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Homilía en la Misa de Cenizas

Buenos Aires, 9 de Marzo de 2011

Nos reunimos hoy para expresar justos un gesto de conversión, o al menos el deseo de la conversión. Más allá del estado psicológico o físico en que cada uno se encuentre ahora, iniciar la Cuaresma con un gesto comunitario fuerte, sin duda es gracia.

Nos acercamos a recibir en la frente las cenizas. En definitiva, se trata de una bendición para poder comenzar un camino de cambio y renovación. Pero lo característico de esta bendición es que cada uno se acerca reconociendo que es “polvo”. Esta idea aparece muchas veces en la Biblia, como un símbolo de la pequeñez del ser humano ante al inmenso amor y la gloria infinita de Dios: “Es atrevido hablar a mi Señor, ya que soy polvo y ceniza” (Gn 18, 27).

El polvo que recibo en la frente me recuerda lo que yo soy. Por eso la antigua fórmula que se utilizaba para colocar las cenizas era: “Recuerda que eres polvo…”.

Contrariamente a lo que algunos piensan o sienten, esto no es una humillación vergonzosa, una falta de dignidad o un gesto triste y amargado. Todo lo contrario. Porque si se hace con sinceridad se trata de una inmensa liberación interior. Es arrancarse del corazón la idea de que uno debe ser todopoderoso, la obsesión de tener todo previsto, el engaño de pretender controlar toda la realidad.

Es la liberación de San Francisco de Asís, que se sentía humus, tierra, y que desde su feliz pequeñez glorificaba al “altísimo, omnipotente y buen Señor”. Nada de eso le quitaba la alegría. Al contrario, ese radical y extremo reconocimiento de su límite lo volvía el hombre más libre de la tierra.

Por otra parte, las cenizas en la Biblia también aparecen como símbolo de la conversión, cuando alguien reconoce que estaba llevando un camino equivocado, que se estaba autodestruyendo, que había elegido un estilo de vida que no causaba más que esclavitud e inquietud interior. Job decía: “Me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Jb 42, 6). Evidentemente, esto sólo tiene sentido si es sincero. Un arrepentimiento aparente o forzado no es más que un teatro, un rito vacío e incómodo.

Es distinto cuando el corazón siente espontáneamente un arrepentimiento sincero por la vida que ha llevado y experimenta ese dolor de haber desgastado las fuerzas en algo vano o inútil, como los rencores, las vanidades, la melancolía, entonces el gesto de recibir cenizas en la frente se vuelve muy significativo y se vive como una verdadera bendición liberadora.

No obstante, hay que volver siempre al sentido originario de este gesto. Más allá de los pecados que uno pueda haber o no cometido, un corazón profundamente creyente, íntimamente humilde, necesita reconocer su pequeñez ante la grandeza de Dios, como dice el judío piadoso: “Señor, soy como un forastero en tu tierra”. Es la humildad tan profunda que se vuelve pura y feliz confianza, como lo expresaba Carlos de Foucauld: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras … Me pongo en tus manos con una infinita confianza”.

Sin duda, hay detrás de todo esto una experiencia de ser gratuitamente amado, de haber sido encontrado por Dios, de haber sido salvado, pero no la pretensión de estar abarcando a Dios, de dominarlo, de clausurarlo con las propias ideas y las propias acciones. Por eso un místico auténtico siempre clama, como San Juan de la Cruz: “Adónde te escondiste amado…”. Ausencia de Dios que yo mismo he experimentado en situaciones duras donde me ha parecido estar colgado de un hilo, abandonado por todos y por todo. O, en otras palabras, cuando he sentido “la humedad de la tumba”. Es la ausencia que al mismo tiempo purifica la mirada para reconocer al verdadero Dios, el real, no el inventado por las fantasías cómodas.

Confianza, deseo apertura, espera. A este fondo profundamente espiritual hay cosas que lo ponen en riesgo. A veces la pretensión de ser sabios que suele tentarnos a los académicos, a veces la seguridad puesta en la corrección del propio comportamiento, a veces la vanidad de los propios logros, a veces la obsesión por las propias necesidades insatisfechas. Cada ser humano tiene esa enfermedad crónica de tender fácilmente a colocarse en el centro.

En todo caso, a partir de la confianza humilde y amante puede producirse un camino de maduración. Porque frente a ese Padre que me ama tanto no puedo dejar de ver que es posible dejarse amar más, es posible caminar con mayor confianza, con una serenidad más honda.

Entonces la conversión no es tanto dejar de hacer cosas malas, evitar lo que está prohibido (¡cuántas veces la mediocridad y la tibieza se ocultan detrás del cumplimiento!) sino dejarme poseer más y más por las fuerzas del bien y de la belleza. Es posible amar más, volverse más donativo, más generoso, más compasivo, es posible ahondar la alegría y consumirse más por los demás. En el mismo amor que Dios derrama en nosotros hay un llamado al crecimiento.

Pero hay que volver a cerrar el círculo. Ese crecimiento no es lo que compra el amor de Dios, no es algo que nos convierta en acreedores de la amistad con él. Ese crecimiento no debe ser el centro de nuestra vida. El eje de todo es más bien la profundización de esa apertura confiada y feliz del que se deja amar y salvar.

Como decía Martin Buber, cuanto mayor sea el grado de abstracción –legítimo y valioso– en nuestro pensar a Dios, tanto más necesario se vuelve compensar esa abstracción intelectual con la experiencia de una relación viva con Él. En los ambientes académicos Dios y las verdades de fe se convierten fácilmente en un objeto de reflexión y de opiniones. Dios se vuelve un “él” sobre el cual se habla y deja de ser un Tú. Pero si no es un Tú, nuestros conceptos y nuestras palabras no lo alcanzan ni lo expresan realmente.

Para que esta misa tenga sentido, tratémoslo como Tú, conversemos, invoquemos su gracia, abrámosle la vida y dejémonos salvar gratuitamente, ahora mismo.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina