UCA

Discurso al Claustro docente de Rosario

Rosario, 27 de abril de 2010

Queridos amigos, queridas amigas de esta Sede de Rosario. Ustedes y yo somos parte de una Universidad Católica. Eso significa que estamos en un lugar donde debe producirse un precioso encuentro.

De hecho, esta palabra “encuentro” nos ayuda a ver cuál es la raíz de la identidad profunda de una Universidad Católica. Y podríamos decir que el encuentro que debe realizarse en esta casa tiene cinco dimensiones:

1) El primer encuentro

En primer lugar, nos marca y nos distingue el encuentro con un amor inmenso que nos sostiene. Sobre ese amor, dirigido a cada uno de ustedes, dice la Palabra: “Eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo” (Is 43, 4). Dios no dice que nos ama a pesar de nuestra mediocridad, nuestras oscuridades, nuestra fealdad. En esta afirmación con tres partes delimitadas, dice más bien que su amor tiene un fundamento en nosotros, en una belleza real que él mismo puso en cada uno de nosotros: “Eres precioso”. No hay seres humanos horribles, privados de toda belleza. En todos, aun detrás de muchas capas de cenizas, hay una perla preciosa, una hermosura que nada puede destruir. Es la belleza que a veces sólo el Creador puede percibir, y por eso dice: “Eres estimado”. Pero la relación que el Señor ofrece a cada uno de ustedes no es sólo la de un conocimiento, o sólo una especie de valoración mental. Es amor, es cariño, es ternura. Por eso concluye “y yo te amo”. Cuando uno se encuentra con ese amor, ya no necesita estar demostrándoles a los demás que tiene valor o que sirve para algo. Más allá de la forma como me miren los demás, yo soy precioso, soy estimado y soy infinitamente amado por alguien sumamente importante. Por eso puedo caminar por la calle con la frente alta más allá de lo que opinen los demás. Tengo derecho a estar en este mundo les guste o no les guste a los otros. Por lo tanto, ya no necesito gastar energías en la apariencia, y entonces puedo gastarlas en algo más útil. Si en esta Universidad todos viviéramos esa experiencia, se notaría que aquí hay algo diferente, que hay un “plus” profundamente atractivo.

También dice la Biblia: “Podrán correrse los montes y moverse las colinas, pero mi amor no se apartará de tu lado” (Is 54, 10). Vivimos en una época de mucha angustia, de tantas inseguridades y temores. Mucha gente vive con una especie de nudo en la garganta. Eso en realidad viene de una gran debilidad interior, de no estar firmes por dentro. Y entonces cualquier amenaza a la propia seguridad se vuelve terrible. Pero “podrán correrse los montes, que mi amor no se apartará de tu lado”. Si yo me entrego con confianza, puedo sentir que hay un amor inmenso que me sostiene, que me penetra, que me hace fuerte interiormente, y entonces puedo enfrentar lo que venga. Pase lo que pase, su amor no se aparta de mi lado, y pase lo que pase siempre se encenderá una luz, siempre habrá una salida, siempre podré encontrarle sentido a lo que me suceda. Siempre seré infinitamente amado.

Veamos otro texto bíblico bastante llamativo: “Tu Dios está en medio de ti, un poderoso salvador. Él grita de alegría por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo” (Sof 3, 17). Resulta extraño imaginar a Dios mismo gritando y bailando de alegría. Pero este texto bíblico muestra cómo es en realidad el corazón de Dios. Es alguien que, cuando nos dejamos encontrar por él, sigue siendo capaz de gritar, bailar y hacer fiesta de alegría. Así lo expresan también las parábolas del hijo pródigo, la oveja perdida y la moneda perdida (cf. Lc 15). En nuestra sociedad sólo los niños pequeños gritan y bailan de alegría ante un ser querido. Dios tampoco ha perdido esa capacidad espontánea de amar. Eso debería darle a nuestra fe cristiana una permanente cuota de sereno gozo en medio de las dificultades. Cuánto más si sabemos que Jesús vive entre nosotros, porque verdaderamente ha resucitado. Vive en el corazón de nuestra existencia como el aire, como la luz, como la vida.

Estos textos bíblicos, entre tantos otros que podríamos citar, nos recuerdan que en la base de nuestra identidad católica está la experiencia de un amor que nos sostiene en medio de las dificultades de la vida personal, pero también en medio de los problemas de la convivencia en esta casa, de las dificultades propias de la docencia, de la ingratitud de algunos alumnos, y de tantas cosas que pueden llegar a enturbiar y entristecer nuestra mirada. Todo esos problemas son verdaderos, pero más verdad todavía es que nuestra vida tiene sentido porque estamos envueltos, penetrados y sostenidos por un amor infinito que nos hace valiosos y esperanzados. Esa es la raíz profunda que está detrás de una Universidad Católica, más que una doctrina, más que un sistema moral. Lo ha dicho el mismo Papa Benedicto XVI cuando afirmó que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” (DCE 1).

2) El reconocimiento del otro

Ese es el primer encuentro que da sentido a una Universidad Católica. Pero si decíamos que lo que sintetiza todo es la palabra “encuentro”, ahora tenemos que agregar que el encuentro con el Padre exige el encuentro entre hermanos. En este sentido, la Biblia dice que “quien dice que está en la luz pero no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas” (1 Jn 2, 9), y que “nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3, 14). El que dice que ama a Dios pero no ama al hermano “es un mentiroso” (1 Jn 4, 20).

Es evidente entonces que el amor al hermano es la expresión externa indispensable del amor a Dios que guardamos en nuestro interior. Pero esta expresión debe consistir en actos “externos” de amor al hermano, y no sólo en sentimientos internos, ya que “si alguien vive en la abundancia y viendo a un hermano en la necesidad le cierra su corazón, ¿Cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos sólo con la lengua y de palabra, sino con obras” (1 Jn 3, 17-18).

Cuando hacemos una experiencia real del amor personal de Dios que es la fuente de nuestra propia dignidad, eso mismo nos permite mirar a los demás con otros ojos, y mirar detrás de la apariencia para reconocer el inmenso valor de cada ser humano. Cuando reconozco mi propio valor, más allá de mis errores y límites, me vuelvo capaz de levantar la cabeza para reconocer al otro que está allí: con sus angustias, con sus sueños, con sus propios proyectos que son tan legítimos como los míos. Él también tiene derecho a estar aquí, ella también tiene derecho a un lugar en este mundo.

Este encuentro con el otro impide que cada uno se encierre en un pequeño mundo de ideas parciales y de intereses mezquinos que nos cierran el panorama. Los miembros de una comunidad académica necesitamos una mirada amplia, nuestro pensamiento debe ser abierto y abarcador. Pero si no nos dejamos interpelar por los demás nuestras perspectivas se cierran y perdemos hasta la claridad de la mente.

Aquí no puede haber anonimato ni fragmentación. Este debe ser necesariamente un lugar de encuentro con los otros que se exprese en la escucha, el diálogo abierto, la confrontación de ideas, la apertura para desarrollar proyectos comunes.

Por eso mismo, cae por su propio peso que no podemos entender la Sede Rosario como la mera suma de tres Facultades completamente independientes. Eso sería perder una preciosa oportunidad de diálogo y de integración que tenemos como Universidad. Y la fragmentación desperdicia esfuerzos, dispersa energías, oscurece la mirada.

Por eso quiero conversar luego con los decanos para pensar en una estructura comunitaria, con representación de los docentes de las tres Facultades, en orden a cuidar y hacer crecer las preocupaciones, necesidades y proyectos comunes. Encontrémonos entre nosotros, para crecer juntos, porque “juntos es más fácil”.

3) Encuentro con la verdad

La encíclica Populorum Progressio, recientemente retomada por Benedicto XVI, enseñaba que “en los designios de Dios, cada ser humano está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo ser humano es una vocación” (PP 15). Entonces, tu preocupación por progresar en todo sentido, no es una debilidad tolerada por Dios. Al contrario, tus ganas de crecer y progresar son la respuesta a un llamado que tu Creador te hace. Él mismo te invita a desarrollarte en todas las dimensiones de tu existencia. Pero esto implica necesariamente tu desarrollo como ser pensante. Es decir, implica un encuentro personal tuyo con la verdad.

Cuando Dios te convoca al encuentro con él y a la misión, no te arranca la cabeza, no te mutila el cerebro, no enferma tu capacidad reflexiva, no destruye la facultad de pensar que él mismo creó en vos con infinito amor. Al contrario, promueve tu inteligencia para que, dentro de la fe y del amor se desarrolle plenamente.

Pero esto supone un tiempo de estudio constante de tu disciplina con calidad interior, en orden a seguir madurando hacia tu plenitud profesional. La búsqueda de la verdad es plena actividad. Es un receptivo abrirse a la realidad, pero con plena conciencia y entrega de sí, con deseo y altísima atención, como quien escucha al amigo con todo su interés.

Para sostener una actividad docente con calidad y gozo sapiencial hace falta mantener ese tiempo de búsqueda a veces árida pero siempre fecunda, donde se ruega, se clama, se piensa, se vuelve a pensar, se pide luz a Dios, se lee, se sufre, hasta que se enciende una pequeña luz, hasta que brota esa verdad que luego en una clase se dirá en una frase, o irá a parar a un breve párrafo de un apunte. Pero cuando en la clase uno expresa eso que le costó sangre descubrir, en esas pocas palabras se entrega la vida. Posiblemente eso será lo que quede dando vueltas dentro de los oyentes. Por eso, esas pocas palabras justifican el empeño del estudio y la investigación, muchas veces incomprendido. Más allá de los resultados inmediatos, esa entrega de amor seguramente dará frutos, aunque no se pueda saber cómo ni cuando.

4) El encuentro entre la fe y las ciencias

Pero para un académico universitario esta búsqueda realiza otro “encuentro” que quiero destacar: el encuentro de la fe con la cultura, especialmente con las ciencias. Tu fe cristiana no te quita nada de profesionalismo o de seriedad científica. Al contrario, abre tu mente para que puedas percibir los aspectos más profundos de la realidad y puedas entender mejor qué es el ser humano, cuál es el sentido de la vida, cuál es la finalidad de las cosas. Tu cosmovisión cristiana no destruye nada auténticamente humano, sino que lo fecunda y lo potencia.

¿Quién percibe mejor que un creyente qué es en realidad un ser humano, cuál es el sentido de la vida, para qué estamos en este mundo, cuál es el sentido del progreso tecnológico, o cuáles son las razones para procurar el bien común?

A su vez, el saber propio de cada ciencia permite a la Iglesia examinar “a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica” (ECE 15), de tal manera que la Iglesia no pierda ese indispensable contacto con el corazón de lo real, es decir, para que mantenga los pies en la tierra. Este servicio de la Universidad “permite a la Iglesia establecer un diálogo de fecundidad incomparable con todos los hombres de cualquier cultura” (ECE 6).

Cada uno de ustedes, en esta casa, está llamado a ofrecer su aporte en este diálogo entre la fe y las ciencias, para poder ofrecer a los alumnos una verdadera síntesis vital que les permita reconocer la belleza integradora de la cosmovisión cristiana.

En ningún lugar de la Iglesia, pero menos todavía en una Universidad Católica, tenemos derecho a separar la fe y las ciencias.

5) Encuentro con la sociedad de este lugar concreto de la tierra.

Finalmente, como comunidad universitaria, todos ustedes están llamados a producir otro encuentro precioso: el encuentro del saber que cultivan con la Sociedad Civil y con el Pueblo de esta región.

El amor de cada uno a su propio lugar es fidelidad a Dios, porque él nos regaló esta tierra y este pueblo como un don. Desde este lugar nos abrimos a los demás. No se es auténticamente universal sino desde el amor a la tierra, al lugar, a la gente y a la cultura donde uno está inserto. Porque no hay auténtico diálogo con los diferentes si uno no tiene una clara identidad personal, si no posee algo verdaderamente propio, si su conciencia es sólo un mezcla de ideas y experiencias que acoge indiscriminadamente. ¿Alguien sin identidad puede ofrecer a otro algo verdaderamente “personal”?

Lo mismo sucede cuando una persona no está arraigada en una cultura, en un lugar, cuando desconoce la misma tierra concreta que está pisando: ¿Desde dónde puede percibir los ricos matices de las variadas culturas, desde dónde puede acoger al diferente, desde donde puede pensar la diversidad?

Además, nada puede ofrecerle al país y al mundo alguien que no conoce ni valora a fondo el lugar que lo ha alimentado, alguien que no se dejó enriquecer por el espacio donde vivió la mayor parte de sus días. Se trataría de una falsa apertura a lo universal, provocada por la superficialidad de quien es incapaz de penetrar al fondo de su propio lugar, o por un resentimiento no resuelto ante la cultura de su propio pueblo.

Podemos amar al país y al mundo entero, dialogar, compartir, aprender de los otros y aportar nuestra riqueza al planeta. Pero cada uno tiene que amar y cuidar ante todo su propia tierra y preocuparse por su propio lugar, porque los demás no lo harán por él, así como cada uno tiene que amar y cuidar su propia casa para que no se venga abajo, porque no lo harán los vecinos. También el bien del país y del universo requiere que cada uno cuide, ame y desarrollo su propio lugar y le haga dar frutos de sabiduría, de maduración, de fecundidad.

Pero vale también lo contrario: nadie es sanamente local si no dejarse interpelar por lo que sucede en otras partes, sin dejarse enriquecer por otras culturas o sin solidarizarse con los dramas de otros. Nuestro amor a la propia ciudad no es la pobreza de las mentalidades cerradas que se clausuran obsesiva, terca y fanáticamente en unas pocas ideas, costumbres y seguridades, incapaces de admiración frente a la belleza que ofrece el país entero. Así, la vida local deja de ser auténticamente receptiva, ya no se deja completar por el otro. Por lo tanto, se limita en sus posibilidades de desarrollo, se vuelve estática y se enferma. Porque en realidad toda cultura sana es abierta y acogedora por naturaleza; incluye siempre valores de apertura. Mirándose a sí mismo con el punto de referencia del otro, mirándose desde lo diverso, cada uno puede reconocer mejor las peculiaridades de su propia tierra y de su cultura: sus riquezas, sus posibilidades y sus límites.

Pero en realidad, una sana apertura a los otros, que acoja los aportes externos, nunca atenta contra la propia identidad. ¿Por qué? Porque al enriquecerse con elementos provenientes de otros lugares, una cultura local no realiza una simple copia o una mera repetición, sino que integra las novedades “a su modo”. Esto provoca el nacimiento de una nueva síntesis que finalmente beneficia a todos.

Ustedes están llamados a realizar una preciosa síntesis que resulte del encuentro del saber que ustedes cultivan, iluminado por la fe, con la historia, las necesidades, las expectativas, la cultura de esta región. Así brotará algo único, realmente novedoso, un fruto maravilloso del Evangelio para el bien de los habitantes de Rosario, y de esa manera, la Universidad mostrará que el saber académico, iluminado por el Evangelio, es capaz de transformar maravillosamente la realidad. A esto están llamados todos ustedes como comunidad universitaria. Parece un objetivo demasiado exigente, pero nadie crece demasiado sin grandes sueños.

Como ven, la palabra “encuentro” sintetiza este programa de crecimiento integral que quiero proponerles. Que este sea un lugar de encuentro con Dios, con los otros, con la verdad, que sea un lugar de encuentro de la fe con la cultura y con esta región de Rosario que Dios les ha regalado como don. Por eso sería bueno que, en algunos lugares bien visibles, podamos tener carteles que digan: “UCA, lugar de encuentro”.

Que Dios los bendiga a todos y los vuelva fecundos.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina