UCA

V Congreso Latinoamericano de Ciencia Política

Buenos Aires, 28-30 de julio de 2010

Me resulta muy grato participar de este acto de apertura del V Congreso de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política y darles la bienvenida en nombre de la Pontificia Universidad Católica Argentina.

La ciencia política en América Latina, con sus problemas de crecimiento y maduración, ha ido avanzando progresivamente en las últimas décadas, en pos de su definitiva institucionalización y consolidación académica. Y aunque queda muchísimo por realizar, en casi todos los países de la región existe una comunidad científica con identidad disciplinaria, un ámbito profesional diferenciado y un grado mayor o menor de reconocimiento externo.

No obstante aún se vislumbra cierta ausencia y desconexión de la disciplina frente a la compleja realidad política y social latinoamericana. Los politólogos no siempre aciertan a conectarse a tiempo con las megatendencias que corren por los subterráneos culturales de nuestros pueblos. Otras veces se copian propuestas y modelos europeos ignorando las peculiaridades de nuestra gente. Y frecuentemente la política como vocación y la política como ciencia parecen caminar muchas veces en forma paralela sin un horizonte de encuentro que les permita asumir un diálogo permanente y constructivo.

La política, tan criticada y sospechada hoy, está íntimamente ligada al sentido social de la existencia. Quien se dedica apasionadamente a la política ha renunciado al aislamiento y ha optado por pensar y construir ese nosotros que nos convierte en sociedad y en Nación. La política es un contrapeso a la apatía posmoderna, a esa obsesión por lo pequeño y lo inmediato, porque es un llamado a pensar a lo grande. Pero hay que reconocer que la verdadera política, que es capaz de mirar y proyectar a largo plazo, hoy se ha convertido en una especie de heroísmo social. Implica renunciar sacrificadamente a ese cortoplacismo ansioso que mata cualquier utopía.

La política implica esa capacidad de levantar la mirada. Para que un pueblo avance hace falta gente capaz de mirar el conjunto, la totalidad, de manera que los diversos esfuerzos se puedan articular hacia el bien común, con un tejido social sano y lleno de riqueza.

En este marco se sitúa la temática de este Congreso, proponiendo este par integración-diversidad, que da mucho para pensar.

Invito a reflexionar acerca de la integración en toda su amplitud. En América Latina no podemos pensar sólo en la integración de las minorías sino perticularmente en la integración de las mayorías pobres y en el respeto a su identidad cultural propia. Hay que pensar ante todo en integrar a los excluidos por su condición social, a quienes se les suele poner como condición que asuman las características culturales de los sectores medios, con lo cual el camino de la integración será demasiado largo y poco eficaz. Porque sólo se promueve y se integra al pobre reconociéndolo como sujeto y respetando su propia cultura: su subjetividad peculiar, su universo simbólico, sus valores, su estilo, sus prioridades. Por eso, para que haya una auténtica Nación, no sólo hacen falta pactos políticos, sino también pactos culturales. Integración es ante todo eso: pactos culturales con los diferentes, de manera que se alcance una verdadera unidad en la diversidad o lo que otros llaman una “diversidad reconciliada”. De otra manera, cualquier proyecto de integración termina fracasando y en algún momento las diferencias explotarán en manifestaciones violentas o incómodas.

Cuando hablamos de integración no podemos reducirnos a defender los derechos civiles y políticos de los individuos y de las empresas para participar con libertad de la economía capitalista. Hace falta incorporar con mayor contundencia los derechos sociales que aseguren auténtica y efectiva igualdad de oportunidades para todos, de manera que nuestras democracias sean más reales y menos formales. La inequidad social de América Latina nos muestra que estamos lejos de este sueño.

En este contexto sano, las diversas identidades dejan de ser riesgos y se convierten en potencialidades sociales, que aportan novedad y creatividad. Pero la obsesión de la clase media por la inseguridad presiona a los políticos para que la diversidad sea vista siempre como un peligro a contener. De esa manera, la misma inseguridad está condenada a prolongarse y acentuarse.

Quiero recordar finalmente que América Latina está llena de elementos comunes que favorecen la integración entre países, pero al mismo tiempo es poseedora de una preciosa diversidad geográfica y cultural. Por eso está llamada a continuar y mejorar sus procesos de integración regional. De esa manera cada país podrá abrirse al mundo desde la región, de manera que no se vea privado de los beneficios de la globalización y al mismo tiempo pueda mantener su plena soberanía y su propia identidad. Pero sería necesario un mayor diálogo entre los politólogos de nuestros países para aunar esfuerzos y para recoger la riqueza de la reflexión de los demás.

El Programa del Congreso es amplísimo y está prevista la participación de más de 1000 expositores, que representan a la mayoría de los países de América Latina. Más de 215 universidades e instituciones de investigación de la región y del mundo están representadas.

Saludo afectuosamente a todos los participantes que han llegado a Buenos Aires provenientes de los países hermanos de América Latina y de otras regiones. Finalmente quiero agradecer en la persona del Dr. Glaucio Soares la confianza depositada por ALACIP en la UADE y la UCA para ser sedes de este importante evento. Que Dios los acompañe a todos.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina