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Meditación del Rector en la apertura de la Semana Social de Mar del Plata

Mar del Plata, 25 de Junio de 2010

La dimensión social ineludible de la fe cristiana

Ustedes han venido a participar de esta Semana Social. ¿Por qué razón? Es posible que alguno lo haya hecho por obligación, otros para conocer gente, otros para cambiar de aire. Sin embargo, estos días podrían ser decisivos para cada uno de ustedes. Porque en estas ocasiones, cuando uno deja su casa y su vida habitual, puede ocurrir que uno se haga preguntas importantes, y que luego decida darle otro rumbo a su existencia.

Se puede vivir distraído durante mucho tiempo. Pero a veces pasa que uno siente una especie de nudo en la garganta y se pregunta: ¿para qué estoy viviendo yo en realidad? ¿qué quiero conseguir en los años que pase por esta tierra? Y en esos momentos se suele sentir una especie de desilusión, muchos deseos insatisfechos, sueños profundos que quedaron postergados, temores por el futuro, dudas, angustias. La pregunta ya no es solamente: qué siento, qué hago, cuánto tengo. Emerge un interrogante mucho más hondo: ¿quién soy y para qué vivo? Cuando a uno le pasa eso, puedo quedar enredado en su malestar interior, puede desgastar sus energías en angustias y en preguntas interminables, o puede brotar una respuesta, que en realidad es una pregunta luminosa, un camino, una salida: "¿y si me dedico a partir de ahora a buscar que otros sean felices, y si en vez de preguntarme si soy feliz me dedico a buscar que otros sufran menos?” Eso cambia la vida maravillosamente, eso es una verdadera liberación. Son cadenas interiores que se rompen, es la verdadera revolución mística.

Pero muchos de ustedes que son creyentes me podrán decir: ¿No es el encuentro con Dios lo que cambia la vida? Sí, pero cuando de verdad Dios puede entran en el corazón de una persona, lo abre, lo libera de su encierro, crea espacio para los otros.

Por eso quiero recordar tres textos bíblicos que son bastantes contundentes, de manera que no nos queden dudas. El primero está tomado del profeta Isaías, y va dirigido a las personas que no se sienten bien interiormente, que sufren por las heridas interiores que guardan en el corazón. Fíjense cuál es el remedio que propone este texto bíblico: "¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en tu propia casa, que cuando vean a uno sin ropa lo cubras y no te apartes de tu semejante? Entonces brotará tu luz como la aurora y rápidamente se curará tu propia herida" (Is 58, 7-8).

Igualmente, para los que están preocupados porque no ven con claridad o porque no entienden lo que les pasa, o porque no se les ilumina el camino de la vida, fíjense cuál es la solución que propone la primera carta de San Juan: “Quien dice que está en la luz pero no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas. En cambio el que ama a su hermano está en la luz y no tropieza” (1 Jn 2, 9-10).

Para los que sienten que están viviendo con poca intensidad, medio muertos, y quisieran sentirse más vivos, fíjense cuál es la propuesta bíblica: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14).

Entonces el asunto no es sólo la fe en Dios, sino una relación con Dios que nos saca de nosotros mismos y nos abre a los otros. Aquí nos encontramos con una cuestión antropológica decisiva: estamos hechos para salir de nosotros mismos, para realizarnos en el encuentro y la donación. Por eso, a fin de cuentas, cualquier proyecto individualista o egoísta está destinado al fracaso. Puede funcionar a corto plazo, pero a la larga te deja vacío y fracaso. Así como un auto no puede funcionar sin combustible, y por más que lo llenes de agua no va a arrancar, tu vida tampoco va a funcionar si no salís de vos mismo hacia los demás. Estás hecho para esa entrega. No hay vueltas, no hay otro camino posible.

Por todo eso decía Santo Tomás de Aquino que lo más grande no es el culto a Dios, sino la solidaridad con el hermano: "No adoramos a Dios con sacrificios o dones exteriores; lo hacemos por nosotros y por los demás. Porque Dios no necesita nuestros sacrificios, sino que quiere que se los ofrezcamos para nuestra devoción y para utilidad del prójimo. Por lo tanto la misericordia, por la que socorremos las carencias ajenas, al producir más directamente la utilidad del prójimo, es el sacrificio que más le agrada".[1]

Esto, que vale para todos, se vuelve más acuciante porque nosotros vivimos en América Latina, el lugar del mundo donde hay mayor desigualdad social. Nuestra fe no puede vivirse al margen de esa situación. Lo dijo con inmensa claridad el Papa Juan Pablo II indicando que, en el contexto del Continente americano, la conversión debe asumir de un modo especial esta dimensión social: "Convertirse al Evangelio para el Pueblo cristiano que vive en América , significa revisar todos los ambientes y dimensiones de su vida, especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común".[2]

En Argentina, el Episcopado ofreció dos grandes orientaciones para la tarea pastoral de todos. Primero fueron las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización en 1990. Allí destacó con mucha fuerza que la fe en Jesucristo es inseparable de la promoción humana, que la evangelización no puede entenderse si no se promueve al ser humano entero. Unos años después, esas Líneas se actualizaron en otro documento llamado Navega Mar Adentro, que tiene plena vigencia. Allí ya se tiene en cuenta que estamos en la posmodernidad, con un fuerte riesgo de individualismo cómodo, y entonces se destaca el llamado a la vida comunitaria: la fe en Dios Trinidad sana las relaciones, los vínculos entre las personas.

¿Pero qué sucede? Que estamos en un momento de la historia donde el problema no es tener las cosas claras. El problema es el estilo de vida que llevamos. Las posmodernidad que estamos viviendo es un tiempo donde los poderes económicos han logrado convertirnos en meros consumidores, personas siempre insatisfechas, necesitadas de bienestar. Por eso hoy hay gente con mucha espiritualidad, mucha oración, buena formación, pero incapaz de comprometerse por los otros. Tenemos las ideas claras, pero después usamos nuestro tiempo obsesionados por nuestro ego y nuestro bienestar individual. Eso es lo que se llama alienación. Bien lo decía también Juan Pablo II: "Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y de consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana".[3]

Entonces hoy el gran paso, el paso liberador, la gran conversión, no es sólo un cambio de mentalidad, sino un cambio en las costumbres, en los hábitos, en el estilo de vida. La gran conversión se produce cuando una persona empieza a buscar más la felicidad de los otros que la propia, busca más el bienestar de los que están mal que el propio bienestar, busca más liberar a los otros de su dolor que resolver sus propias angustias. Y lo expresa concretamente en acciones cotidianas.

Esta profunda conversión social es lo que vivió, por ejemplo, la Madre Teresa de Calcuta. Durante la primera parte de su vida no se puede afirmar que su entrega creyente no haya sido sincera, que no haya estado convertida a Jesucristo, o que su fe era individualista. Pero sólo a partir de un determinado momento adquirió una conciencia clara de las exigencias sociales del Evangelio, se liberó de los límites que contenían su fuerza misericordiosa, y se produjo su “conversión social”. Ustedes saben que después de la muerte de ella se descubrió un cuaderno íntimo que muestra una realidad interior dramática, cuestionadora, inesperada para muchos: en la última parte de su vida, cuando se entregó totalmente a los pobres, estaba viviendo una gran aridez espiritual, amaba a Dios pero no sentía nada, estaba como seca en su sensibilidad espiritual. Sin embargo se dejaba impulsar por el Espíritu Santo a entregarse a los demás y eso le dio una tremenda fuerza interior y un pleno sentido a su vida. Y miren si no tuvo sentido su paso por este mundo.

Pero todos los que hicieron sentir su paso por este mundo no han sido solitarios iluminados. Siempre han sido personas que se han unido a otros para luchar juntos, que han creado redes junto con los otros para producir cambios en la sociedad. Desde Jesús junto con sus apóstoles, San francisco de Asís y su comunidad, la madre Teresa y sus monjas, nuestro ideal es entregarnos juntos: “y en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos”. El objetivo de la Conferencia Episcopal Argentina parece una loca utopía: erradicar la pobreza en Argentina antes de 2016. Pero Jesús también soñó a lo grande, y sin sueños grandes no hay grandes logros.

Se hicieron cosas, tanto desde el gobierno, como desde la Iglesia o desde las diversas ONGs. Pero nadie puede sentirse satisfecho mientras haya un pobre en Argentina.

Ojala que estos días sirvan a todos para salir de nosotros mismos, para levantar la mirada y reconocer al otro, para renovar y desarrollar esta preciosa dimensión social de nuestra fe y de nuestra vida. Termino diciendo que la P. Universidad Católica Argentina se siente honrada de participar en la organización del Congreso de Doctrina Social que se celebrará en año próximo en nuestra sede de Rosario. Esperamos que sea una ocasión preciosa para profundizar la conversión social de la Iglesia en Argentina.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina

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[1] S. Tomás de Aquino, ST, II-II, 30, ad 1.
[2] Juan Pablo II, Centesimus Annus 41c.
[3] Juan Pablo II, Ecclesia in America 27a.