UCA

Homilía del Miércoles de Cenizas

Buenos Aires, 2 de febrero de 2010

Queridos amigos, queridas amigas:

Es un gusto que podamos comenzar juntos esta Cuaresma. Cada uno podría comenzarla en la oscuridad y la soledad de su cuarto, como tantas cosas importantes que enfrentamos en soledad. Pero éste es un tiempo comunitario de purificación, de transformación, de liberación. Y este sentido comunitario le da una particular eficacia. Ya lo dijo Jesús: “Cuando dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos y lo que pidan será escuchado”.

La gracia que Dios derrama es comunitaria porque Dios mismo es comunidad. Si uno pudiera mirar el interior de Dios se encontraría con ese dinamismo de amor, de fuego compartido, una vida plena de tres Personas que lo dan y lo reciben todo permanentemente en esa felicidad que sólo brota del amor perfecto.

Cada uno de ustedes fue creado con ese modelo. Dios nos hizo semejantes a él, y por eso nosotros no nos realizamos sino en comunidad. La vida que Dios derrama en nosotros se asfixia y muere si no desarrollamos ese dinamismo comunitario. Por supuesto que cuesta, porque la vida comunitaria está hecha también de discusiones, de negociaciones difíciles, de diferencias que a veces se vuelven incomprensión, desilusión y angustia. Pero en nuestras raíces más íntimas no estamos hechos para el aislamiento. Sin los otros no podremos nunca tener un pensamiento claro, una sensibilidad sana, una vida realmente humana. Es verdad que “juntos es más fácil”.

De ahí que la Iglesia nos proponga un tiempo para convertirnos juntos, para recuperar con los otros el sentido de nuestra vida. No es evidentemente algo matemático, o que siempre se pueda verificar externamente. Si yo hago un camino de liberación interior y otro lo está haciendo conmigo, aunque no hablemos de lo que nos pasa, la transformación de uno incide misteriosamente en la vida del otro. Eso es lo que decimos en el Credo cuando confesamos: “creo en la comunión de los santos”.

En la vida del espíritu estamos compenetrados, misteriosamente entrelazados, y nada queda encerrado en la escondida intimidad del individuo. Nuestros hermanos budistas también vislumbran este misterio cuando dicen, por ejemplo, que cuando uno toca las aguas del mar, esa onda que se crea termina provocando algo en la otra orilla del océano, o cuando afirman que al arrancar una flor se estremece una estrella.

Nos guste o no estamos juntos, y lo que uno haga repercute silenciosamente en los otros. Podemos rechazar interiormente este misterio de la comunión espiritual, o podemos asumirlo. Entonces, sabremos que nada bueno que hagamos quedará sin fruto. Ninguna persona buena puede ser un fracasado.

Por eso me alegra que estén aquí todos ustedes. Más allá de las ganas que tengan, más allá del estado psicológico en que se encuentren ahora. Este inicio de la Cuaresma con un gesto comunitario fuerte, sin duda será una bendición para la Universidad y para cada uno de ustedes.

La Cuaresma no es un tiempo lúgubre, oscuro o triste. Al contrario, es un tiempo para recuperar la libertad interior y, por lo tanto, la verdadera alegría. En ese sentido, es un llamado a la conversión para vivir más y mejor.

La conversión aparece como un llamado interior cuando uno, en determinados momentos, siente como un nudo en la garganta y se pregunta: “Y yo, en definitiva, para qué vivo?”

En primer lugar se trata de convertirse a Dios. Aunque parezca obvio, en primer lugar hay que convertirse a él, volverse hacia él. Así lo decía San Pablo a sus comunidades: “…Ustedes se convirtieron a Dios, tras haber abandonado los ídolos, para servir a Dios vivo y verdadero” (1 Tes 1, 9).

Él es lo único sólido que permanece cuando todo se cae, la única seguridad última, la única garantía definitiva de sentido para cada uno de ustedes, hasta poder decir como Carlos de Foucauld: “Padre, me pongo en tus manos, con una infinita confianza”.

Que esta conversión esté lograda no se puede suponer ni siquiera en los catequistas o en los sacerdotes. Conviene decirlo, porque Dios es el sentido último de todo, pero puede no serlo en la práctica y en la experiencia.

En esta Universidad, por más católica que sea, puede haber personas que no estén muy convencidas del amor que Dios les tiene, o que escapan de su presencia, o que llevan su vida al margen de su relación personal con él como sentido último de su existencia. O han perdido la confianza en un Dios capaz de intervenir en la historia y dejan de acudir a él. O, inmersos acríticamente en el consumo de ofertas de bienestar, en la práctica terminan dispersos, perdiendo el interés por responder mejor al amor de Dios con la propia existencia. La figura de Jesús les resulta atractiva, pero se ha debilitado el sentido trascendente de la propia vida.

Por lo tanto, la invitación a volver a Dios nunca es superflua. Resuena en la Palabra de Dios que nos conmueve cada Miércoles de Cenizas: “¡Vuelvan a mi de todo corazón! … Desgarren sus corazones y no sus vestiduras. ¡Vuelvan al Señor su Dios!” (Jl 2, 12-13).

Haciéndolo no nos enfrentamos a un Dios vengativo, sino al único Dios que existe, el que ama, el que te dice en la Biblia: “tu eres precioso para mis ojos, y yo te amo”. “Podrán correrse los montes, pero mi amor, pase lo que pase, no se apartará de tu lado”. El que te promete: “Estaré contigo siempre, cuando todos se vayan”. A ese Padre volvemos hoy, a sus brazos.

Pero desde nuestra autocomprensión cristiana, la conversión a Dios es inseparablemente conversión a Jesucristo, y en el rostro de Jesucristo se nos revela el verdadero Dios. Viendo nacer, vivir y morir a Jesucristo podemos reconocer hasta dónde nos ama el Padre. Por eso creemos que “conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida” (DA 29). Con él se puede enfrentar cualquier cosa, y siempre hay una luz al final del camino. En ese sentido ha dicho el Papa que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética ó una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida” (DCE 1)

Somos sus discípulos, él es el modelo humano sin grietas ni sospechas. Ante su espejo de entrega plena podemos mirarnos cada día para saber cómo debe ser una vida humana. Pero además sabemos que él pasó por la angustia humana. Él entiende bien lo que es el fracaso, la soledad, la incomprensión, la desilusión. Probó hasta el límite el dolor de un corazón humano. Por eso, cada vez que sufrimos profundamente podemos arrodillarnos delante de una cruz, y llorar, sabiendo que estamos delante de alguien que comprende hasta el fondo lo que nos pasa y que, además nos salvó con su propia sangre, puede sostenernos con sus brazos fuertes y darle un para qué a cualquier cosa que nos suceda.

Ahora, cuando uno lee el Evangelio ve que la conversión a Jesucristo es también conversión a su Reino, que es inseparable de su persona y de su misión: “Busquen ante todo el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá solo” (Mt 6, 33).

Hablar de conversión personal al Reino es hablar de la dimensión comunitaria de la conversión. Como dice el CDSI “Dios en Cristo no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los seres humanos” Compendio Doctrina Social de la Iglesia, 52

Por eso la conversión a Jesucristo es siempre al mismo tiempo conversión al hermano. Es volver a levantar la cabeza para reconocer al otro, que está ahí con sus propias angustas, con sus sueños, con sus esperanzas, con sus necesidades, con sus pasiones, con sus ideas, con sus proyectos. Y sin duda, no habrá conversión verdadera hasta que yo no me haga capaz de sufrir por los otros y de sufrir con ellos. Existe mi sed, pero también existe la sed de mi hermano. Existe mi cansancio, que es muy real, pero también es real el cansancio de mi hermano.

Esta conversión comunitaria es mucho más que una negociación para coexistir, o un pacto de no agresión, o una suerte de distribución de tareas para que todos hagan lo que les parezca sin molestarse. Justamente para diferenciarla de esta mera tolerancia mutua, se llama “conversión” comunitaria, y la palabra “conversión” remite a una comunión sincera, profundamente querida y asumida, cimentada en la verdad, es decir, en el reconocimiento de la realidad de las diferencias con todo el dolor y el coraje que ello implique. Es salir de mi autismo espiritual y volverme realmente hacia el otro.

Hoy también se habla de una conversión social. Y hay que decirlo, porque la conversión fraterna a la que nos referimos, podría quedar reducida a una autocontemplación grupal, a un reposado encuentro con amigos o parientes agradables. De ahí que convenga explicitar su expansivo aspecto “social”, que es un compromiso público para transformar la sociedad.

Es el caso de Teresa de Calcuta, por ejemplo. Durante la primera parte de su vida no se puede afirmar que su entrega creyente no haya sido sincera, que no haya estado convertida a Jesucristo, o que su fe era individualista. Pero sólo a partir de un determinado momento adquirió una conciencia clara de las exigencias sociales del Evangelio, se liberó de los límites que contenían su fuerza misericordiosa, y se produjo su “conversión social”. Fíjense cómo la expresaba Juan Pablo II: “Convertirse al Evangelio para el pueblo cristiano que vive en América, significa revisar todos los ambientes y dimensiones de su vida, especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común” (EA 27).

Finalmente, la conversión cristiana debe ser siempre de alguna manera una conversión misionera. Es decir, un cambio profundo que nos lleve a apasionarnos por comunicar lo que hemos recibido en la fe. Nuestra fe es preciosa, ha sido durante 2000 capaz de cautivar, de sanar, de liberar, de dar sentido a tanta gente. Por eso es un tesoro que no debe ocultarse, de algún modo tiene que ser compartido.

No se trata de volverse predicadores insoportables, pero sí humildes servidores de un banquete que se ofrece sin imposición alguna, y que debe ser presentado de tal manera que no se opaque su propia hermosura. Si hemos vivido inclinados a ocultar nuestra fe, aun en esta casa, si nos hemos dejado engañar creyendo que todo es digno de ser comunicado menos el Evangelio, necesitamos urgente una conversión misionera.

Estos son los aspectos de la conversión de cada uno de ustedes, pero que tendrían que impregnar también toda nuestra vida universitaria en un camino de renovación y de liberación comunitaria. Hoy hemos venido juntos a pedirle al Señor que él nos regale esa conversión tan profunda que nunca podremos alcanzar sin su gracia.

A continuación cada uno de ustedes va a recibir las cenizas bendecidas en la frente. Esto es en definitiva una bendición para que puedan comenzar un camino de cambio y renovación. Pero mientras se acerquen a recibir esta bendición, cada uno de ustedes vendrá también reconociendo que es polvo. Esta es una inmensa liberación interior, arrancarse del corazón la idea de que uno es todopoderoso, de que debe ser Dios, de que es superman. Soy polvo, y vuelvo al polvo. ¿Qué lugar va a ocupar cada uno de ustedes en los libros de historia de la humanidad dentro de 100 años? Nada. Entonces, ¿para qué angustiarse por lo que digan? ¿Que va a quedar de vos dentro de 100 años? Cenizas que nadie recuerde. ¡Qué maravilloso reconocerme polvo! No tengo que estar más pendiente de mí mismo. ¡Qué impagable libertad!

En todo caso, tendré que entregarme entero, dejar brotar lo mejor de mí mismo, para que ese dinamismo de mi entrega impregne el universo para siempre.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina