De la Frontera a la Villa de Luján - Los comienzos de la gran basílica

Presentación del autor

De la Frontera a la Villa de Luján - Los comienzos de la gran basílica
De la Frontera a la Villa de Luján - Los comienzos de la gran basílica

Al escribir estos párrafos finales están presentes en mí memoria sentimientos aunados de asombro y agradecimiento que reclaman los exprese con sinceridad y sencillez. Este proyecto de investigación, referido a la vida y obra del casi desconocido lazarista Jorge María Salvaire, a quien le he devuelto el merecidísimo título del Gran Capellán de la Virgen de Luján, lleva en su desarrollo catorce largos años. Por tanto, cómo no llenarme de asombro al ver publicado el último tomo de una obra que siendo joven sacerdote me propuse escribir no bien concluyera el doctorado y reuniera las fuentes informativas indispensables.

Concluye ahora una labor historiográfica extensa y paciente que forma parte de los recuerdos más gratos de mi vida académica, pues disfruté realmente cada uno de los tramos de la misma al cobrar realidad mis intuiciones y propósitos iniciales. Al punto de poder decir con toda franqueza que la fatiga que acompaña de suyo la compulsa documental, junto con la rutina de ser fiel a consignar por escrito cuanto se cree de interés, se vieron compensadas en abundancia por la íntima e intraducible satisfacción que se apodera del historiador por los frutos de las perseverantes pesquisas y de los hallazgos inesperados, que le permiten elaborar las interpretaciones oportunas y luminosas de muchos hechos y circunstancias difíciles de desentrañar en un comienzo.

Quedan atrás los esfuerzos puestos en la redacción de los originales, entregados a la imprenta cada dos o tres años; las largas horas pasadas en archivos y bibliotecas; los viajes y encuentros con personas entendidas que fueron abriendo el camino de la investigación, para que llegara a buen puerto; las incontables cartas, notas y correos electrónicos enviados para conseguir la pista de un documento, una referencia bibliográfica, un mapa o una fotografía; y también los momentos de incertidumbre y ansiedad cuando no alcanzaba a corroborar documentalmente un convencimiento o una explicación que creía pertinentes.

Ahora sólo resta alegrarme al ver en mi biblioteca y en manos de muchos lectores los cuatros gruesos tomos que atesoran el trabajo de tantos años. ¡Cómo no sorprenderme entonces de ello! En este sentido dos locuciones de cuño popular, empleadas para referirse al cumplimiento final de algún desafío importante, expresan más ajustadamente lo que intento sin mucha suerte trasmitir: “¡me parece mentira!”, escuchamos decir muchas veces ; o “¡me parece un sueño el haberlo hecho”, otras. Pero en mi caso, desde los anaqueles los cuatro tomos me repiten, para que salga de la ensoñación: ¡no, no se trata de una mentira ni de un sueño, ¡son más de tres mil páginas escritas y publicadas!

Frente a esta comprobación tengo que alzar forzosamente mis ojos al buen Dios, en señal de agradecimiento, como corresponde a todo historiador cristiano que desde la fe contempla el devenir de los días y los años, sobre su propia vida y la de los demás. Soy plenamente conciente que fue su gracia y su constante iluminación las que fortalecieron el propósito inicial y el cumplimiento de cada una de las actividades y etapas del proyecto. Más de una vez experimenté que su mano paternal tocaba cuanta documentación y prueba iba reuniendo; y cuanta página alcanzaba a escribir. Incluso su ayuda providente, que se expresó en la colaboración de tantas personas amigas y conocidas, hizo posible a lo largo de estos diez años la publicación de la totalidad de la obra, contando desde la aparición del primer tomo en 1998.

Y, por último, un comentario que puede ayudar a entender la razón última que me llevó a escribir sobre el P. Salvaire, más allá del gran cariño y admiración que le guardo. Hay algo muy profundo y misterioso que me une a él, y espero poder expresárselo también un día en el cielo: el tierno y filial amor a la Virgen de Luján. Por cierto el de él, inconmensurablemente mayor que el mío, pero ambos sinceros, encendidos y misioneros de su bendito nombre.

Él, allá por 1871, al finalizar la gran epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, fue llevado providencialmente a conocer la Sagrada Imagen, por entonces ubicada en el camarín del antiguo Santuario; y quedó prendado para siempre de la ternura de su rostro, particularmente de sus luminosos ojos; y para Ella vivió y trabajo desde ese preciso e inolvidable encuentro.

En mi caso, salvadas las diferencias entre personas y circunstancias, en 1946, al cumplir un año de edad, fui llevado en brazos de mi madre, Amalia Petrona, hasta el camarín de la Basílica con el propósito de consagrarme a la “Virgencita de Luján”, para contar siempre con su maternal bendición y sus inapreciables cuidados frente a los avatares y peligros que me deparara la vida.

A su vez, mi querida madre cumplió una promesa común por entonces entre las mujeres devotas: cortarse su largo cabello y en forma de trenzas depositarlo a sus pies. En esa oportunidad, de paso por Buenos Aires, la acompañó hasta Luján su hermano menor, Enrique; y de ambos recibí idéntico relato.

De allí en más la devoción a la Virgen de Luján, recibida de los labios maternos, fue y es parte vital del tejido de mi existencia cristiana. Nunca olvidaré la profunda emoción que experimenté, allá por 1952, cuando niño de ocho años, cursando segundo grado de la escuela primaria, en la localidad bonaerense de Carlos María Naón, pronuncié una sentida poesía a la Virgen de Luján en ocasión de la colocación de su Imagen en la estación ferroviaria, campaña de difusión mariana que por entonces realizaba monseñor Anunciado Serafini, obispo de Mercedes, a nivel nacional, en razón de haber sido declarada la Virgen de Luján patrona de los ferrocarriles argentinos.

Años después, a concluir el secundario en Carmen de Areco, consagré a Ella mi ingreso al Seminario Diocesano Pío XII y mi entera vocación sacerdotal. En julio de 1972, tras mi ordenación como diácono, mientras concluía los estudios teológicos, también guiado por una mano providencial, ejercí dicho ministerio en la Basílica, los fines de semana; y en su altar mayor celebré la primera Misa el 11 de diciembre de dicho año.

De allí en más, por espacio de tres años, a la par de cursar la licenciatura y el primer año del doctorado en la Facultad de Teología de la UCA, seguí colaborando en la atención pastoral de los peregrinos. Fue precisamente en estas circunstancias que descubrí la señera figura del P. Salvaire de boca de lazaristas a quienes ayudaba de viernes a domingo: los padres Bernardo Landaburu, Juan Guerault, Rafael Carranza, Oreste dal Castagne, Horacio Palacios, Simeón Domeño,Ventura Sarasola, Juan González, entre otros.

Y reconozco que desde aquellos inolvidables momentos quedé prendado de la persona P. Salvaire y fascinado de cuanto había hecho por ensalzar a la Virgen de Luján. Fue entonces que me dije a mi mismo, caminando por la inmensa Basílica: si el P. Salvaire hizo tanto por la Virgen de Luján, hasta entregarle el último aliento de su propia vida; y si me une a él la misma devoción, cómo no voy a tratar de hacer todo lo que esté a mi alcance para que otros lo conozcan y valoren entonces su emblemática obra apostólica y mariana.

Considero que ese fue el momento justo para desplegar el sueño de escribir, pues eran los años en que monseñor Carmelo Juan Giaquinta, luego arzobispo emérito de Resistencia (Chaco), mi maestro y padre espiritual en muchos aspectos, había despertado en mi, no sin certera intuición, la vocación de historiador eclesiástico, poniendo a mi alcance los medios necesarios que garantizaran una buena y sólida formación.

Pero el acicate último que me decidió a publicar fue la proximidad del centenario de la muerte del P. Salvaire, en 1999. Pensé que no podía pasar por alto dicha fecha sin la publicación de un estudio de cierta envergadura cuya difusión permitiera actualizar su relegada figura, prácticamente ausente incluso en la memoria de los lujanenses, con el fin de arrancarla del olvido en el que la ingratitud humana suele sumir a los grandes hombres. Fue así que a fines de 1998, apareció el primer tomo, bajo el título El Padre Jorge María Salvaire y la familia Lazos de Villa Nueva. Un episodio de cautivos en Leubucó y Salinas Grandes. En los orígenes de la Basílica de Luján (1866-1875).

He aquí, pues, explicado el origen y el sentido de la obra que en un momento fue pensada y anunciada como una “trilogía”, pero que al aumentar el tamaño del tomo tercero, por consejo de la imprenta, fue desdoblado en dos, dando lugar así a una “cuatrilogía”, si es posible hablar en estos términos. Por tanto, reiteramos en esta oportunidad los agradecimientos a personas e instituciones que figuran en De la Frontera a la Villa de Luján. El Gran Capellán de la Virgen (1876-1889).

Si bien en esta ocasión corresponde incluir un particular reconocimiento a dos sacerdotes irlandeses, generosos colaboradores en la edición del presente tomo: Thomas Hurley, P.P. (Templeglantine) y Michael Harrington, Canon (Cork), que conocieron el proyecto de publicación a través de las gestiones del P. Tomás O´Donell, viceprovincial de los Padres Palotinos y actual cura párroco de la Iglesia de San Patricio de Mercedes (Bs. As.).

Entrego el presente libro a los lectores con la esperanza de motivarlos a realizar una próxima visita a la ciudad de Luján para contemplar una vez más la gran obra “salveriana”, que sólo viéndola con los propios ojos adquiere la grandeza y majestuosidad que le son propias.

Juan Guillermo Durán Jáuregui

Navidad de 2008