UCA

Promoción de Profesores Ordinarios

Buenos Aires, 22 de Septiembre de 2010

Como creyentes, capaces de celebrar comunitariamente la fe que nos une, nos hemos reunido también a celebrar la vida de nuestras Facultades y la entrega de sus miembros.

No todos han sido designados ordinarios, ni siquiera todos los que tendrían las condiciones requeridas. Pero se han designado al menos unos cuantos por cada Facultad, y esos cuantos tienen el peso simbólico de un “nosotros”. Alguno podría entristecerse legítimamente porque no fue incluido, pero también puede levantar la mirada, ampliar el corazón, y decir: “nosotros hemos sido reconocidos”. Es decir: soy parte de un Claustro del cual puede salir algo bueno. Si dejáramos pasar diez años más sin designar profesores Ordinarios, el mensaje que se podría inferir es el siguiente: “de estos Claustros no puede salir algo bueno”. Pero hoy todos pueden alegrarse, porque integran un Claustro docente donde se está reconociendo que hay capacidad de entrega constante, de compromiso estable, de pasión por la verdad y por el bien, de generosa disponibilidad. Los invito a vivir el acto de esta noche con ese espíritu de comunión fraterna y de reconocimiento del otro que no puede faltar en una institución cristiana, porque si falta, en realidad hemos dejado de optar por el Evangelio.

Saben ustedes que, de la interpretación de nuestros Estatutos se sigue que hay una clara distinción entre la promoción a profesor titular y la promoción a profesor ordinario. La promoción a titular requiere un importante discernimiento acerca del nivel académico del docente. La promoción a ordinario, en cambio, pasa por otro lado, porque de hecho se puede nombrar ordinario a alguien que ha sido adjunto toda la vida. Aquí es otra la sabiduría que se reconoce. No es la ilustración, no es la capacidad especulativa, no es la mera ciencia. De esa ciencia podría afirmarse lo que sostiene San Pablo en el texto que hemos leído: “Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes… ¿Dónde está el razonador sutil de este mundo?” (1 Cor 1, 19-20). En toda la Biblia campea una noción de sabiduría que tiene que ver con el gozo sapiencial, el compromiso personal con esa verdad gustada y un determinado estilo de vida caracterizado por el don de sí. Por eso, como vemos en el Evangelio, Jesús no sólo envía a sus discípulos a predicar, sino también, inseparablemente, a liberar, a sanar, a hacer el bien.

A esta sabiduría se refería San Buenaventura cuando decía lo siguiente: “Dios da dones a todas sus creaturas, pero el hondo conocimiento de la verdad lo da sólo a los que obran bien” (SD 3, 17). Por eso “hay una acción que no impide la contemplación de la verdad, sino que la facilita, como las obras de misericordia” (II S 1, 2, dub 1). E invitaba: “No preguntes a la luz, sino al fuego” (Itin 7, 6)

Se trata de una sabiduría presente también fuera de los ámbitos académicos, en la vida cotidiana del pueblo, y aun fuera de los límites de la Iglesia Católica. Pero a nosotros, en estas circunstancias, nos toca discernir su presencia en nuestra comunidad universitaria. En la línea de esta sabiduría bíblica, un docente lleno de títulos, publicaciones en el extranjero y prestigio académico, pero que no quiere que lo molesten mucho, o que va a la Facultad sin sentirse parte y sin poner el alma, podrá ser Titular, pero no necesariamente Ordinario.

Pedí expresamente que no se elaborara el listado por simpatías o afinidades personales. Se trató de prescindir de las ideologías o líneas de pensamiento. Por esas diferencias ideológicas, es posible que cuando los Decanos o Directores elaboraron su listado hayan escrito algún nombre con los ojos cerrados y tragando saliva. Pero si lo hicieron, los felicito. Han reconocido más bien en ese profesor una pasión por las propias convicciones, una constancia en la entrega docente, una disponibilidad al servicio, una preocupación sincera y probada por el bien de su unidad académica y, en ese sentido, un testimonio para los demás.

Alguien podría decir: “aun con estos criterios, si me preguntan, yo no hubiera puesto a este docente, y en cambio no habría omitido a aquella profesora”. En las cosas contingentes, todos nos podemos equivocar. Yo me equivoco a cada rato, con toda la buena intención. Pero que el discernimiento no haya sido perfecto, no le quita a este acto toda su riqueza de sentido.

Queridos amigos y amigas, creo que es el momento para recordarles algo que podría parecerles obvio: que cada uno de ustedes ha venido a esta tierra con una misión. Todos pasamos por este mundo para cumplir esa misión, que tiene un sentido sublime dentro del plan inescrutable y precioso de Dios. No es una mera actividad que se añade como algo secundario a la propia vida y a los propios intereses. Cada uno es para los demás, y entonces el cumplimiento de esa misión es central en el sentido de la propia existencia.

En el caso de ustedes, esa misión está fuertemente marcada por la docencia. Ustedes la habrán cumplido por momentos de un modo más luminoso, feliz, esperanzado, participando así del misterio de la Resurrección. En otros momentos y etapas, la habrán vivido de un modo más oscuro, pesado, áspero, titubeante y hasta doloroso, participando así del misterio de Cristo crucificado. Pero la misión se cumple misteriosamente de las dos maneras. Si en el fondo del corazón subsiste la receptividad ante el Espíritu y una actitud de donación, de salida de sí, todo tiene un sentido y una misteriosa función. Según criterios meramente terrenos, gané o perdí. Pero en el plan de Dios todo suma. Nada es inútil, ninguna entrega será en vano.

Estamos en el marco de la Eucaristía. En la Misa, Cristo se entrega y nosotros nos ofrendamos con él. Es el momento para que cada uno de ustedes consagre al Padre todo lo que haya podido entregar a lo largo de su carrera docente. Nada ha sido echado al vacío si uno lo hace ofrenda. Más allá de los reconocimientos públicos, somos capaces de ponernos ante la mirada del Padre, que ve detrás de las apariencias. Al mismo tiempo, nos situamos en actitud de acción de gracias, porque nuestras capacidades, nuestros carismas, nuestra tarea, nuestra misión docente, y hasta nuestros esfuerzos, son en definitiva un don del Dios amante y generoso.

Finalmente, les pido que sepan tolerar, y quizás soportar, la extensión de esta fiesta debido al gran número de 240 homenajeados. Pero creo que es posible distenderse y tomarla como un gesto precioso de amor fraterno, de acompañamiento al otro, e incluso de oración. Gracias a todos por participar.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina