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Homilía en la misa del niño por nacer Homilía en la misa del niño por nacer

Buenos Aires, 23 de marzo de 2011

El niño por nacer iluminado por la Palabra

1. Varias veces he creído necesario decir que los temas relacionados con la protección del niño por nacer deben ubicarse en el contexto de la protección y la defensa de toda vida humana, especialmente cuando está afectada por la pobreza, la injusticia, el abandono. Pero al mismo tiempo, se debe afirmar que no puede haber fundamentos sólidos para defender los derechos humanos y los derechos de los pobres si no se respeta con especial atención y delicadeza la fragilísima vida que crece en el vientre de una mujer.

2. Si bien es importante destacar esa mutua relación que hay entre estas diversas preocupaciones de la Iglesia, en algunos momentos es indispensable detenerse a contemplar específicamente el misterio del niño por nacer, a reflexionar juntos sobre la vida humana no nacida, con sus peculiares características: es una vida humana inocente, frágil e indefensa, con la mayor indefensión que conlleva el no poder siquiera expresarse para exponer la propia causa. Por eso se trata de un tema no negociable para la Iglesia, ya que cualquier relativización que justifique abandonar esa vida indefensa, pone en riesgo o debilita los fundamentos de cualquier preocupación por la dignidad de las personas o por los derechos humanos. Es que “no existe auténtica promoción humana, verdadera liberación, ni opción preferencial por los pobres, si no se parte de los fundamentos mismos de la dignidad de la persona”.(1)

3. Por eso hay algo que corresponde hacer hoy de un modo particular: detenernos ante el misterio del niño por nacer, y hacerlo como comunidad universitaria. Para dejar claro que no es un tema de algunas personas dedicadas especialmente a estos asuntos, sino que nos interpela a todos.

4. Para iluminar esta celebración, nada mejor que acudir a la Palabra de Dios, concretamente al Salmo que hemos proclamado:

Tú, Señor, creaste mis entrañas,
me tejiste en el seno de mi madre.
Te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable.
¡Qué maravillosas son tus obras!
” (Sal 139, 13).

El texto revelado me invita a maravillarme por mi propia existencia, a reconocerme a mí mismo como una obra preciosa del Padre. Pero me remonta directamente al hecho de haber sido amado y formado cuidadosamente por él desde el seno de mi madre.

Eso me dice que yo no fui objeto de un querer genérico de Dios, sino que yo, concretamente yo, fui objeto de una atención directa de su corazón divino, que el siguió mi desarrollo con un profundo, directo y personal interés en mí. Lo mismo vale para cada niño en el seno de su madre: es querido directamente y por sí mismo. Eso se dice en otros términos al afirmar que el embrión no es sólo una vida humana sino una persona humana.

5. El profeta Jeremías va más allá: “Antes que te formaras en el vientre de tu madre yo te conocía, y antes que nacieras te tenía consagrado” (Jer 1, 5). Cada ser humano tiene que ver con un proyecto de amor, más allá del deseo de sus padres, y aunque nadie espere su nacimiento: “Yo te amé con un amor eterno” (Jer 31, 3) dice la Palabra.

Porque hay una realidad amada por Dios que antecede al nacimiento. Por esa misma razón en el Salmo 51 no sólo se dice “mira que en la culpa nací” sino también “pecador me concibió mi madre” (Sal 51, 7). No quiero referirme aquí al pecado, sino al hecho de que ya desde la concepción cada ser humano puede ser sujeto de la inclinación al pecado así como del llamado a la gracia. Y eso es propio de una persona humana.

6. Por eso, nosotros no sólo celebramos el nacimiento de Jesús el 25 de diciembre, sino que también celebramos el día de su concepción, el 25 de marzo. El misterio de la Encarnación, cuando el Hijo de Dios asumió nuestra humanidad, no ocurrió el día en que nació sino el maravilloso día en que fue concebido en el seno de María.

7. Esto nos lleva a una reflexión que para mí es sumamente importante en una Universidad católica y que quiero compartir con ustedes: Nosotros, cuando hablamos de los temas de Bioética, utilizamos una argumentación filosófica que nos permite dialogar en una sociedad secularista que rechaza toda reflexión que proceda de la fe, porque la consideran una imposición de principios religiosos, aun cuando el 90% de la población se declare creyente y cristiana.

Aunque corresponde decir también que nuestras razones, nuestras motivaciones y nuestros móviles más profundos no son esos que la razón humana permite proponer. Yo mismo utilizo esas argumentaciones con convicción en escritos y conferencias y creo que allí se expresa un núcleo de verdad. Pero lo que nos moviliza a nosotros cristianos, a apasionarnos en la defensa de la vida, es sobre todo la luz de la Revelación que el Señor ha querido regalarnos en su infinita misericordia, y en definitiva la fe de la Iglesia.

8. A mí lo que más me moviliza para defender al niño por nacer no son las argumentaciones racionales que pueda utilizar en una discusión, por más valiosas que puedan ser y por más necesarias que sean en un contexto científico o sociopolítico. Me moviliza más que nada y antes que nada saber que esa creatura es un proyecto de amor del Padre Dios que la ama infinitamente y le regaló la vida por pura y gratuita ternura. Me mueve pensar que el Padre Dios creó a ese niño a su imagen y lo tejió, lo modeló con particular interés en el seno de su madre. Me mueve saber que el Hijo de Dios se hizo hombre por él y elevó su humanidad a una altura insospechada. Me mueve recordar que por esa creatura él derramó su preciosa sangre. ¿Qué razón más profunda y más sólida puedo agregar a estas? Y me mueven otras tantas preciosas luces que brotan de una mirada profundamente creyente depositada sobre la dignidad de cada ser humano. Estas luces son las que particularmente me interpelan a mí como creyente para comprometerme de manera ineludible en la defensa de toda vida humana desde la concepción.

Por eso nos hemos reunido ahora en torno a la Palabra de Dios, para celebrar juntos la fe de la Iglesia, y por esa misma razón les pido que nos detengamos un momento en silenciosa contemplación.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina

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(1) Juan Pablo II, Discurso Inaugural (12.10.1992), en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, 18