Por eso, Juan Pablo II, en esta celebración que vamos a tener ahora, queremos pedirte que nos des una mano, para que también nosotros en la vida de todos los días y aun en la tarea y en la diversidad, podamos vivir este espíritu de entrega contemplativa y renunciemos a separar la vida privada del don de sí en el trabajo. Que Dios nos ayude a vivir así el Evangelio y a evangelizar con nuestra propia vida.”

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina