UCA

Una Universidad desde los pobres

Buenos Aires, 8 de junio de 2010

Creo que es bueno soñar una Universidad que, fiel al espíritu del Evangelio y de la Doctrina Social de la Iglesia, esté más claramente atenta a los pobres. Eso significaría, por una parte, una actitud de servicio fraterno, de compromiso evangélico, e incluso un bien para la imagen pública de la Universidad, muchas veces identificada con otros intereses. Recordemos lo que expresaba tiempo atrás un documento de la Iglesia: “La Iglesia, que quiere ser en el mundo entero la Iglesia de los pobres, intenta servir a la noble lucha por la verdad y por la justicia [...] A los defensores de la “ortodoxia” se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injusticia” (LN XI, 5. 18).

Pero más que todo lo dicho, servir a los pobres que tenemos cerca, en esta misma ciudad, sería un bien para nosotros mismos: para que nuestra vida universitaria se enriquezca en el contacto con ellos. También para que nuestra vida universitaria se sane de tantas preocupaciones y conflictos artificiales y destruya esquemas rígidos de pensamiento. Recordemos esta preciosa exhortación de la Palabra de Dios: “¿No será este el ayuno que yo quiero? ¿No será partir con el hambriento tu pan y a los pobres sin hogar recibir en tu propia casa, que cuando veas al desnudo le cubras y de tu semejante no te desentiendas? Entonces brotará tu luz como la aurora y rápidamente se curará tu propia herida” (Is 58, 6-8).

Para ello, hay que tener presente que colocarse al servicio del pobre exige una gran delicadeza, en orden a considerarlo como sujeto, y no como objeto, ni siquiera como objeto de nuestra actividad de asistencia o promoción.

Creo que considerar al pobre no como objeto, sino también como sujeto, implica reconocer que el pobre tiene una hermenéutica propia. No sólo da que pensar, sino que piensa. Tiene una cosmovisión que ofrecer, porque posee una aproximación hermenéutica propia para leer la realidad. Desde su experiencia de la vida, que no es la que yo tengo, percibe cosas que yo no percibo.

Esto parece obvio. Sin embargo, en la práctica, los sectores académicos habitualmente no sacan las consecuencias de esta verdad elemental. Es evidente que la experiencia colectiva e histórica de los pobres, en la que se gesta una verdadera cultura, brinda una perspectiva diferente de la vida y del mundo que permite captar ciertos aspectos de la realidad. Ellos tienen un punto de vista, una precomprensión única e irrepetible que da origen a una cosmovisión, a una escala de valores, a una sabiduría acerca de la vida que también tiene derecho a formar parte del pensamiento de una sociedad, aunque se exprese de otra manera, con otros códigos, con un estilo y un lenguaje diversos.

Curiosamente, en ciertos ámbitos ilustrados católicos, se percibe una gran apertura al diálogo con otras culturas, con otras Religiones, con las ciencias. Pero se advierte al mismo tiempo una marcada resistencia a reconocer algún elemento rescatable en la cultura de nuestros pobres, como si el diálogo con ellos no pudiera aportar nada. En contra de esta tendencia, Juan Pablo II ha pedido desarrollar “la confianza en la acción escondida de la gracia que se manifiesta en los sencillos y en los pobres” (PdV 26).

Los pobres, a su modo, desarrollan algunos valores muchas veces de manera heroica. No obstante, no se trata de idealizarlos y de ignorar las deficiencias éticas que hay en muchos de ellos. Porque hay terribles condicionamientos propios de una persona que crece en la pobreza, relegada y excluida por la sociedad, llena de límites de todo tipo. Ya los Padres de la Iglesia respondían a la excusa de los ricos que destacaban los defectos de los pobres: “Cuando en este mundo vean algún miserable, no lo desprecien aunque encuentren en él algo digno de reprensión, porque tal vez estos que tienen costumbres que no son buenas, se curan precisamente con la misma medicina de la pobreza” (San Gregorio Magno, Homilías evangélicas II, 20, 3-4.10).

Por otra parte, lo vivido en nuestra Patria nos invita a revisar la idea de que en los sectores medios y altos de la sociedad se haya desarrollado una moralidad más elevada que en los sectores pobres. Pensemos en la escandalosa corrupción de los políticos, jueces, empresarios y banqueros, también de algunos eclesiásticos, sin olvidar el terror de los dictadores de otras épocas. Todos ellos son individuos bien alimentados y dotados de formación intelectual y profesional. Las faltas éticas de estos sectores medios y altos superan con creces los defectos morales de los más pobres, pero sin los múltiples atenuantes de una situación de miseria. Esto invita a desarrollar un mayor respeto ante los pobres, a quienes frecuentemente se ha acusado de los males de nuestra sociedad.

Pero sobre todo es imperioso que no caigamos nuevamente en el error de pretender ayudar a los pobres al margen o en contra de su cultura, de su religiosidad, de sus valores, de su cosmovisión. Sobre todo si pensamos en el Hijo de Dios, que amó al pobre hasta encarnarse haciéndose pobre, para redimirlo desde abajo y desde adentro.

Precisamente por esa razón he querido que avancemos en un proyecto de desarrollo junto con los curas que viven en los barrios de trabajadores pobres. Ellos conocen a la gente, son parte de sus vidas, viven con ellos. Por eso creo que sólo con ellos podremos ayudar a promover a los pobres desde su cultura y desde sus necesidades reales, y no tanto desde nuestros propios esquemas de clase media.

Por eso mismo, nuestra perspectiva es la misma que los “curas villeros” han propuesto en diversas ocasiones: no la erradicación de las “villas” sino la promoción desde adentro, hasta lograr finalmente su plena integración en el tejido social de la ciudad.

De ahí que, en este acuerdo de trabajo conjunto, queremos comenzar hoy escuchándolos a ellos, para que, a partir de esta escucha de sus necesidades y no tanto desde nuestra precomprensión, pensemos qué podemos ofrecer.

Nuestro sueño es muy ambicioso: la plena integración de los “villeros”, con su cultura específica, en el tejido social de la ciudad. Para ello no descartamos recoger el aporte de empresarios, de políticos y de diversos sectores sociales. Pero hemos acordado con los curas comenzar en agosto con un humilde servicio, que luego les explicará el Coordinador de Compromiso Social de la Universidad. Este servicio nos permitirá comenzar a estar presentes dentro de los barrios obreros, porque sólo desde alguna forma de presencia y cercanía física podremos ampliar nuestros objetivos y proyectos. Allí apunta el Documento de Aparecida cuando dice lo siguiente:
En esta época, suele suceder que defendemos demasiado nuestros espacios de privacidad y disfrute, y nos dejamos contagiar fácilmente por el consumismo individualista. Por eso, nuestra opción por los pobres corre el riesgo de quedarse en un plano teórico o meramente emotivo, sin verdadera incidencia en nuestros comportamientos y en nuestras decisiones […] Se nos pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación. No podemos olvidar que el mismo Jesús lo propuso con su modo de actuar y con sus palabras: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos” (Lc 14, 13). Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres” (DA 397-398).

Espero que a partir de esta reunión, escuchando las necesidades que ellos nos muestren, ustedes puedan acercar propuestas desde su lugar y desde sus disciplinas, y que el aporte de ustedes se realice con constancia, con perseverancia en la entrega y en la ofrenda, para que también así la vida de ustedes sea sanada, liberada y bendecida.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina