UCA

Anuncio del Rector al inicio del año

Buenos Aires, 16 de febrero de 2010

Queridos amigos, queridas amigas:

Aunque no hemos realizado un acto público de asunción del Rector y los Vicerrectores, quiero aprovechar el inicio de la Cuaresma para enviarles un mensaje que oriente de alguna manera nuestra marcha comunitaria. En la Misa de Cenizas ofreceré una reflexión más breve, por lo cual preferí enviarles por este medio algunas consideraciones más desarrolladas.

Quisiera estar al servicio de la vida que late y crece en esta Universidad. Me ofrezco a Dios como instrumento para cuidar y alentar tantas cosas buenas, tantos carismas y dones, tantos sueños legítimos que anidan en este lugar.

Es verdad que la UCA creció, en muchos sentidos, y agradezco a todos los que ofrecieron su esfuerzo y sus ganas al servicio de la Universidad. Además, me alegra percibir que aquí hay una inmensa riqueza humana y cristiana.

Amo la verdad, el bien y la belleza que Dios ha derramado en todos ustedes, y quisiera que en esta casa se refleje cada vez mejor la diversidad que el Espíritu siembra en el mundo y en la Iglesia. Mi sueño es que cada uno de ustedes pueda responderle a Dios con la excelencia, desarrollando lo mejor de sí mismo, dejando emerger todo su potencial sin miedos. Porque, como dice Ex Corde Ecclesiae, la Iglesia “reconoce también la libertad académica de cada estudioso en la disciplina de su competencia” (ECE 29). Si cada uno de ustedes se desarrolla y se vuelve fecundo, entonces la UCA crece, más allá de la corriente de pensamiento que cada uno asuma. Por eso, cualquiera que trabaje con seriedad, honestidad, contracción, responsabilidad y amor a la verdad, sea bienvenido. Y si hay más diversidad que la que tenemos ahora, mejor todavía. Atrevámonos a respetar y a valorar esa diversidad, porque es Dios quien la ha querido, como un reflejo de su inagotable riqueza. Con admirable claridad lo enseña Tomás de Aquino en su tratado sobre la Creación.

Fieles a esta convicción, nuestro camino será no solamente respetarnos, sino apreciarnos, valorarnos y estimularnos mutuamente. Todo lo que asciende converge, o, en palabras de Juan Pablo II, todos los saberes “deben converger en el descubrimiento de una sola realidad total”. Juan Pablo II, Mensaje sobre Galileo, 09/05/1983, 3. Este es uno de los criterios que debería regirlo todo en una Universidad, también la investigación. Por eso sueño con proyectos comunitarios de investigación que produzcan resultados significativos para la sociedad como fruto de un camino que no se quede sólo en la mutua escucha y que prospere como una fecunda interrelación e integración.

Para que esa diversidad reconciliada sea posible en esta casa, hace falta amor. Parece obvio, pero nunca hay que darlo por supuesto. Hay que aceptar el llamado de Dios a una conversión que cure todo deseo de eliminar al otro. Dice la Biblia que quien no ama a su hermano “vive en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va” (1 Jn 2, 11).

Esto no es romanticismo barato, es el corazón de la voluntad de Dios para nuestras vidas, es el sueño que hay que recuperar una y otra vez en contra de todo. Por más que alguien se sienta dueño de la verdad y poseedor de una luz intelectual, si no ama camina en las tinieblas y ha perdido toda orientación en la existencia.

Discutamos todo lo que haga falta, entreguémonos con pasión en la búsqueda del bien común, pero sin perder esa mirada sapiencial, capaz de trascender la superficie para reconocer en el otro a un hermano. Cuidémonos y alentémonos unos a otros, porque el verdadero amor, que se toma en serio el valor del otro, siempre promueve, siempre estimula, alienta, fecunda el humus del otro.

Detrás de nuestra convicción sobre la necesidad del aporte original de cada uno de ustedes hay otra convicción que la sostiene: me refiero a la concepción cristiana sobre el valor infinito de cada ser humano, de cada uno de ustedes. En ese sentido quiero recoger una expresión que Juan Pablo II dirigió a un grupo de personas con discapacidades, cuando les dijo: “Dios nos ha mostrado de modo insuperable cómo ama a cada ser humano, y con ello le confiere una dignidad infinita”. Juan Pablo II, Mensaje a los discapacitados, Angelus, 16/11/1980.

En esta línea, creo que, atravesando la variedad de orientaciones doctrinales que hay en esta casa, compartimos un pensamiento humanista que nos une a todos, y que permite integrar nuestros variados intereses. Es lo que Ex Corde Ecclesiae llama “una especie de humanismo universal” que guía a la Universidad en la “búsqueda de todos los aspectos de la verdad” (ECE 4). A todos nos interesa que el saber académico termine transformando la vida de las personas y ayudando a que cada persona humana en esta sociedad viva de acuerdo con su inmensa dignidad. La inspiración cristiana de esta Universidad no atenta contra esta convicción, sino que la alimenta de maneras insospechadas.

De hecho, Hegel atribuye al cristianismo esta idea de que “el sujeto tiene una importancia infinita” (Rel III, 134, 1124). Es decir, el origen de la convicción sobre la dignidad de cada persona humana, indispensable para entender el fundamento de los derechos humanos, está en ese pensamiento cristiano (Enc § 482 N).

Esto tiene grandes consecuencias existenciales. Cada uno de ustedes es la mediación para que los demás, en esta casa, redescubran el valor inmenso de su dignidad. Cada uno de nuestros alumnos, cada empleado debería poder percibirlo aquí gracias a los demás miembros de la comunidad universitaria. Y en medio de nuestra sociedad, la UCA debería seguir aportando pensamiento y mediaciones que ayuden a que las personas vivan de acuerdo con esa dignidad y den lo mejor de sí sin necesidad de envidiar a nadie, porque su riqueza personal con todas sus características peculiares ha sido querida por un Dios amante. Como dice un viejo proverbio zen: “La rosa es perfecta como rosa, el lirio es perfecto como lirio. Cada individuo es el mejor del mundo. La obligación de cada uno es sacar a la luz lo mejor de sí”.

Siendo así las cosas, el desarrollo de cada persona para el bien de todos ya no es sólo un derecho personal, sino una respuesta a Dios, que le da gloria. Me interesa resaltarlo, porque para mí una Universidad viva es un lugar donde todos pueden desarrollarse en un perfil propio, enriqueciendo así el bien común. Es, por excelencia, un lugar de crecimiento y maduración de los sujetos que la integran. Se trata de la enseñanza que nos dejó la Populorum Progressio que con tanta contundencia ha rescatado Benedicto XVI en su última encíclica: “En los designios de Dios, cada ser humano está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo ser humano es una vocación” (PP 15). Es un llamado para que toda la propia persona, en todas sus dimensiones pase “de condiciones menos humanas a condiciones más humanas” (PP 20).

Nuestro Papa, al retomar aquella venerable encíclica, recuerda que este desarrollo de cada uno requiere que se cumplan dos condiciones, la libertad y el amor.
Por una parte, “sólo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente humano; sólo en un régimen de libertad responsable puede crecer de manera adecuada” (CiV 17). Por eso esta casa tiene que ser siempre un ambiente de sana libertad para pensar y crear.

Por otro lado, dice el Papa, “la visión del desarrollo como vocación, comporta que su centro sea la caridad” (CiV 19). Me desarrollo para los otros y al mismo tiempo, por amor, estoy llamado a promover el desarrollo pleno de los otros (cf. PP 14 .42).

Si esto tiene como punto de partida un llamado de Dios, entonces la búsqueda de la excelencia y del propio desarrollo no es un egoísmo tolerable, sino una respuesta amorosa a ese Dios que ama y eleva a cada persona para que aporte su bien a un bien más grande. Así, los pequeños esfuerzos, los logros más simples, los diminutos avances que logremos, adquieren una dimensión inmensa que nos libera de la abulia, de la desgana, de la pusilanimidad. Desarrollar mis capacidades para ayudar a una sola persona a vivir con más dignidad ya justifica la entrega de la propia vida en esta casa.

Me gusta hablar del “Rectorado”, y no tanto de mi persona, porque me interesa una gestión comunitaria, que incorpore a los colaboradores inmediatos, al Gran Canciller y a los demás Obispos de la Comisión Episcopal para la UCA, con quienes consulto las decisiones importantes, en una constante escucha de las preocupaciones de todos. Los tres Vicerrectores son canales para que ustedes puedan acercar sus inquietudes. También lo es la autoevaluación institucional que está en curso, y tendremos otros varios canales de participación. Por ejemplo, las votaciones para vicedecanos en dos Facultades, que ya tienen fecha, o las próximas elecciones para decano en Paraná. Además, instrumentaremos otros mecanismos de escucha. Quiero recordar un sencillo canal abierto, permanente y fácilmente accesible, que muchos ya han utilizado. Es una casilla de correo electrónico que se llama consulta@uca.edu.ar. Allí pueden escribir con plena libertad y espontaneidad todos los que quieran: profesores, alumnos, empleados, para hacer llegar brevemente alguna preocupación o sugerencia de cualquier tipo. Si los aportes son breves y directos, tendré personas de confianza que me ayudarán a leerlos para dar cauce a lo que sea razonable y factible. Todos los mensajes que he recibido hasta ahora me han ayudado de alguna manera para conocer parte de las dificultades que hay que ir resolviendo, aunque en una institución de estas dimensiones todo lleva su tiempo y no siempre es fácil encontrar rápidamente los canales adecuados.

Ahora no puedo dejar de destacar algo que forma parte de mis inquietudes más íntimas: me refiero a la Universidad como espacio privilegiado para el diálogo de la Iglesia con la cultura. Sobre este diálogo, dice Ex Corde Ecclesiae que es “el sector vital en el que se juega el destino de la Iglesia y del mundo” (ECE 3). Este documento que sigue rigiendo nuestra vida universitaria, se refiere insistentemente a ese diálogo, indicando que la Universidad Católica es “cada vez más necesaria para el encuentro de la Iglesia con el desarrollo de las ciencias y con las culturas de nuestro tiempo” (ECE 10). La tarea de nuestros investigadores de diversas ciencias permite a la Iglesia examinar “a fondo la realidad con los métodos propios de cada disciplina académica” (ECE 15), de tal manera que la Iglesia no pierda ese indispensable contacto con el corazón de lo real, es decir, para que mantenga los pies en la tierra. Este servicio de la Universidad “permite a la Iglesia establecer un diálogo de fecundidad incomparable con todos los hombres de cualquier cultura” (ECE 6).

En el inicio de una nueva etapa tenemos que preguntarnos si nuestra Universidad no debe brillar todavía más en este camino de diálogo amplio y significativo con la cultura actual en sus más diversas manifestaciones. Si no queremos hablar trasnochadamente al vacío, tenemos que reconocer que no basta decir verdades, sino expresarlas de tal modo que puedan volverse significativas para el pueblo, para la sociedad, recogiendo las trazas de sabiduría que el Espíritu siembra por todas partes.

Por otra parte, si queremos ser una verdadera “Universitas”, nuestros interlocutores no pueden ser solamente los sectores ilustrados de la sociedad. En ese caso, nos veríamos expuestos a un peligroso eclipse. Porque los pobres, los sufrientes, los excluidos, desde esa experiencia peculiar del límite, ven cosas, desde su perspectiva perciben aspectos de la realidad que no se perciben tan claramente desde las situaciones de comodidad y de seguridad. Cabe recoger aquí aquella convicción de Gadamer, para quien cualquier experiencia vital no es un prejuicio que haya que apartar en una especie de tabula rasa, sino un punto de vista y un camino de acceso a la verdad. Por eso, en nuestra búsqueda sapiencial hace falta permanentemente incorporar esa perspectiva desde el no-poder.

Este es el sentido de mi preocupación por acrecentar el compromiso social de la UCA, proponiéndoles que nos hagamos presentes, tanto alumnos como docentes e investigadores, en una villa de la ciudad. He conversado varias veces este proyecto con el Gran Canciller. Allí procuraremos aunar esfuerzos para que nuestra fe y nuestra ciencia produzcan algún impacto visible de promoción social. Pero al mismo tiempo, un contacto más directo con los pobres nos permitirá crecer en la auténtica sabiduría, puesto que nos abrirá a una contemplación más perfecta de la realidad, y no sólo de nuestro pequeño mundo.

La perspectiva del diálogo con la cultura permite reconocer que la Universidad no es ni un monasterio ni un centro de marketing. No es un grupo cerrado de pensadores que se empeña en conservar un espacio de poder para retroalimentar siempre lo mismo. De ese modo se convertiría en un instituto terciario con un grupo de profesores dedicados, sin incidencia en la sociedad, sin capacidad alguna para transformar la realidad a la luz de la verdad reflexionada. Estaría renunciando a su misión de ser, en el corazón de la sociedad, una suerte de manantial de pensamiento vivo, de creatividad, de dinamismos sociales, de renovación y de utopía.
Pero tampoco podemos pensar la Universidad como si fuera una estructura meramente centrífuga, obsesionada por tener un lugar en el espacio público, descuidando las dimensiones más profundas de la verdad sólo porque no producen un reconocimiento social o no son aplaudidas en los medios.

Creo que nos hace falta una síntesis entre estos y otros aspectos de la investigación universitaria, para lo cual pronto tendremos un Consejo de Investigaciones representativo de la variedad de intereses y perspectivas que hay en esta Universidad, en la Iglesia y en la Sociedad.

Este Consejo deberá animar no sólo el diálogo sino, más específicamente, el “debate” que nos debemos. La Universidad es un ámbito de académicos, que deben estar siempre expuestos a una sana confrontación que estimule el desarrollo del pensamiento y los libere de procesos endogámicos.

Para ir terminando, estimadas y estimados, respeto profundamente a los no católicos y no creyentes que integran esta Universidad. Siéntanse cordialmente acogidos. Pero quiero decirles que yo soy creyente, y la fe me invadió el corazón desde mi infancia. Recibí esa fe sin resistencias, como un precioso don sobrenatural que ni mis padres ni el cura del pueblo me impusieron en modo alguno.

Por eso no quiero que en una Universidad Católica vivamos al margen de esa fe. Confieso ante ustedes que confío ante todo en el amor incondicional del Dios Padre, y creo que es verdad lo que él me dice en la Biblia: “Podrán correrse los montes y moverse las colinas, pero mi amor no se apartará de tu lado” (Is 54, 10). Le pido a él que cada miembro de esta Universidad pueda hacerse fuerte en esa experiencia de amor que sostiene. Porque ese amor no disminuye a nadie, sino que potencia todo lo bueno y moviliza una vida fecunda.

Creo en Jesucristo, y lo admiro. Soy discípulo del Dios hecho carne, metido hasta las entrañas de este mundo, y cercano a todos. Por eso, nada que sea humano me resulta indiferente. Me cautivó alguien que, siendo Dios, comía con los pecadores, se acercaba al ciego del camino, tocaba a los leprosos y se sentaba junto al pozo con la samaritana despreciada. Él mismo es el Logos, la belleza que deslumbra, la verdad que ilumina, la palabra que orienta. Es la verdad que se refleja en cualquier otra verdad y la convoca a su plenitud. Por eso como ha dicho el Papa Benedicto, la Iglesia está “abierta a la verdad, de cualquier saber que provenga”. Y “acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a menudo se encuentra, y se hace su portadora” (CiV 9). La auténtica fe católica no contradice nada que sea valioso en este mundo. Por eso, precisamente por mi fe en Jesucristo, quisiera acompañar cualquier inquietud por lo que sea justo, bello, digno o verdadero.

Y así como creo en el Logos hecho carne, también creo en el Espíritu Santo, que es vida, potencia de amor en el mundo, fortaleza y empuje. Le pido que sople en este lugar para que se llene de su dinamismo divino. Bajo su aliento quiero acoger la renovación que propuso la Conferencia de Aparecida, que en definitiva es la propuesta de orientar todo como una misión para el bien de los demás. En medio de este mundo que nos encierra en la búsqueda de comodidades e intereses mezquinos, que nos aísla y que nos asfixia también a los creyentes, atrevámonos a recuperar el sueño de la fraternidad, del reconocimiento del otro, de la vida comunitaria, del servicio generoso y gratuito, de la salida de sí. Esa renovación debe llevar también a abandonar toda estructura que sea caduca, en cuanto ya no es cauce de vida, de crecimiento, de fecundidad (cf. DA 365). No olvidemos que ya en Ex Corde Ecclesiae se sostenía que “las Universidades católicas están llamadas a una continua renovación” (ECE 7). También aquí, como en cualquier realidad humana y eclesial, habrá constantemente cosas que reformar. Es natural que así sea, y si el discernimiento comunitario nos lleva a eso, lo haremos juntos bajo el impulso del Espíritu.

Ustedes tienen muchas dificultades relacionadas con problemas operativos, económicos y necesidades no resueltas. Que no hayan recibido una respuesta inmediata no significa que no haya gente ocupándose seria y constantemente. Hay decisiones que requieren de mucha ponderación y prudencia, porque todo tiene consecuencias. Sepan que, en todo caso, se procura cuidar el bien común presente y futuro de este lugar que nos cobija a todos.

En esta Cuaresma pido sinceramente a Dios que conceda a todos ustedes lo que más necesiten, que los alivie en sus preocupaciones, que los ilumine y los proteja. Y que nuestra Madre del cielo nos acompañe.

Pbro. Dr. Víctor Manuel Fernández
Rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina