UCA

Homilía en la Misa por la Vida Naciente

Buenos Aires, 27 de Noviembre de 2010

“Lo peor que nos puede pasar en la Iglesia es alentar la idea de dos grupos antagónicos que compiten y se descalifican mutuamente: los que se ocupan de los temas relacionados a la bioética y los que se ocupan de los temas sociales. Porque en realidad todos esos temas tienen que ver con la vida, y todos se fundamentan en la dignidad inviolable de cada persona humana. Hoy, sobre todo después de Caritas in Veritate, está claro que la Iglesia no tiene dos agendas.

Pero el asunto no es decir que las dos cosas son importantes, como si una estuviera al lado de la otra. El pensamiento católico no yuxtapone, sino que integra. Entonces, la clave está en mostrar que ambas cosas se sostienen y se iluminan la una a la otra hasta el punto que una pierde su verdadero sentido cristiano sin la otra.

En esa línea, es verdad que una postura en contra del aborto se puede volver oscura si al mismo tiempo defendemos guerras injustas, matanzas de niños o torturas, como hacía un reciente presidente de Estados Unidos. Pero por otro lado, ¿quién puede defender a fondo la dignidad de los pobres? Sólo el que tenga una concepción del ser humano que fundamente el valor inmenso que tiene cada persona desde su concepción: “No existe auténtica promoción humana, verdadera liberación, ni opción preferencial por los pobres, si no se parte de los fundamentos mismos de la dignidad de la persona.”

Por eso en Aparecida, al comienzo del capítulo sobre temas sociales, antes de hablar de la promoción humana y de la opción por los pobres, se comienza destacando el valor incalculable que tiene una vida humana siempre, ya desde la concepción: Cada ser humano, desde su concepción, no sólo es sagrado, sino que tiene una “dignidad infinita” (DA 388).

Si para nosotros cada individuo humano tiene una dignidad infinita, entonces cualquier vida humana es siempre inviolable, desde el primer instante de su desarrollo hasta la eternidad: el ser humano, imagen viviente de Dios, “es siempre sagrado, desde su concepción, en todas las etapas de su existencia, hasta su muerte natural y después de la muerte” (DA 388). Por eso nos interesa el cuidado de la vida “desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural” (DA 464). En estos dos textos hay que advertir que se quiso decir “en todas las etapas de su existencia”. Se trata de un agregado que no estaba en las primeras redacciones de Aparecida. Se añadió posteriormente por varios pedidos insistentes que fueron aprobados. Se quería evitar así la idea de que estamos en contra del aborto y de la eutanasia, pero nos despreocupamos de la situación de tantos niños, jóvenes y adultos que viven en condiciones de miseria y de muerte. El ser humano es sagrado siempre, desde el comienzo hasta el final y en cada etapa de la vida en que se encuentre.

Por eso hoy, cuando hablamos de una “cultura de la vida”, en esa expresión incluimos tanto la defensa del niño por nacer como la opción por los pobres, y todo lo que ayude a que las personas vivan con mayor dignidad. Así queda claro en el discurso inaugural del Papa en Aparecida: “Los pueblos latinoamericanos y caribeños tienen derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones más humanas: libres de las amenazas del hambre y de toda forma de violencia”.

Sobre esta conexión entre los temas, en Aparecida hay un párrafo sumamente iluminador: “Si queremos sostener un fundamento sólido e inviolable para los derechos humanos, es indispensable reconocer que la vida humana debe ser defendida siempre, desde el momento mismo de la fecundación. De otra manera, las circunstancias y conveniencias de los poderosos siempre encontrarán excusas para maltratar a las personas” (DA 467).

Por eso, si no se valora la vida humana desde la concepción, ¿qué fundamento sólido le queda para defender al pueblo de los maltratos e injusticias? Si hay excusas para matar a un inocente, siempre aparecerán excusas para cualquier otro abuso contra la vida humana.

Pero para confirmar esta estrecha relación que hay entre la Moral social y la Bioética, basta leer la última encíclica de Benedicto XVI:
Uno de los aspectos más destacados del desarrollo actual es la importancia del tema del respeto a la vida, que en modo alguno puede separarse de las cuestiones relacionadas con el desarrollo de los pueblos […] La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre. Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social. La acogida de la vida forja las energías morales y capacita para la ayuda recíproca” (CiV 28).

Hoy, que nos postramos fácilmente ante la apariencia, ante lo que brilla, ante lo que deslumbra, un pequeño embrión escondido en la oscuridad de un vientre corre el tremendo riesgo de ser menospreciado. Por eso se nos vuelve tan acuciante nuestra misión de recordar que lo esencial es invisible a los ojos: lo más grande no es lo que más se luce. Los cristianos estamos acostumbrados a esa otra forma de mirar, porque contemplamos a un Mesías recostado en un pesebre, a un Dios colgado en la cruz, a nuestro Señor en la sencillez de la Eucaristía. Por eso podemos reconocer que un embrión vale tanto como el más deslumbrante de los poderosos.”

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina