UCA

Homilía del Rector en el acto del Día del Graduado

Buenos Aires, 23 de Octubre de 2010

“Bienvenidos. Esperamos que aquellos graduados que hace mucho tiempo que no venían, se sientan en su casa. Nosotros tenemos frecuentemente pensamientos sobre nuestros graduados porque entendemos que la finalidad de la Universidad tiene que ver con aportar vida, aportar luz y aportar pensamiento en el mundo y en la sociedad. Y eso es imposible hacerlo sólo con un claustro de docentes. Tenemos que hacerlo a través de los graduados, que salen a meterse en el corazón de la sociedad. Por eso quiero alentarlos a entregarse plenamente a vivir una profesión con eficiencia y valores profundos.

En esta línea, creo que la Palabra de Dios que acabamos de escuchar puede iluminarnos un poco. En la primera lectura a los cristianos de Éfeso, hay un pasaje muy bonito acerca de Jesús, mostrando que no se aleja del mundo, sino que quiere “llenarlo todo” (Ef 4, 10). Jesús que no está clausurado en un ámbito celestial, sino que quiere penetrarlo todo, que quiere iluminarlo todo, transformarlo todo. Por lo tanto, es un Jesús que nos quiere encontrar en todas partes: en medio del trabajo, en los cansancios, en sus desafíos que estimulan a crecer, a cambiar y madurar, en las alegrías, en nuestra vida en sociedad. Allí esta Él, caminando con vos, respirando con vos, viviendo con vos.

Nuestra fe en Cristo es la convicción de que no estamos solos en ningún momento, de que podemos enfrentarlo todo porque hay con nosotros una presencia, la de Jesús resucitado, que está ahí para darnos amor cuando falta la comprensión entre nosotros, para darnos fuerzas cuando no podemos levantar los brazos, para darnos esperanza cuando se nos oscurece el horizonte.

Pero, además, dice esta hermosa lectura de Efesios que el Señor derrama abundantemente sus dones para el crecimiento y la edificación de todos. Cada uno de ustedes lleva esos dones. Cada uno de ustedes es un instrumento de ese Cristo vivo, lleno de vida, para que a través de los carismas que ha recibido y de la profesión que tiene, derrame bien, luz y vida en la sociedad.

Es muy importante, entonces, que cada uno de ustedes entienda su tarea, no como el ejercicio de una molestia que uno tiene que sobrellevar hasta que llega el viernes a la noche, sino como un don que ha recibido para los demás, como algo que marca el sentido mismo de su vida en esta tierra. Si he sido puesto en este mundo, es para desarrollar esos dones y fecundar a los demás con ellos. Ojala cada uno de ustedes pueda vivir su profesión de tal manera que tenga pleno sentido haber pasado por este mundo.

Cada uno de ustedes, entonces, está al servicio del bienestar de los otros. Cada uno de ustedes es, de alguna forma, como un arquitecto llamado a construir algo para los demás, como una especie de artista sagrado que ilumina la existencia de los otros. No necesariamente con grandes éxitos, sino a veces con cosas muy simples, aparentemente vanas. Como ven, hay una visión profunda detrás de la profesión que a uno le toca ejercer. No tanto como una cantidad de tareas para poder sobrevivir, para ganar unos pesos, para mantener una familia. Es una visión mucho más honda: un llamado y una misión que estructuran la propia existencia.

En realidad, si uno vive esto a fondo, vive mucho mejor. Ustedes habrán visto, quizá con algunos de sus parientes, que muchas veces una persona dinámica, creativa o emprendedora, cuando se jubila y la van a visitar unos meses después, parece que ha envejecido diez años en dos meses. Este es un fenómeno que a mí me impacta profundamente. Allí queda claro que, hasta la muerte, de una manera o de otra, uno tiene que entregarse a una misión para los demás.

Pero cuando uno entiende el trabajo como una parte de la vida que espera que pase lo antes posible y se acabe, que llegue el fin de semana o pueda jubilarse, uno corre el riesgo de desaparecer, de empequeñecerse, de mutilarse y atrofiarse cada vez más. Cumplir una misión a uno lo mantiene activo, dinámico y profundo. Y, por lo tanto, entonces, cuando llega el viernes por la tarde, uno no se va huyendo despavorido, sino que va a restaurarse para seguir donándose, para seguir cumpliendo su misión. Entonces, si me jubilo, encontraré otras formas de cumplir esa misión, nunca renunciaré a ser para los otros.

La pregunta suele ser: “¿qué puedo sacar yo de este trabajo?” Pero, ¿es esa la pregunta? A la luz de una teología de la misión la pregunta correcta, que lo cambia todo, será: “¿qué estoy llamado a ofrecer, a dar, a provocar o a hacer brotar en este lugar, a través de mi trabajo?” Así todo cambia.

Hoy se ha desarrollado un fenómeno, una especie de enfermedad nueva que llaman los psicólogos “burn out”. Es un modo de vivir el trabajo donde las tareas y las demás personas se sienten como un peligro, como un reclamo agotador, de tal manera que la persona vive escapando de los demás y de los desafíos laborales de cada día, o simplemente los soporta con una fuerte resistencia interna. Por lo tanto, termina quemándose, autodestruyéndose.

Creo que del Evangelio podemos tomar muchas motivaciones que nos ayuden a considerar nuestra tarea y nuestra profesión con un espíritu diferente, que convierta a ambas en fuente de vitalidad y no en fuente de autodestrucción.

Por ejemplo, uno puede preguntarse en el trabajo. “¿estos que yo tengo alrededor son dignos de que yo esté esforzándome y entregándome tanto?” A la luz del Evangelio, la respuesta es: “por supuesto que son dignos”. Cada uno de ellos es hijo de Dios, es infinitamente amado por el Padre Dios. Por cada uno de ellos, Jesucristo ha dado su sangre; en cada uno de ellos habita la presencia de Dios; cada uno de ellos tiene un valor sagrado. Por lo tanto, cada uno de ellos, más allá de su carácter, de sus capacidades, de su belleza física, es digno de la entrega total de mi vida y de mi servicio generoso. Es totalmente digno por razones muy hondas, que el hombre mundano no ve.

La otra pregunta es: “¿vale la pena realmente entregarse cuando este mundo está tan podrido? ¿Qué es lo que voy a cambiar esforzándome?” Pero nosotros, los creyentes, creemos que Jesucristo ha resucitado, que Él está vivo en el corazón del mundo. ¿Podrán las fuerzas del mal anular esa vida? No. Esa vida vuelve a brotar aquí y allá. Y en la sociedad, con todas las cosas negras que hay, vuelve a surgir imparablemente a través de tantas cosas buenas. Entonces, ¿yo elijo el instrumento de estas fuerzas de la oscuridad, del mal, o elijo estar allí donde hay brotes de vida? Son dos opciones. Cada uno sabe cuál es la que toma. Pero lo que sí es seguro, es que si uno, en la fe se entrega a este Cristo vivo que da esperanza, y se ofrece a Él en su profesión, nada es en vano. Nada se pierde, ningún esfuerzo es inútil. Todo, vivido con entrega amorosa, de una forma u otra, termina dando frutos en el mundo.

Creo que esta enseñanza que nos da la carta a los Efesios tendría que ayudarnos para que en esta Misa, cada uno de ustedes renueve la entrega a su tarea profesional con ese espíritu que la Universidad les ha enseñado cuando fueron alumnos. Con estos valores que impregnan el ejercicio de la profesión y le dan otro estilo, otro rostro, otra tonalidad a la vida profesional. Entonces, propongo que generemos un momento de silencio para que cada uno de ustedes, cara a cara con Jesucristo, su Señor, le ofrezca de corazón su tarea, su profesión y sus esfuerzos de cada día, y le pida a Jesús ayuda para vivir la tarea con mayor profundidad y sentido cristiano.”

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina