Grupo de diálogo e investigación Cristológica

En esta propuesta se comparte las tres formas de cristología: histórica, filosófica y dogmática, que presenta O. Gonzalez de Cardedal (Gonzalez de Cardedal,O. Fundamentos de Cristología. Madrid, 2005 pág. 467).

La cristología histórica tiene como objeto la fijación e intelección de los hechos: génesis de Jesús, desarrollo y concatenación de causas, evolución psicológica del personaje, repercusión posterior. La historia, la geografía, la arqueología, la lingüística, la literatura son las ciencias auxiliares necesarias para esta comprensión que tienden a determinar el hecho de Jesús, fundado en el Nuevo Testamento. Esta tarea la realizan los investigadores en el Seminario de Jesús Histórico de nuestra Facultad.

La cristología filosófica se preocupa del principio o símbolo cristológico, es decir, de la idea de Cristo. Entendemos por estos términos el sentido ético, la ejemplaridad humana de Jesús y la realización de un proyecto moral; y el sentido metafísico, la unión de lo divino con lo humano, de lo absoluto intemporal con lo particular temporal.

La cristología dogmática o sistemática da por supuesto los hechos acontecidos en el origen. Parte de la confesión de la Fe en Jesucristo, su único Hijo Nuestro Señor, y busca comprender cómo ha tenido lugar de hecho la unión entre Dios y el hombre, indagando la posibilidad de que ello fuera así. Y todo esto lo hace leyendo e interpretando la historia personal de Jesús.

La cristología es la reflexión sistemática que desde dentro de la comunidad hacen los creyentes sobre la persona de Jesús que vivió y pervive, con racionalidad histórica y con método científico, en referencia a lo que es la situación de redención o irredención de la humanidad, en medio de la cual tal Palabra debe ser proferida y acreditada no sólo como Logos, de verdad universal sino también como Evangelio de salvación particular (Rom. 1,16)

La persona de Jesús: La historia de Jesús no es la de un muerto sino la de un viviente (Hch. 25,19; Lc 24,5). Aquel vivir de entonces y este pervivir de hoy son los que piensa la Cristología. El objeto material de la misma es la persona de Jesús de Nazaret (historia, mensaje, destino) y objeto formal en cuanto que es a la vez ejemplo, fundamento y contenido de nuestra fe cristiana; y en cuanto a que en Él se concreta el designio salvífico de Dios sobre la humanidad. Además, en cuanto en Él tenemos al Verbo Encarnado, lo divino y lo humano unidos en unidad personal, Hijo de Dios, primogénito de la nueva creación. “Misterio escondido de los siglos y desde las generaciones, ahora manifestado por sus santos a quienes quiso dar Dios a conocer cuál es la riqueza de la gracia de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en medio de vosotros, esperanza de la gloria” (Col. 1,26 s)

Aparece así necesaria una idea que es la de la circularidad hermenéutica, o del hecho de que varias realidades están tan íntimamente unidas entre sí que cada una de ellas es necesaria para comprender las otras.

La historia, la persona y la obra de Cristo se implican y constituyen en reciprocidad; no son comprensibles aisladas unas de otras pero tampoco son deducibles unas de las otras. En cambio, confrontadas y mantenidas en conexión se iluminan recíprocamente.

Jesucristo es el universal concreto ya que todo tiempo y toda historia ha sido cualificada por Él. Dios existe en todo tiempo y está libre frente a todo tiempo. “Dios en Jesucristo va más allá de sí y permanece en sí” (Kasper, W. Glaube und Geschichte, Mainz, 1970, p. 85). Él es norma y medida de la historia y, por lo tanto, de la reflexión teológica.


La Comisión Teológica Internacional resume la urgencia, las dificultades y los criterios para mostrar a todos los hombres a partir de sus propias culturas la verdad y universalidad de nuestra Fe en Cristo, Hijo de Dios, y por ello salvador de toda la vida humana: “la Fe viva de toda la Iglesia en la persona del Señor Jesucristo tiende más allá de las fronteras concretas de culturas particulares, a una universalidad cada vez mayor en el entender y amar el misterio de Jesucristo. Como el apóstol Pablo se ha ‘hecho todo a todos’ (1 Col. 9,22) también nosotros debemos insertar más profundamente el anuncio evangélico de Jesucristo en todas las lenguas y formas culturales de los pueblos. Esta tarea es muy difícil. Solo puede tener éxito si permanecemos en un continuo diálogo, sobre todo con la Sagrada Escritura, con la Fe y el Magisterio de la Iglesia y también con las grandes riquezas de las tradiciones culturales de las iglesias particulares y con las de las experiencias humanas de todas las culturas, en las que la acción del Espíritu Santo y su gracia pueden estar presentes” (Comisión Teológica Internacional, Teología, Cristología, Antropología, 1981, p. 263).

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